La terrible facilidad con que se es cómplice

Extraído de Ágora habla (Blog). "De vida y barbarie"

Yo agradezco todos los días no haber nacido antes de las guerras confesionales entre cristianos, antes de la secular saca de esclavos de África, antes de la Shoá… Así no me puedo considerar cómplice de quienes no lograron evitar esos crímenes monstruosos.

Naturalmente, este pensamiento consolador tiene su lado alarmante: ¿De qué terribles acontecimientos futuros estoy siendo de alguna manera cómplice porque no hago lo suficiente para que se vuelvan imposibles?

El campo de las posibilidades históricas no es como el de las posibilidades lógicas. Lo que históricamente es ahora posible ha sido hecho tal esencialmente por las acciones humanas, que se van sedimentando desde el remoto pasado; sin ellas, una catástrofe próxima no habría jamás pasado de la mera posibilidad lógica a la muy real que tiene ahora mismo dentro del hilo cruel de la historia humana.

Hay que limitar la exageración famosa de Dostoievski: no soy el mayor culpable ni aun el mayor responsable de todos los crímenes; pero sí soy en cierto modo y hasta cierto punto responsable de los que sucedan en el futuro, y culpable de un número indeterminadamente grande de ellos (puesto que mi maldad de un día repercute hasta el fin del mundo…).

Una consideración tan sencilla como esta recuerda eficazmente que es no solo una ilusión, sino ya en sí un crimen desligar la religión de la historia (incluso si la religión que se practica no ve en la historia el lugar privilegiado de la revelación de lo santo). Lo cual no es precisamente pronunciar condena sumarísima contra aquellas que David Hume zahería como pseudovirtudes monásticas. Lejos de eso, la acción de orar, de orar de veras (sin tomar en el mismo instante en vano el nombre de Dios), es un gesto histórico muy importante, que se encuentra dentro de la historia del bien, siempre entreverada con la historia del mal. En cambio, toda acción directa y explícitamente política que no sale de la sinceridad y la generosidad del corazón es un eficaz instrumento para que una perversidad posible se acerque a su realidad.

Otro día hablaremos de qué sea orar de veras. Pero de lo que no cabe duda es de que tiene un componente básico: intentar tomar plena conciencia de que Dios está presente en todo lo creado y, sobre todo, en el mismo sujeto que en este momento atiende a Él (o sea, deja de desatenderlo por un cierto tiempo).

¿Cómo podrá esta persona pretender que la presencia palpable (en el diálogo: en el fondo, igual que es palpable la presencia de otro ser humano con quien hablo) del Bien Perfecto, del Amor Absoluto dentro de la realidad, no compromete a nada? Es al contrario: el orante entra en máxima tensión de amor de respuesta a la Creación y a los demás. De hecho, si no es así, es que no hubo oración alguna.

Y todo esto es el prólogo a una sencilla afirmación: no puede ocurrir por más tiempo que de la política se ocupen políticos de profesión en el sentido ya evidentemente peyorativo de esta palabra. Incluso si hay que soportar al principio la confusión con cualquiera de ellos, los orantes y todas las gentes de buena intención tenemos que replantearnos por fin si nuestra relación con la vida de la sociedad no es demasiado irresponsable. ¡No nos volvamos cómplices de la barbarie del futuro!

Compartir

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here