¿Supremacía o interculturalidad? Trump y las oposiciones

El triunfo de Trump tras el lema “Make America Great Again” expresa la voluntad de supremacía que sirve para orientar los cambios por venir. ¿De quién? De los supremacistas WASP (White, Anglo-Saxon and Protestant). Ello implica una jerarquía racial como principio de ordenación de la realidad sociopolítica, que también expresa una carácter androcéntrico, patriarcal, patrimonialista, y etnocéntrico, que se legitima por un cierto tipo de política teológica moderna (lo hemos tratado aquí).

Contra la política de la “izquierda cultural” y los diferentes

Es un triunfo de la América conservadora y rural, tras décadas de cambios por la cultura urbana “liberal”. Para ellos, el canon constitutivo de la nación americana había sido ensuciado por el auge social y la relativa mejoría e incluso relativo reconocimiento de derechos específicos o de medidas de discriminación positiva a las minorías y grupos subalternizados tanto en el proceso histórico de formación de la nación americana, como en su conformación actual: mujeres, afrodescendientes, pueblos originarios, latinos, asiáticos, colectivo LGTB, musulmanes… También puede permitir esta supremacía reivindicada, un cierto ajuste de cuentas con la ciencia cuando entra en conflicto con una interpretación fundamentalista del cristianismo en cuestiones como la evolución; o cuando se emplea el consenso científico sobre la causa antrópica del cambio climático, para exigir y adoptar cambios en el modelo productivo y energético en búsqueda de alternativas sostenibles materialmente y justas socialmente.

Contra el libre mercado y la intervención correctora de la Administración

Pero los defensores de la supremacía WASP no sólo habían sido “ofendidos” por la política cultural de la izquierda-liberal (identificable en algo tan despreciable para ellos como lo políticamente correcto), por la comunidad científica o por el ecologismo, sino puestos en riesgo por el propio liberalismo económico. El elitismo social y el individualismo posesivo que articula la lógica cultural de la supremacía WASP desde su origen, y cuya lógica se proyectaba también en el consenso neoliberal de las últimas décadas, se ha vuelto contra las bases populares del grupo. Empleos precarizados cuando no desempleados… Este malestar es un cansancio-resaca de la globalización liberal por parte de las clases populares en EE.UU. (y en otros países desarrollados), agostadas por un modelo económico que los sitúa en creciente riesgo de exclusión social. Una economía y una sociedad que se ha hecho “líquida”, donde no pueden dar por supuesto el bienestar conquistado, ni para ellos ni para sus hijos. Mientras, las élites reales se han podido beneficiar de la transnacionalización económica y de la reducción del poder negociador de la clase obrera. El cansancio ante la apertura de los mercados y ante la porosidad de las fronteras se expresa no sólo en la creciente xenofobia, sino también en una desconfianza ante la Administración Pública en cuanto trate de generar inclusión, sostenibilidad ambiental y de garantizar derechos sociales. O bien es “corrupta” y alejada de la solución de sus intereses particulares (no que se ocupe “de todos”), o bien les violenta con nuevas cargas impositivas o restricciones a su forma de vida económica o a su “sagrado derecho de autopreservación”, que incluye el derecho a portar armas y a defenderse hasta del propio gobierno.

Pero ello no impide que el nuevo caudillo de la supremacía blanca, antes bien exige, sea un miembro de la élite. El sueño popular de la supremacía WASP se puede ver reflejado en la elección de quien es capaz de lograr éxito real (sexual, social, económico y político) despreciando públicamente a los colectivos minorizados o violentados por su propio éxito.

Las oposiciones

Por ahora, ha tenido la virtualidad de hacer saltar tanto las alarmas por parte de la derecha liberal como de las izquierdas (visibles en las mismas oposiciones callejeras en EE.UU). Por la derecha, se señala que se ha roto (o puesto en peligro) el consenso neoliberal de las últimas décadas, como la alianza transatlántica del norte para la hegemonía política, militar y económica en el mundo frente a las otras “civilizaciones” que ya identificara Huntington; la apertura de los mercados internacionales, especialmente a través de tratados para la creación de espacios regionales de integración económica; la deslocalización industrial como medio para el crecimiento, la competitividad y el progreso social; la aminoración del Estado como actor central de la sociedad… Pero tampoco hay especial nerviosismo. Si los mercados “hablan” por las bolsas, después de la inquietud bajista inicial se ha vuelto a cierta calma. Parece que se confía en que el sistema se impondrá a las bravuconadas populistas del nuevo líder carismático. La cosa volverá al “sentido común”. O no…, y entonces para mantener la supremacía, habrá que adaptarse al nuevo tiempo con otras reglas que serán el nuevo sentido común hegemónico en unos años. Otra cosa es que el nuevo sentido común hegemónico emergente expresado ahora como nacionalismo económico y racismo de Estado (cuyos fantasmas también corren ya por Europa), no sea sino otra forma de precarizar la vida humana y de generar jerarquías naturales que legitiman la exclusión de la diferencia cultural o la fragilización o muerte de los que son declarados dogmáticamente como inferiores.

