El rescate de Tailandia: éxito de la simplicidad

Probablemente no quede persona en el planeta que no haya celebrado el éxito de lo sucedido en Tailandia durante julio de 2018. El rescate de 12 niños y su joven entrenador de fútbol tras verse aislados en el fondo de una cueva por una tromba de agua. Hasta el feliz desenlace, todos presenciábamos con sufrimiento las infructuosas propuestas que se ponían sobre la mesa. Desde taladrar metros y metros de dura roca con una enorme máquina, a drenar litros y litros de agua para vaciar la cueva.

Incluso el fundador de Tesla, Elon Musk, se personó en Tham Luang con una elaborada cápsula submarina. Es muy loable su solidaridad y su generosidad -o interés, quién sabe. Puso a su equipo de ingenieros a diseñar soluciones para salvar la vida de los jóvenes. Se emplearon a fondo y presentaron al mundo un complejo aparato que, finalmente, se antojó demasiado complicado de manejar.

Finalmente, y después de que los ingenieros y responsables de la operación se devanaran tanto los sesos, la solución fue la más sencilla. Los muchachos salieron de la cueva nadando y buceando. Fue una muestra de la supremacía del principio de simplicidad.

Escribía yo hace unas semanas en este mismo blog un post advirtiendo de lo que llamé precipicio moral. Ese al que nos aboca el diseño de procesos operativos complejos. Una complejidad intencionadamente provocada para despistar y para hacer más opaco el funcionamiento de algunas funciones organizativas. Y todo ello, para enredar, para liar una madeja donde al cliente, principal perjudicado, le resulte difícil exigir siquiera sus derechos. Donde lo que importa son los medios, y menos el fin.

Resulta curioso que la tecnificación insufle a los procesos mayor dificultad. Precisamente, su objetivo debiera ser el contrario: simplificar. Al menos, en su origen, la revolución industrial se dio para favorecer una producción masiva capaz de abastecer a miles e incluso millones de personas. Y para mejorar las condiciones laborales de los artesanos, ahora trabajadores. Con ello, creció exponencialmente la productividad y, como consecuencia, se abarataron costes.

Dudo que en sus inicios, nadie buscara hacer más complejo nada. Se trataba, de hecho, de reducir el modo de hacer a lo simple. De diseñar tareas sencillas que se ejecutaran de manera repetitiva con mayor rapidez. El objetivo del proceso estaba en el resultado, y no a la inversa.

Igualmente, cuando lo que importa es el resultado, como en Tailandia, los medios y procesos se simplifican al máximo. De esa operación contrarreloj que padecieron los 12 muchachos y el joven que les acompañaba hemos aprendido muchas lecciones. Una que yo me llevo repitiendo desde entonces: lo importante de volver a los fundamentos, de perseguir la simplicidad. A ver si los diseñadores de procesos, también sacan su lectura constructiva de los hechos. No siempre lo más elaborado y complejo es lo más innovador ni, por supuesto, lo más eficaz ni eficiente.

Imagen: www.abc.es

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