Asistimos en los últimos tiempos a un cambio en lo que Joshua Meyrowitz denomina «matriz de medios»: estamos pasando de una matriz centrada en el televisor, que arranca en los años cincuenta, a una matriz centrada en la comunicación digital, donde la televisión es una terminal más en el entorno digital. Pienso que puede ser un buen momento para pararse y hacer balance de las consecuencias sociales de ese medio de comunicación. No porque pertenezca ya al pasado ―al contrario, el consumo de televisión, aunque cambie la forma de hacerlo, sigue siendo la principal actividad de ocio en nuestra sociedad―, sino porque tenemos ya suficiente experiencia para valorar sus consecuencias sociales.

Consumo de televisión en España y en Europa

Los datos de la Encuesta Social Europea nos permiten hacer comparaciones consistentes por países sobre consumo televisivo. Podemos, por ejemplo, observar qué porcentaje de población ve más de tres horas diarias de televisión en cada país. Los últimos datos disponibles son de 2014. En España es el 18,4% de la población, un porcentaje parecido a la media europea y en torno al cuál andan también países como Alemania o Francia. Muy por encima están Irlanda, 26%, y Reino Unido, 30%, así como la República Checa, con un 28,9%. En el otro extremo, en los países nórdicos el porcentaje es sensiblemente inferior a la media, en torno a un 10%, pero los que realmente marcan la diferencia son los suizos: solo un 7,2% de la población consume más de tres horas diarias de televisión.

El consumo por diferentes cohortes de edad parece apuntar a un cambio de época: los jóvenes ven menos televisión que los mayores.  Entre las personas que tienen menos de 25 años en Europa, solo un 10% ve la televisión más de tres horas, un porcentaje que se triplica entre aquellos que tienen más de 65 años.

Una sociedad televisiva

Consumir tres horas diarias de televisión equivale a pasarse mes y medio al año enteros, día y noche, ante el aparato. Si tenemos en cuenta las horas de sueño de un adulto medio, equivaldría a pasarse dos meses y medio ante el televisor, apagándolo solo para dormir ocho horas. A ese nivel se sitúa una quinta parte de la sociedad en España y en Europa.

Se suele decir ―quizás muy a la ligera, aunque algo de cierto habrá en ello― que la imprenta transformó el pensamiento en Europa, propició la reforma protestante y luego la ilustración; que la prensa escrita impulsó el liberalismo y la democracia; o que la radio cambió la forma de relacionarnos con los acontecimientos sociales. Pues bien, es difícil imaginar, no ya otra tecnología, sino otro hecho, creencia o  ideología que pueda marcar tanto a la sociedad como la televisión. ¿Cuál es el balance que hacemos de semejante medio de comunicación?

No pretendo aquí responder a la pregunta, solo ofrecer algunos apuntes superficiales. La televisión ha sido una ventana a la sociedad, un instrumento de información y entretenimiento que ha forjado el imaginario de varias generaciones en todo el mundo, para lo bueno y para lo malo. Además, ha establecido la agenda de temas relevantes en cada momento; ha hecho que todos los grupos e instituciones se plegaran a sus exigencias para ganar en influencia; los acontecimientos han sido moldeados según sus pautas formales; la televisión ha marcado la vida de las personas determinando la forma de relacionarse dentro de la familia, etc.

Los estudios tradicionales sobre los efectos de los medios ―muy típicos el siglo pasado― se centraron en la influencia de la televisión en las ideologías o en fenómenos como la banalización de la violencia o el consumismo. Pero la lista de preguntas es mucho mayor: su impronta en la familia, la cultura, la gestión del tiempo,.. e incluye temas que requieren una aproximación desde disciplinas diversas: sociología, política, antropología, economía o psicología.

No me negarán que alguna diferencia tiene que haber en muchos aspectos de la vida cotidiana entre Suiza ―los que menos televisión ven en Europa― y Reino Unido ―los que más ven―, y sospecho que ha de ser para beneficio de los suizos.