Tambores de Jueves Santo

La Semana Santa, y en especial el Triduo Pascual, plantean muy vivamente la cuestión de las relaciones entre la religiosidad popular y la religión plenamente realizada.

En primer lugar, se hace patente en estos días cómo es gran verdad que el ser humano celebra con todos los factores de su existencia, tanto los corporales como los anímicos y los espirituales, su relación con la Transcendencia Divina. Más que con todos en general, con todos aquellos de los que cada cual realmente dispone en cada etapa de su vida.

Un ejemplo sobresaliente lo ofrece mi pueblo, el lugar de origen de la mitad de mi árbol genealógico desde la Reconquista para acá. Es un lugar de la montaña murciana, con vega y huerta y pinares inmensos.

Dado que la base de la población en el siglo XV seguía siendo morisca, la conversión y sus perturbaciones espirituales propiciaron milagros y apariciones más que notables, de los que todos nos sentimos -ya se va a ver que muy razonablemente- harto orgullosos.

En efecto, quien se apareció en la sierra de Benamor fue directamente Jesucristo, no un santo del montón (la Virgen lo hizo también por entonces, en los pliegues de la sierra del Cantalar, pero esto entra más dentro de lo corriente). El patrono de mi pueblo es, pues, Jesucristo Aparecido, del que hay una imagen hermosa y realista (incluye rasgos fisonómicos muy cercanos a los de la gente de allá) en la ermita, que, naturalmente, se llama la Casa de Cristo. Por cierto, como la imagen es traída a la parroquia en los momentos culminantes de las fiestas, la Autoridad impide aparcar a los coches foráneos e ignorantes con el expresivo cartel oficial que dice que la razón del bando es Llegada de Jesucristo, de tal a tal hora de la tarde (Faemino y Cansado se aprovecharon de esta circunstancia: son ignorantes ellos también, ya se ve).

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El otro milagro de aquel siglo es uno de los que prefiero entre todos cuantos se relatan. De él, como de la aparición de Jesucristo, se levantó acta notarial. Y fue así porque ambos tuvieron un aspecto público decisivo. La sierra brillaba a la vista de la comitiva que intentó subir a la altura de la aparición, nada más salir del poblado. Allí al borde del caserío se instaló una cruz (del Humilladero), que fue movida recientemente de su sitio por los intereses inmobiliarios, pero en la que todas las tardes del verano mi abuela me hacía poner una piedrecica en la base o los brazos, saltando la acequia. Pero paso al Cristo del Rayo.

Y fue que en una terrible tormenta, tan propia de las gotas frías de la región, con el pueblo en masa acogido en la iglesia principal, entró un rayo por una vidriera y, después de amenazar con abrasar a la muchedumbre, se elevó hasta el altar donde se encontraba el Crucificado y chamuscó por completo su estatua.

¿Qué hacer en Jueves Santo, cuando va a empezar en unas horas la tortura de Cristo, que sea original y de verdad propio, contando con estos fundamentos la religiosidad popular? Pues tocar el tambor, pero no como en Calanda o en la vecina Mula, ni como en Tobarra o Hellín. Se trata de tambores especiales, de redobles especiales, de desafíos entre unos y otros tamboristas; pero, sobre todo, de un despliegue de túnicas y capirotes que cualquiera de fuera encontrará absurdo, de pésimo gusto y muchas veces rozando la blasfemia. Hay casos frecuentes de túnicas hechas de retales de colorines: blancos, azules, encarnados, negros, morados y amarillos. Las túnicas negras muestran de vez en cuando la figura de un gato, y los que las llevan (o las que las llevan) suelen no cubrirse con un capirote sino son una especie de gorro frigio negro también, con máscara en el rostro. Y a todo esto, corre la cerveza; pasan críos en su cochecito con su tambor; todos desfilan por todas las calles, yendo y viniendo, sin meta fija, concentrados en el tambor y en forzoso mutismo (nadie oye la voz de nadie); las casas se abren a los visitantes; las damas se engalanan preparando la procesión del Silencio la noche próxima.

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Yo veo en esta salvaje barahunda -tan poco salvaje en el fondo- un homenaje ambivalente al Cristo. Los tamboristas son más bien sayones, gentuza de la que flagelaba, escupía y abofeteaba al Cristo; pero simultáneamente son conversos. Se divierten con lo obsceno y, a la vez, se arrepienten con el máximo ruido posible. Se burlan más de ellos que del Cristo al que la mayoría venera. Tocan a muerto, tanto por Cristo como por ellos mismos. Se confiesan asesinos de la Inocencia Absoluta, pero es riendo y llorando y autoflagelándose (los guantes no evitan las llagas en muchas manos).

El monte y la vega retumban con esta no-música que parece una señal de cómo el mundo es al mismo tiempo mundo y no-mundo.

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