Estábamos en segundo curso del MBA –in illo tempore, las cosas eran de otra manera y duraban más los postgrados. Clase de Política de Empresa. Profesor incisivo, de aquéllos de las preguntas poderosas. Mientras enchufaba el retroproyector -¡ay, Dios!… ¿lo habrán llegado a conocer mis lectores?-, lanzó al aire, como quien no quiere la cosa, esta perla: “¿Para qué están las empresas?”

Paquito Duñabeitia, que andaba poco fino y no percibió la derivada de la derivada, entró al trapo como un pablorromero: humillando, por derecho, encelado en el engaño… “¡Para ganar dinero”, respondió.

-“¿Quién lo dijo?” Replicaba don Servando…

-“Yo”, insistía Paquito con bravura y fijeza…

-“Duñabeitia: usted nunca llegará a Director General. Podrá convertirse en un buen mando intermedio de Marketing o de Finanzas; quizás de Recursos Humanos… pero nunca se sentará en el asiento del Consejero Delegado”.

Nos reímos y tomamos un poco a chacota al pobre Paco… Y entonces, una vez remansando el alboroto, empezamos a mirar al profesor para ver a qué terrenos quería llevar la lidia de la clase. Con estudiada socarronería hiló, más o menos, las siguientes razones que –a pasar del cuarto de siglo, ya largo, que media entre entonces y hoy-, aún me parecen lapidarias.

“El dinero, el beneficio es para la empresa tan necesario como para nosotros el comer o el respirar. Si no respiramos o no comemos, nos morimos. Ahora bien: no cabe decir que vivamos para respirar o para comer… La vida tiene otras emociones, otras tareas más sugestivas. ¿No?

Lo mismo pasa con la empresa. Si no gana dinero, no subsiste: sale del mercado. Los clientes la matamos, al no comprarle los bienes o servicios que ofrece. ¿Y por qué? Porque no nos gusta lo que vende. O bien es caro, comparado con lo que la competencia ofrece; o bien no tiene las características que nos gustaría encontrar… o porque, sencilla y llanamente, no nos da la gana de comprarle -por las razones que sea… o sin razones incluso: que no todo en la vida y en las decisiones es racionalidad…

Ahí radica la obligación primera, la responsabilidad más obvia e inmediata de la empresa: la responsabilidad económica. Si la cumple bien, ya está siendo socialmente responsable… ¿Y cómo la va a cumplir?: Aportando valor… y satisfaciendo necesidades.

¿Lo ve, Duñabeitia? Para eso están las empresas: para cumplir su misión…Si lo consiguen, entonces sí: ganarán mucho dinero”.