Talento para el cuidado narrativo

Hace unas horas tuve la grata visita de una alumna que está terminando su tesis sobre el cuidado narrativo en enfermos crónicos que están en tratamiento de hemodiálisis. Estuvimos revisando el trabajo que había realizado durante los últimos meses con el que pretende mostrar las posibilidades que tiene el concepto de “cuidado narrativo” para analizar desde una perspectiva ética las relaciones que hay entre los distintos tipos perfiles de cuidadores que tienen estos enfermos. Las posibilidades para mejorar la calidad de vida de estos pacientes no dependen sólo de cuidadores “formales” (con mayor o menos grado de profesionalidad) o “informales” (familiares, vecinos o voluntarios) sino del “autocuidado” o “cuidado de sí”. La tesis analiza los diferentes tipos de cuidado y muestra la fecundidad de lo que hemos llamado “cuidado narrativo”, por eso se trata de un ejercicio de talento para al cuidado narrativo.

Hasta ahora, en la revisión de la literatura científica sobre el tema nos encontrábamos con un uso indeterminado e impreciso del concepto de cuidado. Recordemos la simplificación con la que hasta no hace mucho tiempo se trabajaba en el mundo socio-sanitario: la medicina cura (to cure) y la enfermería cuida (to care). Esta distinción establecía con claridad dos tipos o perfiles profesionales diferentes, por un lado los profesionales de la medicina y cirugía cuya meta era buscar la curación; por otro los profesionales de la enfermería y la atención sanitaria más continuada cuya meta era gestionar el cuidado. Con esta simplificación, la reflexión teórica sobre la enfermería y las profesiones sociosanitarias se ha centrado en el campo semántico del “cuidar”.

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Si a ello añadimos el impacto de la publicación del libro de Carol Gilligan que llevaba por título “Una voz diferente” (1982), descubrimos que los diferentes feminismos no han cuestionado la simplificación sino que la han acentuado. Y lo han hecho poniendo el foco de atención en el cuidado de una forma muy genérica e imprecisa, mostrando que el universo del cuidado había sido marginado, olvidado y privatizado en la construcción de un corpus teórico sobre la salud. Además del enriquecimiento teórico de la reflexión sobre los profesionales de la enfermería y la atención sociosanitaria, esta reflexión sobre el cuidado ha ido más allá de darle la palabra a las mujeres con pleno derecho (la voz de la “diferencia”, frente a las voces masculinas de la “identidad”). Se trata de una reflexión que se ha enfrentado radicalmente al individualismo liberal y que ha reformado las teorías tradicionales de la democracia obligándonos a plantear una “democracia sensible” o incluso una democracia de los sentimientos, la pasiones y los afectos.

Partiendo de esta centralidad del cuidado, también se ha llegado a plantear un cambio de paradigma en la ética contemporánea. Incidiendo en la simplificación, la ciencia política moderna vincula la democracia liberal con las Teorías de la Justicia (tradición de John Rawls) y la nueva ciencia de la política propone una transformación de la democracia desde las Teorías del Cuidado (tradición de Carol Gilligan). Los resultados de esta simplificación resultan cada día más visibles porque se está construyendo un universo simbólico hemipléjico donde la sensibilidad humana, la compasión y el cuidado parecen categorías que nunca habían preocupado a la democracia liberal, como si La rebelión de las masas de Ortega,  la Democracia en América de Tocqueville, la Teoría de los Sentimientos morales de Adam Smith, la Ciudad de Dios de San Agustín o La Política de Aristóteles no hicieran ninguna mención a la sensibilidad humana, las pasiones, los sentimientos o los afectos. Por otro lado, los teóricos del cuidado se amparan en la neurociencia y la neuropolítica para conceder protagonismo institucional y político a las emociones, los sentimientos y las pasiones.

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De esta forma, nos encontramos que las deliberaciones públicas se simplifican, radicalizan y polarizan. No resulta difícil calificar como dogmáticos o fundamentalistas a quienes cuestionan que los caprichos emocionales, las arbitrariedades en el carácter y las ocurrencias culturales tienen que ser analizadas para tener carta de legitimidad en los espacios públicos de deliberación democrática. El capricho, la arbitrariedad, la ocurrencia y, sobre todo, la falta de sensibilidad o el mal gusto no forman parte del feminismo más inteligente o de las éticas del cuidado más importantes.

Ha llegado el momento de analizar el cuidado de una forma más seria y empezar a distinguir entre cuidado ingenuo y cuidado reflexivo. El primero es epidérmico y emotivista, es decir, se construye de espaldas a la dimensión reflexiva, argumentativa y deliberativa de la vida pública. El segundo no se deja llevar por caprichos, ocurrencias, arbitrariedades y falsas campañas de sensibilización que terminan siendo campañas de manipulación. Tanto uno como otro presentan modulaciones y variantes interesantes. De momento, apunto que el cuidado narrativo de una de las variantes más potentes del cuidado reflexivo.

No sólo cuenta con las posibilidades que ofrece el autoexamen, el autoanálisis y la deliberación moral sino con las posibilidades que ofrece el valor de la palabra sentida, vivida y compartida. A diferencia del cuidado incondicional o del cuidado paternalista, el cuidado narrativo no sólo aprovecha el potencial filosófico del concepto de “identidad narrativa” de Ricoeur sino que recupera un modelo de racionalidad que Kierkegaard llamaba “interioridad apasionada”. Elementos básicos para entender que con la Bioética del cuidado no buscamos la ingenua legitimidad del capricho emotivo, sino la cara amable de la responsabilidad integral.

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Para saber más:

http://www.rialp.com/index.php?op=verlibro&descri=119076

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