Sueños, religiones y violencia contra las mujeres

Ayer tuvimos una intensa y creativa tarde de trabajo en uno de los grupos de mujeres  de los que formo parte, el colectivo Territorio Doméstico. El tema de nuestra reunión fue la preparación de un taller de ritmos y canciones contra la violencia machista y los feminicidios de mujeres, que tendremos el próximo domingo 11 de Octubre en la Casa Pública de Mujeres Escalera Caracola. Quizás por eso, por las reflexiones compartidas, por las historias narradas, por la esperanza y la rabia que albergamos cuando esta realidad nos convoca, por sus huellas en nuestra historia y por la importancia que sentimos que tiene para nosotras y muchas otras mujeres la movilización y participación activa en la Marcha estatal contra la violencia machista, que se está organizando para el 9 de Noviembre en Madrid, anoche tuve un sueño.

Soñé que estaba en una mezquita y que cuando iba a acceder al espacio separado que se nos designa a las mujeres en ella, una mujer mayor con hijab, nos animaba a levantarnos y a colocarnos en la parte central, mientras los hombres nos abrían amablemente el paso. Otra mujer, joven y negra, con la cabeza descubierta cogía el micrófono y animaba a hombres y mujeres a no consentir ningún tipo de discriminación ni violencia contra mujeres y niñas, y lo hacía en nombre de Allah y Muhammad, su profeta, quien por su trato y relación con las mujeres había siempre reivindicado su dignidad e integridad. Su discurso continuaba argumentando que un buen musulmán o una buena musulmana no podían ser indiferentes ni naturalizar, y mucho menos provocar, el sufrimiento y la violencia contra mujeres y niñas, ni en el al interior de los hogares y las instituciones religiosas, ni en los espacios sociales o públicos.

Pero mi sueño no terminó aquí sino que fue poblándose de nuevas imágenes y escenarios oníricos que me iban impregnando de una sensación de alegría en la que me sentía participando como una espectadora entusiasmada y perpleja. El segundo escenario era una iglesia de mi barrio en la que los sacerdotes aparecían sentados entre las gentes, sin más distinción que una estela morada con unas letras escritas en blanco en las que se podía leer: en nombre de Jesús ni una muerta más. En el templo reinaba un gran silencio que se rompió cuando desde el púlpito unas voces de mujeres, con distintos acentos, empezaron a proclamar la homilía comentando los textos del crimen de Guibea (Ju 19, 1-29) y el Evangelio de la hija de Jairo y la hemorroisa (Mt 9, 18-29), conectando las lecturas con las más de 700 mujeres asesinadas en España en la última década, el  feminicidio de Ciudad Juárez, las violaciones de mujeres en la India, la violencia de Boko Haram con las niñas y el negocio multimillonario de la trata de mujeres en el mundo.

Las mujeres predicaban con convicción y fuerza pero lo que más me llamaba la atención en mi sueño no eran ellas, sino la escucha interesada y convencida de la mayoría de los hombres que asentían con entusiasmo a sus palabras. La homilía terminaba urgiendo a los poderes públicos, a las iglesias y a todas las autoridades religiosas a no consentir prácticas ni lenguajes violentos ni discriminatorios hacia las mujeres, ni al interior de sus propias instituciones, ni en los espacios sociales ni públicos y a implantar en los proyectos pastorales de todos los centros religiosos un programa específico para erradicar la violencia de género y la discriminación entre hombres y mujeres. La ovación de la asamblea en este punto fue total, de manera que mi sueño casi se quiebra por la agitación de mi subconsciente ante los efectos producidos, pero aun así continué en los brazos de Morfeo.

El tercer y último escenario de mi sueño era la plaza de la catedral de Madrid, donde el papa Francisco, en visita sorpresa y rompiendo todo protocolo, había convocado a una rabina, un imán, una mujer sacerdote de la iglesia anglicana, una monja budista y una líder feminista para hacer un declaración conjunta universal de todas las religiones contra la violencia machista, la discriminación y los feminicidios. Cuando la líder feminista iba a coger el micrófono el despertador me hizo volver a la realidad.

Los sueños son eso… sueños, pero tienen también el valor de anticipar deseos e imaginarlos y hacer de brújulas para el camino. Los sueños conectan con las chispas de posibilidad que en la propia realidad se engendran para transformarla, mostrando de este modo que si se puede, aunque para ello haya que pasar por la prueba del a largo plazo. Quizás esto sea lo que esté en el trasfondo de mi sueño de anoche: iniciativas como la que aconteció en Febrero del 2013 en Norteamérica, en la más de 35 imanes y otros miembros del Consejo Supremo Islámico de Canadá, emitieron una fatwa recordando a los musulmanes que los crímenes de honor, la violencia familiar y la aversión contra las mujeres son actos no musulmanes y que son considerados por el Islam como crímenes, o la Declaración pública de los obispos estadounidenses titulada When I Call for Help: A Pastoral Response to Domestic Violencia Against Women (Cuando pido ayuda: una respuesta  pastoral a la violencia doméstica contra las mujeres), en la que condenaban “la utilización de la religión y la Biblia para apoyar y legitimar la violencia sobre las mujeres reconociendo que son los abusos y el maltrato a las mujeres ( …) y no el divorcio, quienes rompen el matrimonio”. Por cierto, una muy oportuna consideración en los umbrales del Sínodo de la Familia.

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