¿Para qué voy a negarlo?: No me entusiasman ni aquellos aires de soberbio, de tío sobrado, al viento neoyorkino el mechón colorao, del más propio y puro encaste Veragua; ni esa su prepotencia chulesca, hija y madre a la vez de tantos dólares como diz que amasó –ora de manera sancta, ya de otras formas más cucas: sin duda, con negocios y retruécanos, al filo de lo impensable para el contribuyente de a pie, que en aquellas latitudes atiende por Tax Payer y que por estos lares, se transmuta en Juan Español. Tampoco me seduce la manera que tiene de hablar de las mujeres, porque –ex ungue, leonem-, de quien se pronuncia en tales términos respecto a sus –y nuestras- madres, hijas, esposas, amigas, compañeras, vecinas… poco bueno cabe esperar que reserve para referirse a otros colectivos, como -por ejemplo- nosotros mismos: los que no somos ni él ni los de su cla. Naturalmente, los delirios respecto a cerrar fronteras, ya sea con muros de contención; ya lo sea a golpe de pico y brazo, llenando de arena sacos terreros como cuando las tácticas aquéllas para frenar a aguerridos infantes, pletóricos de ardor guerrero, saltando el parapeto, suena a chiste.

Todas estas fanfarronadas demagógicas –y otras de las que, al paciente lector hago gracia, en aras a la brevedad del cuento- habrán de ser sometidas a exégesis sistemática, para tratar de comprender algunas cosas. Primero, si son meras bufonadas de un personaje esperpéntico; o si, por contra, se trata de convicciones firmes, de propuestas serias, que habrán de encontrar, sin duda, explicación en rasgos psicológicos del sujeto. A este punto primero, el tiempo –ese juez capaz de dar y de quitar razones, que decía el Butanito– habrá de responder. Y no tardando… Ahora bien, si la respuesta a la cuestión escorare hacia el veredicto de que se trata de planteamientos rigurosos, entonces el escenario se nos complicaría: más allá de la psicología del personaje, habríamos de entrar a indagar más al fondo de las cosas y tratar de responder cómo es posible que se haya podido salir con la suya…

¿Son los norteamericanos masoquistas? ¿Serán tontos de capirote? ¿Se han vuelto locos? ¡Sí, ho: Ya t’oyí! ¿Cómo es que- pese a tener en contra a la mayoría de los medios “serios”, “progres” –sobre todo- y “bien pensantes”… – el, por otra parte, “adorable” inquilino de la Casa Blanca tuvo que dejar su silla a un denostado y ridiculizado Trump, más parecido al Tío Gilito, el de las perras, que a su sobrino Donald Duck?

Confieso que ni tengo las respuestas; ni me creo en condiciones de encontrarlas. ¿Cómo iba, en todo caso, a poder hacerlo yo? Y ahora, como diría el Padre Ignacio, disminuyéndome por ejemplos: Yo, que no sé Sociología, ni manejo carísimos centros de investigaciones para contar a la gente y anticipar tendencias; yo, que estoy ayuno de aquellas sofisticadas herramientas de que se dotan los gabinetes de prospectiva y estadística –tanto públicos como privados-; así como las casas dedicadas a realizar sondeos de opinión… Si todos esos expertos se columpiaron en el vaticinio -¡y de qué forma!-… habrá que, por lo menos, dar tabaco, barajar de nuevo y lanzar la bola adelante, pidiendo ulteriores trabajos de investigación en el área, cara al futuro.

Ahora bien, ¿para qué voy a ocultarlo? Tampoco me gustaba doña Hillary. Con esa cara de  lista –sí: ¡sólo faltaba!-; pero también con su no sé cuantito de doblez… no conseguí acabar de fiarme del todo de alguien -llegué a pensar: Dios me lo perdone-,que parecía ser capaz de tragar carros, mientras abajaba el cuerpo al pasar por ciertas puertas -de momento- no giratorias, con tal de conseguir ser la primera dama-dama… Eso sin contar con que tiene más cuartos que habitaciones; que baila el agua a los que mandan en Wall Street… y que ellos la querían –a ella, sí- al frente del chiringuito… Why?… No sé… Pero, ¡del Paraguay, seguro!…

– Por cierto, compadre, pregunté: ¿Sabe qué estatua hay, mismo frente a la Bolsa en Nueva York?

– Y una voz de ultratumba respondióme en catalá: Y tant, tú!: Un bou.

