Tetuán

Verano 1967-verano 2017

Durante el verano pasado terminé un libro que me pidió la editorial Confluencias para su colección Zocos. Se publicó ya al inicio del 2017 y se presentó en la Feria del libro de Madrid.

Cuando lo escribía no me daba cuenta del valor simbólico de recordar Tetuán justo cuando se festeja ahora el 50 aniversario de la Guerra que se llamó de los seis días. Entonces no sabía cuánto duraría. Mi familia que vivía en el Norte de Marruecos en Tetuan, como otros muchos judíos que Vivian en los países musulmanes dieron por finalizada su permanencia en los países que consideraban propios durante cientos de años. La vida se había vuelto compleja. Ser judío era ser sospechoso. Mis padres, con tres niños muy pequeños decidieron dejarlo todo y emprender una nueva vida en Madrid. ¿Por qué Madrid? no hay respuesta, pero Madrid es hoy nuestra ciudad.  En l nombre de ese triste exilio silencioso que emprendimos miles de familias que vivíamos en Marruecos, Siria, Líbano, Egipto, Irak, Irán…

He seleccionado algunos párrafos de este libro que viene a fijar este aniversario que en mi familia supuso una nueva vida.

La Frontera

Mi primer recuerdo de Tetuán está teñido de luz blanca y azul. Recuerdo la luz como minúsculas gotas de mar centelleantes de sol. Mientras que el coche en el que viajamos mi familia y yo se aleja de la ciudad dejamos atrás un bullicio de olores y colores que forman un lienzo plano y colorido que se fija en mi memoria. El olor a naranja se mantiene en el coche detenido en una lenta cola para pasar la frontera. Veo el pelo aún negro de mi padre y su nuca sudorosa, mi madre, con uno de esos peinados cardados que tanto gustaban entonces, se abraza a mi hermano que es un bebe regordete de seis meses vestido orgulloso de celeste. Apretujadas con ellos en el asiento trasero, ajenas al viaje, mi hermana y yo jugamos a enseñarnos las pequeñas joyas con las que  mi madre nos ha adornado.

Llegamos a la frontera

La frontera es un lugar extraño. Se está y no está en el mismo lugar. A un paso, sólo un paso y cambia el rostro del aduanero y el idioma de los carteles, incluso la sensación de ser o no ser.

Al salir uno se convierte en un turista o un viajero o un extranjero o en un exiliado, a veces un algo de todo. De algún modo nosotros, mi familia, judíos sefardíes, al ir España volvíamos a casa. Pero mi casa, el lugar donde nací, donde aprendí a andar y donde me escondía de noche bajo la mesa de camilla para ver el televisor que acababan de comprar se quedaba en Tetuán, con mis juguetes,  la mesa aún puesta y el televisor. Y era un viaje precipitado y aunque nada aparentemente nos empujaba a ese exilio, como muchos otros, nos íbamos.

Notas viajeras sobre Tetuán

Tetuán, la paloma blanca, la pequeña Jerusalén, fuentes, es un pueblo blanco del mediterráneo (recordaba Tetuán en una orilla del mar,  cuando volví me sorprendió mi memoria, está algo alejado del mar muy cerca de una montaña, quizá por eso siempre me detenía en una calle que da a un montaña sin saber porqué lo hacía), allí convivieron varias comunidades, como los árabes, imazighen (los bereberes), los sefardíes, de donde es mi familia, somos descendientes de los españoles expulsados de España por ser judíos. En realidad Tetuán durante varios siglos en especial en el siglo XV recibió a estos judíos y a los musulmanes, quienes principalmente llegaron de Granada. El Tetuán que conocieron  mis padres, yo me vine de muy pequeña, siempre he vivido de algún modo allí, como el lugar del juego, del sueño de la fantasía, era el del Protectorado Español, ellos nacieron en el protectorado y en él crecieron también sus padres, así que nuestro Tetuán es un Tetuán Marroquí y Español. Ese fue un tiempo de secretas tensiones, fuera del torbellino europeo, pero a su vez un lugar estratégico.

Nosotros no guardábamos la centenaria llave de una casa de Toledo, ni de la de Gerona…, sí una medalla de Isabel la católica de uno de mis bisabuelos Abraham Israel. Quise devolver la medalla, custodiada por alguien de la familia, se negaron, quedaba bien en su vitrina, dijeron que para mí era más fácil devolverla por enfado con Doña Isabel porque no estaba en la nuestra. Recuerdo que aprendí antes a ser española que sefardí, a mi madre le decían que parecía una españolita y eso le llenaba de orgullo, ella prefería las coplas a los romances. En mi casa de Tetuán además de hablar el español, se comía comida española y se pensaba en español, sefarad era parte del espíritu de nuestro cuerpo español.

Cuando nos tuvimos que marchar (antes se fue España de Tetuán), la tensión se había vuelto insostenible, unos se fueron a Caracas otros a Tel Aviv, mis padres decidieron venir a Madrid, porque  venir era volver.

Tetuán, Editorial Confluencias.

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