Sobre el terremoto en la Ciudad de México

Desde el aire y en la noche, la Ciudad de México luce como una alfombra de estrellas. Hoy, mientras aterrizaba, había manchones oscuros. En varias zonas no había luz.

Estaba en Monterrey en casa de mi hermano. Llegaba de Saltillo. Estaba cansado y me subí a descansar un poco. Escuchaba en el radio las noticas de la una de la tarde, de Javier Solórzano. Comentaba sobre el simulacro que se había producido pocas horas antes. Cada 19 de septiembre, después de los sismos de 1985, aparte de que este día se pone a media asta la bandera, se hacen simulacros de sismo. Javier comentaba que, hace 32 años, hace exactamente 32 años, un día como hoy, fue testigo de cómo se venía abajo el Edificio Nuevo León, en la zona habitacional de Tlatelolco. Mientras comentaba el punto, comenzó a decir que estaba temblando. Pidió a su compañera que abandonaran la cabina y al aire se escuchaba el contacto de objetos que chocaban. Se me fue el sueño.

Entré en twitter y en efecto. Muchos usuarios daban cuenta de que estaba temblando y muy fuerte en la Ciudad de México. Y no era simulacro. Prendí la televisión, pero los noticieros todavía no informaban del percance.

Facebook y WhatsApp comenzaban a notificar de gente que, en el DF, estaba llena de pánico y susto por el temblor. Hoy los percances los transmitimos en vivo desde el celular (móvil). Imágenes de Paseo de la Reforma. El susto estuvo fuerte, parece que ya pasó. En eso comenzaron a circular imágenes de edificios que se descarapelaban. Luego llegaron videos de edificios que se venían abajo. El susto no fue como el pasado 7 de septiembre, cuando las alarmas sísmicas nos despertaron a las 11:49 de la noche. En aquella ocasión, salí corriendo a la calle y afuera, comenzaban a concentrarse vecinos asustados en pijama. En esa ocasión no pasó nada en la Ciudad de México, aunque el temblor fue devastador en comunidades de Oaxaca y Chiapas. En esta ocasión, el terremoto fue despiadado con la Capital.

Comí con mi cuñada y mis sobrinos. Subimos a ver las noticias. Mi sobrina, la más pequeña, jugaba conmigo. Me presionaba el estómago y me decía panzón. Yo la cargaba. En esto puede resumirse la vida que anhelamos, en estar con la gente que amas, en jugar y cargar con una niña muy dada a las sonrisas y a las carcajadas. Sin embargo, la televisión hacía acopio de imágenes tristes, edificios del rumbo de la Condesa y de la Colonia Roma se vinieron abajo. Y lo más trágico, avisaban que la escuela Rebsamen se colapsó y había varios niños atrapados entre los escombros. Hay 20 infantes que murieron por el terremoto. Y dentro de la tragedia, la esperanza. Ante los edificios derruidos acuden voluntarios que comienzan a remover paredes caídas, trepan y bajan buscando sobrevivientes. Cuando se rescata a alguien con vida, hay una ovación, luego se pide silencio, para escuchar voces o quejidos bajo los escombros y continuar con los rescates. Todo esto aparece en la televisión.

Veo el reloj y es hora de irme. Consulto que mi vuelo aparece como cancelado, pero prefiero ir al aeropuerto para esperar y recibir instrucciones. Me despido de mi familia. Abrazo a los sobrinos. Tomo un Uber. Llego al aeropuerto, pregunto por el vuelo de las 7.15 pm rumbo a la Ciudad de México. Me dicen que los vuelos tienen demora. Recuerdo que había aprovechado una promoción y que el boleto que traigo es de esos que puedo adelantar el vuelo. Pregunto y en efecto, me dan pase para el vuelo que debió haber salido a la 1.30 pm (son las 6.30 pm). Llego, y tengo la suerte incluso de adelantar más el vuelo y subo a uno que está a punto de despegar.

En esa hora en que el atardecer deja de entrever algo de luz, pero comienza la penumbra, veo algunas luces que avisan que nos acercamos a la capital. Desde el aire veo Paseo de la Reforma, los edificios están iluminados, pero parece que la Condesa está sin luz. ¿Y mi casa? ¿Habrá luz? Aterrizo. Transbordamos esos autobuses que nos acercan a la terminal aérea. Mientras camino a la salida, veo que los azulejos del piso, varios, están tronados, rotos, reventados. Hay esos anuncios que avisan que se acaba de hacer aseo, pero no, simplemente están para esquivar las zonas dañadas. Pido otro Uber rumbo a mi casa. En el trayecto parece que son las 3 de la madrugada, son pasadas las 8 de la noche. Hay pocos automóviles. En algunas zonas hay mucho tráfico. Me acerco a la casa y en la misma cuadra dónde vivo, hay una barda que se cayó. En mi comunidad hay compañeros jesuitas que hablan por teléfono con familiares y amigos. Hay luz. Hay wifi. La casa está bien. Todos estamos bien.

Pongo a cargar el celular (móvil) que lo tenía en inanición de energía eléctrica. Sé que tardaré un rato en dormir, ya son las 11 y pasadas de la noche, hace 7 horas tembló. Para amainar los nervios, opto por escribir. Sigo escuchando la radio. Sigo al tanto vía twitter de cómo van las cosas. Consulto sitios web de noticias. Hoy fue un día triste. Un día en donde recordábamos otro día triste, de hace 32 años. Dura y dolorosa coincidencia. Pero, ante todo, la esperanza y la solidaridad que es la que nos consuela y nos hace humanos.

@elmayo.

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1 Comentario

  1. Querido Mayo: Nuestra solidaridad de corazón. Esperemos que el Gobierno, las organizaciones y la Iglesia de España nos ofrezcan maneras efectivas de ayudar a los hermanos mexicanos que han sufrido el terremoto.

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