– ¡Cómo que un bou!: Un toro. Y con dos pitones: ¡Vaya, un tío!. Un burel que habrá de tener su lidia, y que está esperando al valiente que venga, lo desoreje y le corte el rabo, dije yo, pidiendo perdón por la manera de señalar. Pero esa faena, sin duda, le venía grande a la señora Clinton… O cuando menos, no creo yo que tuviera afición para tanto.

– ¿Y Cree usted que se va a poder hacer con el morlaco Donal Trump?

– Lo ignoro, amigo mío. Y pienso que no… Pero maneras, apunta… Si no, ¿de qué iba a haber tanto revuelo en los tendidos?… Hasta el Santo Padre hubo de echar el capotillo al vuelo desde el púlpito paisano el otro día…

La verdad es que a mí en esto de los políticos-gobernadores metidos a torear hay pocos que me llenen el ojo, si es que hay alguno. Unos por uno –como el ínclito Cetapé, de infausta memoria; y otras por otro, como…. ¡para qué dar ejemplos!… no acaban de dar la talla. Ni siquiera –por supuesto- el maestro Platón con aquella ingenuidad de los “buenos” al volante… Eso es una petitio principii…

La cosa es que no me acaba de convencer del todo ninguno; y tal vez radique ahí –quiero pensar- el quid de la cuestión de las elecciones democrático-parlamentarias, del contrapeso de poderes y de la acotación temporal de las legislaturas y los mandatos. Como se ve, soy un romántico como aquéllos –nuestros abuelos liberales, de cuando entonces: Mostesquieu, Smith… por la parte de fuera; Jovellanos, Argüelles… paisanos míos, con pedigrí, por la española-, a los que hace ya un tiempo algún desgarramantas, aquí inter nos, quiso enterrar para siempre…

Yo, por mi parte, dicho lo anterior, tiendo a votar en conciencia; la mayoría de las veces, escogiendo entre el menor de los males… y rezando para que la cosa no descarrile del todo. ¿Qué no me gusta lo que salió?: Pues ajo y agua… y a esperar cuatro años.  Nunca entendí el ataque de cuernos de los que son demócratas hasta que pierden sus candidatos. Entonces, manifestaciones extra parlamentarias; y lanzada grande a moro muerto… mareo de perdiz y voluntad de ganar como sea, lo que les dijeron que no iban a ganar –por las buenas; al menos, por esta vez- en las urnas. ¡Paciencia, hermanos…!

Lo que más me llama la atención en todo este asunto son los tramposos es la simpleza, la superficialidad, el sesgo de buena parte –cuando no de todos- los análisis que oigo y leo. Esto de la objetividad, ya se sabe, es –como mucho- un objetivo aspiracional, que dicen los cursis; una utopía inalcanzable, dicho sea ello, más por lo derecho… Aunque bueno está, de todas formas, empeñarse en describir las cosas. Si  Husserl animaba a llegar a la esencia y nos recetaba aquello de la reducción eidética; ya se encargó Gadamer de hacernos sabedores de que no podemos saltar sobre nuestra sombra, ni brincar por encima de la pared que rodea al círculo hermenéutico. De modo que, a estas alturas ya está uno bastante curado de espanto respecto a la imposible virginidad de los planteamientos, siempre interesados, Habermas dixit... (¿Pixie?… Para la ex ministrina aquella de Kultura del innombrable)….

En todo caso, ¿no le parece miserable a usted, lector –siquiera sea desde el punto de vista estrictamente lógico: sin entrar en moralidades y consideraciones de índole ética y profesional- la doble vara con que se mide el paño de unos y otros, en función de quiénes sean los nuestros?  ¿No le estomaga –como a mí- el aburridísimo cuento de los buenos y los malos?… Mire el ejemplo: Al que iba a ser el primer presidente negro, antes de tomar posesión, ya le habían otorgado el sedicente premio Nobel de la Paz. Al de ahora, casi lo capan.

¡Hombre no! Esperemos a ver sus frutos y dejemos gobernar, siquiera cien días. Y, sobre todo, pensemos críticamente; tratemos de evitar prejuicios, observemos desde la talanquera del escepticismo lúcido, la papanatería de la superficialidad. Reflexionemos por cuenta propia. Y para ello, leamos, que es muy bueno: leer amplía horizontes, aumenta el vocabulario, ensancha el ánima y, sobre todo, te quita lo malaje, como dice  Manolo Guerrero, sevillano de pro y amigo mío.