La semana pasada asistí a una cena en la que me pusieron en una mesa rodeado de autoridades académicas que procedían del mundo de la Informática. Todos se mostraron entusiasmados cuando la autoridad política que inauguró el evento nos dirigió unas palabras y pidió que el sistema educativo introdujera en las aulas la asignatura de Inteligencia computacional. Parecía el quijotesco bálsamo de fierabrás con el que llevar a buen puerto la digitalización total de la escuela.

El evento formaba parte de la semana de la informática, una interesante actividad que ha puesto en marcha el Colegio de Ingenieros en Informática. Este año han elegido como lema una expresión interesante, “Diferencia-TI”. Con este lema quieren subrayar dos características vinculadas a su actividad profesional. Por un lado la importancia y valor que está teniendo la Informática para conseguir que las organizaciones se diferencien por la aplicación de las tecnologías de la era digital. Por otro la relevancia que están adquiriendo las tecnologías de la información en la singularización de productos, servicios y organizaciones.semanainformatica

Pude participar en una de las actividades que organizaron durante la semana con una conferencia en la que me pidieron que analizara el valor de las personas en los procesos de digitalización organizativa. En algunos momentos de la mañana en la que me tocó hablar sentí que formaba parte de otra galaxia porque aún no tengo la habilidad suficiente que demostraron otros conferenciantes para usar el power point, el puntero digital y los enlaces simultáneos a las redes sociales. Además de ser expertos en el uso de la estadística, son profesionales de una jerga utilitarista presidida por la eficiencia en los procesos y por la utilización de cuatro verbos mágicos: calcular, maximizar, minimizar y optimizar. No hay gerente de organización pública o privada que no sepa conjugarlos en todos los tiempos verbales, como si todo en la vida de las organizaciones se redujera a tablas de excell ante la imposibilidad de acercarse al óptimo de Pareto.

Mi intervención no tenía como objetivo analizar los procesos de embrutecimiento y deshumanización que se están produciendo por el uso indiscriminado de las tecnologías de la información en los hogares. Esto es algo obvio y evidente que los tecnólogos descubren a medida que sus hijos van echando los dientes y se relacionan con otros compañeros. Para incidir en el mundo de las personas frente al mundo de los artefactos digitales tampoco recurrí a simplificaciones fáciles donde situamos las tecnologías en el mundo de los fines y las personas en el mundo de los medios, como si el imperativo categórico formara parte de otra galaxia y no tuviera cabida en la nueva de Steve Jobs.

Para incidir en lo que tradicionalmente se ha llamado, y con poco acierto, el factor humano o el mundo de los recursos humanos, señalé la importancia de mantener cierta perspectiva histórica y situar la digitalización como parte de un proceso no sólo económico sino cultural. Para ello no basta con acudir a los nuevos tecnólogos o expertos en Big Data que conocen a la perfección el funcionamiento y uso de las aplicaciones móviles. Tampoco es suficiente el conocimiento epidérmico de las organizaciones porque detrás de empresas y administraciones públicas siempre hay una misión, una visión y unos valores que constituyen el principio y fundamento de los equipos.

Como proceso cultural, la digitalización está unida a la globalización y sus paradojas o contradicciones. También está unida a un modelo de relaciones laborales basado únicamente en la reducción de plantillas y de costes para sustituir funciones laborales por funciones digitales. Y todo ello sin plantearse en ningún momento lo que Richard Sennett llama “el carácter”, es decir para describir lo que también podemos llamar cosmovisión o jerarquía de valores de las personas de carne y hueso. No se trata de la simple “personalidad” de los trabajadores sino de sus creencias, sus tradiciones y sus proyectos de vida. Por eso es importante que nos preguntemos por la historia, el relato y las narraciones con las que construimos o justificamos la digitalización.Inteligencia-emcional

 

A veces asistimos a relatos contradictorios y paradójicos que deberíamos evitar porque no todos los procesos de digitalización son igualmente valiosos. No sólo por las consecuencias de la digitalización para las relaciones laborales sino por la instrumentalización de la información de las personas comerciando con la intimidad, la privacidad y el mundo narrativo con el que vamos acondicionando la vida. Es poco habitual que los expertos en digitalización se entrenen para la crítica cultural y por ello es importante plantearles cuestiones radicales que no se arreglan con hojas de cálculo.

Estas paradojas y contradicciones aparecieron en la cena cuando mis compañeros aceptaron sin rechistar la propuesta de introducir en las aulas un área de Inteligencia computacional, como si esta nueva inteligencia digital estuviera llamada a poner orden entre las nuevas inteligencias que acosan la actividad educativa. Quizá la inteligencia computacional puede situar en su sitio a la inteligencia emocional, social, espiritual o maternal. Sin haber sido invitada, esta inteligencia no sólo quiere hacerse un hueco en la programación educativa sino que tiene pretensiones gerenciales. Por eso ha llegado el momento de lanzar un SOS a la comunidad educativa, llega un nuevo modelo de escuela… ¡La escuela digital!