Por una tecnología al servicio del ser humano

Tecnología al servicio del ser humano
Tecnología al servicio del ser humano

A raíz de la publicación del post Ética digital: por una sociedad digital inclusiva, los amigos de Radio ECCA me realizaron una entrevista el pasado 11 de marzo para hablar sobre lo que exponía en aquel texto. Escuchando la entrevista anterior a la mía hubo un momento en que la invitada planteaba algo que, por su obviedad, en verdad debería ser un axioma: el hecho de que la tecnología debe ser una tecnología al servicio del ser humano y, por tanto, servir para mejorar sus condiciones de vida (resalto servicioservir por todo lo que suponen).

Si bien es cierto que los avances en tecnología, como norma general, han ayudado a que las personas vivan mejor y puedan disfrutar de una vida más longeva, también encontramos multitud de ejemplos en los que la tecnología ha generado más daño que beneficio: armas, compuestos químicos tóxicos, productos alimentarios de dudosa calidad, incremento en el precio de ciertos bienes, etc.

Y es aquí donde debemos hacer una reflexión que debería servir para intentar definir las bases sobre las que asentar nuestra cada vez más extendida sociedad digital: todo avance tecnológico, en el campo que sea, no solo debe estar destinado a mejorar la vida de las personas, sino que también debe ser empleado únicamente para tal fin.

Es decir, el fin último y único de la tecnología es el bienestar y la felicidad del ser humano. O mejor dicho, de los seres humanos, de todos. Si esto no es así, entonces ¿para qué queremos la tecnología? De este modo, entre todos deberíamos abogar porque los avances en los distintos campos de la ciencia y la comunicación estuviesen dirigidos a mejorar la situación de todos y cada uno de nosotros.

Un problema de ‘desfocalización’

Pero, a pesar de todos los grandes pasos dados, hay un hecho que, en mi opinión, no permite que los beneficios finales y palpables de estos avances tengan como destinatarios a las personas individuales. Lamentablemente vivimos en un mundo donde la colectivización constante de todos los aspectos de la sociedad ha provocado que hayamos desplazado el foco desde las personas concretas hacia grupos o asociaciones de ellas, lo que ha sido completamente pernicioso para el ser humano como individuo.

Es como si en todo se buscase el beneficio de la mayoría. Así, si lo conseguido con algo satisface a más de la media de un colectivo, entonces lo interpretamos como un éxito. Y no, no es así. No puede ser así.

Por supuesto que necesitamos estas agrupaciones de personas, nos hacen más fuertes y decididos en según qué aspectos, pero eso no quita que el mecanismo de decisión dentro de las mismas -pensemos que siempre con un carácter democrático- no siempre beneficia a todos y cada uno de sus integrantes. Como nos sentimos parte de estos colectivos, asumimos con resignación que pueda haber casos en que algo que sea bueno para el grupo no lo vaya a ser para mí, tal vez pensando que ‘ya llegará otra ocasión en que el beneficiado sea yo y el perjudicado otro’.

Pero esta forma de pensar me resulta terrorífica. Se trata de aceptar ciertas inconveniencias a cambio de que sea otro quien las sufra en el futuro, lo que significa que asumimos que nuestro sistema nunca va a ser bueno para todos.

Insisto, no estoy en contra de las colectividades -es obvio, somos humanos y si por algo nos caracterizamos desde los orígenes de nuestra especie es por esa necesidad de sentirnos parte de un colectivo mayor-, sino de lo que la deriva de las mismas provoca: que haya personas donde su balance de suerte/mala suerte siempre sea negativo.

Tecnología al servicio del ser humano: una reflexión final

Cuando hablamos de tecnología y de su traducción en los niveles de vida de las personas, esto que venimos hablando se ve muy claramente. Hay multitud de casos en los que el progreso -propiciado por los avances tecnológicos- impulsa hacia el bienestar a algunas personas mientras que va dejando en la cuneta a otras muchas. Solo tenemos que pensar en algunos países africanos y su delicada relación con el mercado de ciertos materiales.

Aunque tampoco tenemos que irnos muy lejos. En nuestro propio país, en nuestra propia ciudad e incluso en nuestro propio barrio podemos encontrar ejemplos de esto.

Creo sinceramente que este afán por alcanzar el bien del grupo nos impide ver los casos singulares en los que hay personas que sufren. Estamos tan obsesionados con que la fotografía completa ofrezca sensación de luminosidad que se nos escapa que existen ciertas pequeñas partes de la imagen realmente oscuras.

Centrándonos ahora en lo digital, debemos tener claro que también aquí se generan situaciones injustas de olvido o desatención.

Tal y como defendía en el post sobre ética digital, la sociedad que traslademos al mundo digital no puede ser aquella en la que nos olvidamos de su pieza clave, el ser humano, sino otra completamente opuesta. Una que sea inclusiva, que busque la felicidad de todos y cada uno de nosotros, que sepa ayudar, que sea compasiva allí donde se necesite y solidaria donde se requiera.

Sé que escrito todo parecen buenas intenciones y que más de uno dira ‘sí, pero es tan difícil…’, pero creo firmemente que entre todos, todos, una tecnología al servicio del ser humano puede ser posible.

Seguiremos reflexionando.

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