¿Lucha por la supremacía o Interculturalidad?

La cuestión de fondo no es el derecho a la existencia del grupo WASP, a priori tan respetable como cualquier otro, sino la voluntad de supremacía en cuanto fragiliza o genera condiciones de muerte para los otros. Como denuncia uno de los colectivos minorizados ante la violencia estructural y policial, Black lifes matter (las vidas negras importan), y podríamos seguir Latin lifes matter para enfrentar la vulneración de la humanidad que amenaza a once millones de latinos indocumentados, … y así con los otros y las otras.

El discernimiento entre las luchas por la supremacía y las luchas subalternas  reside en el calidad humana del mundo proyectado y producido. Y podríamos concretarla en su cualidad intercultural o en la ausencia de la misma. O la utopía de un mundo unipolar que inferioriza interior y exteriormente, o la utopía de un mundo sociodiverso, convivencial y sostenible que es capaz de articular un espacio social y público plural. Ambos son proyectos utópicos. La utopía orienta toda acción humana, por ello, de entrada no es ni buena ni mala, sino estructural para todo comportamiento humano. En cuanto se ensayan, unas y otras, producen distorsiones o externalidades. Pero la interculturalidad en cuanto actitud ética se expresa en la voluntad de diálogo y de mostración de la razonabilidad pública de los presupuestos conformadores de cada cultura o tradición y en la apertura a su revisión; y en la reacción ante las vidas imposibilitadas o negadas, dentro o fuera de su marco de identidad. Va buscando la corrección inclusiva y pluralizante de los mundos producidos, pues la riqueza humana no se agota en un solo camino de humanización. La búsqueda de la supremacía declara el punto de partida propio como inamovible, va buscando cerrar las conquistas y no está abierta a su revisión o corrección ante los otros; se declara camino único de humanidad, olvidando las víctimas producidas en su propia realización histórica y la no necesidad de reajustar su modo de vida en búsqueda de la correcta inserción en el mundo natural.

¿Se construirá en los próximos años en Estados Unidos de América un patriotismo excluyente o pluralizante, habrá una vuelta en el mundo a los nacionalismos homogeneizadores y supremacistas?

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Imagen:http://internacional.elpais.com/internacional/2016/11/11/estados_unidos/1478825735_253176.html

1 Comentario

  1. Buenos días. No se trata en este artículo de hacer sociología electoral. Claro que Trump ha triunfado por un conjunto factores, por la fatiga social de las clases medias, por la persuasiva comunicación electoral, por la desconexión popular de su adversaria Clinton que a pesar de superarlo en más de 200.000 votos en el país, no ha movilizado el mismo voto hispano ni de afrodescendientes que el anterior presidente Obama; por el afortunado desprestigio (para Trump) de la clase de política. También es cierto que los votos electorales que dan la victoria final a Trump son conseguidos mayoritariamente en el medio rural y en pequeñas ciudades de no más de un millón de habitantes. Las grandes ciudades han obtenido mayorías demócratas.
    Lo que aquí se prentede es otra cosa. Justamente una lectura ética del proceso electoral, y sobre todo, del proyecto político vencedor con respecto a algunos aspectos trascendentales como su voluntad de deportar a 11 millones de latinos indocumentados, de no asumir los compromisos internacionales suscritos por la Administración Obama ante el cambio climático, o de combatir el intento público de garantizar el derecho a la salud de los ciudadanos. Y para ello, no se trata de hacer simplificaciones maniqueas ni ontológicas, ni los buenos son los blancos, ni los malos son los negros, ni las mujeres (brujas en política como dicen algunos), ni los latinos, … No cabe definiciones dogmáticas a priori, no somos buenos o malos de partida, sino por lo que nos proponemos hacer y vamos haciendo cuando actuamos con relación a los otros, si actuamos desde el respeto o el desprecio, si impedimos sus vidas o les damos cabida o buscamos alternativas que no incrementen el daño humano. No entiendo algo tan recurrente como el “buenismo”, no sé qué es, si entiendo lo que es no lo comparto; pero espero, en cualquier caso, que quienes lo critican no defiendan el “malismo” como criterio de orientación, pues supongo que no querrán ni “ser malos” ni “hacer el mal” de forma abierta, consciente, deliberada y a sangre fría.
    Por cierto, sobre esto último, puede verse otra entrada en esta web: http://entreparentesis.org/buenismo-o-humanizacion-del-derecho/
    Espero que estemos de acuerdo en la necesidad y pertinencia de estar abiertos a revisar y evaluar nuestros proyectos de sociedad y sus realizaciones, para ver qué podemos ir mejorando, para como decía Ignacio de Loyola, “ir de bien en mejor subiendo”.

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