Taxistas, trabajadores de Amazon y repartidores de Glovo

Todas estas situaciones conflictivas comparten un denominador común, y no son los únicos casos. Algo que no puede verse, sin más, desde la barrera porque afecta a todos y afectará aún más en un futuro reciente. Se trata de la incorporación liberal de las nuevas tecnologías al mundo de la empresa y del trabajo. Los taxistas, a mi modo de ver, son actualmente el colectivo más fuerte que está haciendo frente a estas transformaciones sociales, sabedores de que su sector puede quedar en manos de empresas privadas (no trabajadores VTC, precisamente) cuando hasta ahora era un servicio regulado por la administración competente.

  1. Los engaños de las nuevas tecnologías. Me temo que los ciudadanos tendemos a valorar estos fenómenos por separado. Una cosa es la guerra de los taxistas contra Uber y demás, otra diferente es la situación extremadamente precaria de los trabajadores de Amazon. Sin embargo, una adelanta a la otra. Si triunfan servicios como Uber y compañía, y se hacen con el sector al completo, en breve veremos huelgas y demandas de estos trabajadores al modo de los de Amazon. Unos y otros se ven enfrentados a macroempresas, que no se sabe bien ni siquiera en qué lado de la legislación están, y el diálogo en tiempos de necesidades laborales suele romper vínculos de solidaridad en los mismos trabajadores. Todos desean hoy trabajar, muchas veces en lo que sea sin reparar en lo justo o lo injusto. Se dan en todos estos casos una marcha atrás en la defensa de los derechos de los trabajadores y en su unidad sindical.
  2. No es más barato, ni mucho menos. Lo que vemos actualmente es mera competencia, y en función de las reglas de la misma competencia se ofrecen servicios más baratos prescindiendo de pagar los impuestos correspondientes al Estado (recuerdo aquí que el Estado somos todos y luego exigimos que cubra determinados servicios comunes) y de la situación del trabajador, que tampoco está respaldado por convenios fuertes que garanticen estabilidad, seguridad laboral y otros “privilegios” (que son o eran derechos). Es decir, los servicios son actualmente caros para el Estado, que ha liberalizado complementamente, incapaz de hacerse cargo de las nuevas tecnologías y su impacto social. Ahí están las multas multimillonarias a las grandes empresas tecnológicas, que poco a poco han absorbido negocios y destruido a su paso a quien no sirva a sus beneficios. Es falso que haya librecompetencia cuando ejercen un papel de absoluto monopolio y compran cualquier iniciativa floreciente a su paso para incrementar su producto. No hay que ser muy inteligente para plantear que esto, a la larga, será caro para los ciudadanos.
  3. El acento está en la liberalización. No conectamos del todo estos fenómenos con la política o las políticas globales. El trabajo, y velar por él, por un lado pedimos que sea responsabilidad del Estado y por otro lo dejamos caer en manos de quien puede dar “más números” en “peores condiciones”. Lo estamos viendo, lo comprobamos tristemente, pero terminamos por no hacer nada. En su momento se permitió la existencia de trabajadores estilo “repartidores del Telepizza”, y no inquietó mucho porque eran jóvenes universitarios que se pagaban de este modo ocio o estudios. La alarma salta cuando este puede llegar a ser el modelo general para todos, padres y madres de familia, independientemente de su nivel de formación y en cualquier espacio (menos el estrictamente público). Son los llamados “trabajadores pobres” en número creciente, contratados por horas sin estabilidad alguna o servicios temporales, con sueldos que impiden incluso la propia independencia doméstica, mientras al mismo tiempo desaparecen las redes sociales (no meramente familiares) capaces de cubrir las necesidades más mínimas. Y todo se resume en el crecimiento de la desigualdad: unos tendrán más, sin tener que dar grandes explicaciones, mientras otros seguirán acumulando precariedad, menos recursos y posibilidades. Si en un futuro próximo se intenta poner el cascabel al gato, será tarde porque las fortunas ya estarán hechas y habrán sido, con la legislación del momento, legítimamente adquiridas pese a las condiciones de aquellos que trabajaron por hacerla real.

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