DSCF4403Hace tiempo escuché a Javier Vitoria decir cómo había influido en su vida y en su teología asumir el cuidado de su madre durante muchos años. Quizás porque yo he iniciado agosto cuidando de la mía, o porque he terminado julio preparando, con los colectivos Territorio Doméstico y con Senda de Cuidados, nuestra aportación al I Congreso de sobre Empleo de hogar y Cuidados que se realizará en Madrid  los días 1 y 2 de Octubre, mi post de hoy va sobre la teología y la espiritualidad de los cuidados.

Leer la Biblia desde una mirada crítica con el patriarcado capitalista nos lleva a descubrir a un Dios que no sólo crea y nos invita a ser co-creadores y co-creadoras con Él, sino que también cuida la vida, especialmente la más vulnerable. En la economía de Dios no sólo es importante engendrar, generar, producir, sino también cuidar, y hacerlo contando con la complicidad humana. Los relatos de la creación leídos desde esta perspectiva nos revelan al Dios todocuidadoso de la creación y de los profetas.

Cuidar significa “proteger”, “defender”, “estar alerta”, “custodiar“, hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad, podríamos decir en el lenguaje del profeta Ellacuría. El cuidado es la esencia de lo humano. Vivir sin contemplar este aspecto esencial del mismo nos embrutece y termina convirtiéndonos en cómplices de la explotación, la depredación y la violencia, como nos recuerda también el papa Francisco.

“El descuido en el empeño de cultivar y mantener una relación adecuada con el vecino, hacia el cual tengo el deber de cuidado y de la custodia destruye mi relación interior conmigo mismo, con los demás, con Dios y con la tierra. Cuando todas estas relaciones son descuidadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra,la Biblia nos dice que la vida está en peligro” (Laudato Si, n. 69).

Necesitamos priorizar el ser sobre el ser útil (LS 69). Por la ausencia y devaluación del cuidado en las relaciones sociales y económicas crece el número de pobres en el mundo, millones de personas mueren antes de tiempo y la tierra es expoliada sistemáticamente y la dignidad humana y de los pueblos es pisoteada, convertida en mercancía.

El gemido de la tierra y el gemido de los explotados y explotadas del mundo, de los y las precarizadas y excluidas es un mismo clamor que nos urge a un cambio de rumbo también en la concepción del trabajo y de la economía (LS 36) .

Existe una íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, entre la explotación de los recursos naturales y la cultura del descarte, para la que  las vida de unos valen más que las de otros, dependiendo del lDSCF4527ugar donde se haya nacido, el sexo, el color de la piel, tener o no papeles, la religión que se profese. Por eso no podemos pensar el trabajo hoy, si no es desde la sostenibilidad de la vida.

La historia de la salvación está atravesada por la iniciativa todo cuidadosa de Dios que con su misericordia no se cansa de ofrecer nuevas oportunidades para la reconciliación y la trasformación de las personas, las relaciones, los pueblos y la creación toda (Is 49,15, Os 11,1-8).

Los relatos de la creación revelan el cosmos como un trabajo creativo y cuidadoso que exige  complicidad  humana. De ahí la provocación que se nos hace no a dominar la tierra, sino a reconocernos formando parte de ella, respetando su dignidad y velando por la dignidad de las personas y los pueblos y la integridad de los recursos naturales. “Guardarla y cultivarla” y no explotarla ni agotarla es el encargo que Dios hace al ser humano, al que invita también a “poner nombre a la las cosas”, es decir, a tener una relación de respeto e intimidad con ellas más que a ser su propietario y su esclavo.

Sin embargo, la interpretación de este relato desde claves antropocéntricas y patriarcales ha hecho del ser humano un amo y de la creación una propiedad a expoliar, violentando sus leyes y su dignidad, del mismo modo, como denuncia el ecofeminismo, que explota y abusa el cuerpo de las mujeres.

La creación es la actividad creativa y cuidadosa de un Dios también Madre que nos invita a formar parte de la comunidad cósmica, a ser jardineras y jardineros creadores y co-creadoras de un mundo que nos da la vida y el sustento y que es el cuerpo de Dios.

Parafraseando a la autora norteamericana Mary Harris podríamos decir hoy que Dios, nuestra Madre, está sentada y llora porque el tejido de la creación y de la dignidad humana está mutilado y hecho pedazos, pero sigue empeñado dese el trabajo humano de tejerlo de nuevo y reunir los jirones con el hilo de la participación, la justicia, la inclusión, el cuidado y para ello cuenta  nuestra complicidad, nos pide que le echemos una mano.

También el Dios que se revela en los profetas y profetisas es el Dios “todo cuidadoso” que vela por la dignidad de cada criatura, la justicia y la paz y la integridad de la creación. El Dios que “sostiene y alienta la fragilidad y vulnerabilidad más extrema poniéndose en su lugar”. (Is 42,3). Un Dios atento y cuidadoso a lo más frágil y vulnerable en toda situación humana: “la caña cascada no partirá y la mecha mortecina no apagará“.

Un Dios que actúa con suavidad con lo débil y vacilante, pero también con firmeza y tenacidad en el compromiso asumido, de forma que no quebrará lo débil, pero Él tampoco se quebrará. Un Dios que no implanta la justicia arrollando lo débil. El cuidado de lo frágil pasa por mantener el pábilo que alumbra y prolonga la esperanza de una justicia  mediada por la suavidad que sostiene la vida sin quebrarla.

Mientras, tengo la suerte de poder cuidar de mis padres unos días este verano con la ayuda imprescindible de Julia, una mujer de Cabo Verde, que es su auxiliar de ayuda a domicilio, que a su vez ha encomendado el cuidado de los suyos a otra mujer en su país de origen. Ambas somos conscientes que el trabajo de cuidados es imprescindible para el sostenimiento de la vida, pero que al estar feminizados se invisibilizan y devalúan, aunque están en la base del iceberg que constituye la vida social y económica.

 Juntas, con millones de mujeres en el mundo nos preguntamos: ¿Cuándo los varones y los estados asumirán su responsabilidad con los cuidados? ¿Cómo hacer del cuidado una categoría política? ¿Cómo “sacarla del armario” de lo privado, como atribución de género impuesta a las mujeres, para descubrirla como lo que es: un valor  universal que ha de ser colocado en el centro de la vida, en lugar del capital?¿Cómo forzar una economía y unas relaciones laborales que tengan en cuenta la prioridad de los más vulnerados y vulneradas y no su abuso?

Mientras tanto, la complicidad entre mujeres, como la de Julia y la  mía nos resulta imprescindible en nuestra supervivencia cotidiana. Por eso miles de mujeres en el mundo luchamos juntas por la visibilización y la dignidad del trabajo de cuidados, desde colectivos como Territorio Doméstico o Senda de cuidados.