El jesuita siciliano Antonio Spadaro es, desde el año 2011, el director de La Civiltà Cattolica, ‘revista hermana’ de Razón y fe y de entreParéntesis. Es considerado uno de los intérpretes más cualificados del papa Francisco, sobre todo a raíz de la entrevista publicada en septiembre de 2013. Aprovechamos una reciente visita a Madrid para conversar con él.

¿Qué significado tiene el viaje del papa Francisco a Armenia? ¿Qué podemos esperar del mismo?

El Papa desea tocar las heridas, estar presente en las fronteras y periferias. Podemos recordar algunos ejemplos significativos en este mismo sentido: su cabeza apoyada en el muro que separa Jerusalén de Belén, en Cisjordania (mayo de 2014); el viaje a Corea, un país dividido, donde subrayó la unión de una misma lengua materna (agosto de 2014); en enero de 2015 estuvo en Sri Lanka, un país destrozado por la división entre tamiles y cingaleses; la visita a Cuba (septiembre de 2015) que, de algún modo, convierte la isla de un muro en un puente, con el acuerdo ecuménico con el patriarca Kirill. O, en noviembre de 2015, el impacto de abrir el Año de la Misericordia en la República Centroafricana, en medio de los conflictos étnicos, económicos y religiosos.

CloMutwWgAEJ_ONSe trata, en todos estos casos, de gestos terapéuticos. Supone reconocer el valor de estar presente, aunque no se logre resolver el conflicto. El Papa ya visitó Turquía (noviembre de 2014) y, en el próximo mes de octubre, estará en Azerbayán. En ese contexto hay que situar este viaje a Armenia, otro lugar caliente. El llamado genocidio armenio será un tema delicado con relación a Turquía, así como también el conflicto en torno a la región de Nagorno-Karabaj, de población armenia, en lo tocante a Azerbayán. Estamos, pues, ante la diplomacia de la misericordia, en medio de las heridas.

¿Qué tiene que ver esto con la “cultura del encuentro”?

Para el papa Francisco, la cultura del encuentro no es una palabra ni un cruce de palabras teóricas. Consiste en hacer algo juntos por el bien común, removiendo los obstáculos y apartando las diferencias. De cara al exterior, tiene una dimensión geopolítica: construir puentes y no muros; no dar nada por perdido. De cara al interior entra aquí la importancia del ecumenismo: con los ortodoxos, con los luteranos, con los pentecostales y, también, por supuesto, trabajar a favor de la comunión interna: con los sectores más progresistas y con los más conservadores o tradicionalistas, incluyendo los lefebvrianos.

¿Cómo se articula todo esto? ¿Hay alguna idea directriz?

En la entrevista al diario francés Le Croix, el papa Francisco habló del lavatorio de los pies como modo de presencia de los cristianos en la sociedad. Cuando buscamos las raíces cristianas de Europa (ahí tenemos el discurso al recibir el Premio Carlomagno o todas sus intervenciones a propósito de la respuesta europea a la crisis de los refugiados), debemos hacerlo desde el lavatorio de los pies. Europa no es un hecho sino un proceso. Reivindicar las raíces cristianas no nos pueden convertir en un partido (en una parte) sino en, desde abajo, servir a todos. La teología del jesuita alemán Erich Przywara ilumina estas cuestiones. Se trata de superar el enfoque constantiniano de la presencia pública de los cristianos. Las raíces cristianas están en la Cruz y en el servicio, tal como muestran los mártires.

Pasamos ahora a otro campo, en el que Antonio Spadaro es un experto: la cultura digital y la presencia de la Iglesia en ese mundo.

Lo digital forma parte de nuestro ambiente. No se trata de sustituir nada (como si opusiésemos lo “real” o presencial a lo digital), sino de integrar todas las dimensiones. Estamos llamados a vivir bien la esfera digital (cosa distinta a “usarla” bien). Lo digital modula nuestras relaciones, nuestro modo de pensar, nuestra manera de construir conocimiento, nuestro ‘estar en el mundo’. La tecnología siempre lo ha hecho a lo largo de la historia; pensemos en el avión, la prensa o la radio. En este momento, Internet nos abre posibilidades de una mayor cooperación, lo cual permite desarrollar nuestra humanidad. Un ejemplo es Wikipedia, donde la clave no está en que tengamos información accesible más o menos fiable, sino en el proyecto de colaboración para construir un conocimiento común y compartido.

Pero es evidente que hay una brecha digital que, en buena parte, agudiza las brechas sociales ya existentes.

¡Claro! Debemos gestionar y superar esta brecha digital. No podemos pensar que Internet va a resolver, milagrosamente, las desigualdades de nuestro mundo. Es cierto también que hay varias iniciativas en marcha que intentan superar esta brecha, por ejemplo, proporcionando ordenadores baratos y conexión wifi a las zonas rurales de África. Todo lo que sea construir una verdadera ciudadanía digital, por tanto global, es muy importante.

Y la Iglesia, ¿cómo está presente?

Desde el principio, ya en la época de Juan Pablo II, la Iglesia ha mostrado un genuino interés por estar donde la gente está. Cabe destacar en este sentido el papel del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales. O, incluso antes, la importancia de la radio en los tiempos de Pio XII. Al mismo tiempo, hay algunas voces que tienen sus sospechas. Es claro que el mundo de las comunicaciones y de Internet es un mundo de libertad. Abre posibilidades, pero no hay que ser ingenuos. Se trata de discernir y no de tener miedo.

Sabemos que conoces y sigues entreParéntesis, ¿qué impresión tienes?

Es una iniciativa dinámica, viva y necesaria. Conviene recordar que no se trata de una iniciativa menor, como si lo que se produce en papel fuese más serio. Hay un empeño cultural muy relevante. Ampliar espacios, generar diálogos, suscitar preguntas, entrecruzar lenguajes, escuchar, proponer, aprender. El mensaje se difunde hasta límites insospechados. Me resulta una iniciativa muy estimulante y os animo a continuar con entusiasmo.