Acudí en la sede de la Defensora del Pueblo – apropiado marco, ¡sí señor¡ – a la presentación del Informe anual 2015 del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) sobre los CIE de Madrid, Barcelona y Valencia. 

La mirada trasversal del mismo me desvelaba números y rostros invisibilizados. Mirada trasversal que luego, tras una lectura atenta,  me llevó a comprobar una vez más que, hablando de empobrecidos, los números tienen almas y estas tienen corazón y nombre. Tablas de números, análisis de los mismos, historias personales que aportan la imprescindible objetividad de los datos aportados por los ejemplares voluntarios  visitadores de los CIE…y esta vez un gráfico. (cfr página 15). Este año, solo un gráfico.

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Ahí me detuve un momento. Asocié al mismo las lecturas en  monitores o en papel que representan la actividad eléctrica del corazón. Y que sustituyeron a aquellas gráficas a los pies de la cama de los hospitales para que los médicos de un vistazo comprobaran cómo evolucionaba la salud de los enfermos.

Detuve mi mirada. Me llevé la mano al pecho. Escuché latidos. No sé si los míos o  los de Catherine, de  20 años, que huyó  de su país, asustada y sola ante la imposición de la mutilación genital que su madre logró hacerle (no tiene padre) a los 17 años y de la que quiso huir. Asustada, sola…y ¡valiente! porque terminó entrando en España en una pequeña embarcación.

O quizás se agolpaban a mis sonidos interiores los latidos mezclados de Agrippine de 16 años llegada en una embarcación a las costas andaluzas. Inicialmente fue detectada como víctima de trata de seres humanos, pero rechazó la protección. Un Juzgado, mediante un Auto colectivo (¡me asustan los autos colectivos porque  tienen algo de despersonalización!) dictó su internamiento en el CIE, donde se volvieron a reiterar los indicios de víctima de trata. Al ser identificada como menor de edad y como víctima de trata de seres humanos con fines de explotación sexual fue trasladada a un centro ordinario de protección de menores, no especializado en materia de asistencia a víctimas de trata. Escapó de allí, sin que actualmente se conozca su paradero.

¿Por qué lugares latirá su corazón?, si es que sigue latiendo. ¿O quién se estará aprovechando de esos latidos, quizás esclavizados?

O los de Hassan, que llegó a España siendo menor de edad y estuvo tutelado por la administración autonómica de protección de menores. A quien se le agitó el corazón más de una vez tras ser expulsado en 2009, y que consiguió regresar a España. Un corazón agitado sobre todo cuando paseando con su pareja española y su cuñada le pidieron documentación y fue internado. El ritmo de sus latidos entonces galopaba persiguiendo sus sueños que parecía que se le frustraban.  Y los latidos se expandían multiplicándose  como un eco en su pareja y en su hijo también español. Pidió asilo y paralizó así la expulsión. Finalmente fue liberado. Y sigue soñando.

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Las líneas de la gráficas de las estadísticas y las tablas de los números del Informe tienen detrás rostros y latidos. Que acompasan el ritmo de miles de historias humanas, encerradas y estigmatizadas. Agravadas en su empobrecimiento porque  la vulnerabilidad se concretiza – en la crisis  migratoria,  humanitaria, pero sobre todo ¡política!, no lo olvidemos-  en estos números con alma y en estas historias personales con números y latidos humanos que sueñan.

Me emociono –gracias a Miguel, Alberto, Santiago, José Javier , José María y los anónimos autores,  todos, del informe– sobre todo cuando compruebo que este año han puesto el foco informativo con especial atención, en las personas más vulnerables entre las vulnerables: personas enfermas, víctimas de trata, solicitantes de asilo, personas a quien nadie visita... Es decir en aquellas cuyos latidos son  más débiles.

Mientras escuchaba la presentación del Informe y lo leía posteriormente recordaba que yo mismo tuve la ocasión de visitar el Centro de Internamiento de Tarifa (próximo objetivo, junto con el de Algeciras, del SJM impulsador valiente de estos informes) hace unos años con 50 personas de Iglesia. Iniciábamos con una oración interreligiosa (¡con un obispo y un imán dirigiéndolas!), entre los inmigrantes allí internados –entre ellos algunos recién llegados en pateras a las costas de Cádiz– una peregrinación entre las dos orillas del Mediterráneo. Allí estaba Santiago Yerga, hoy presentador del actual informe, y entonces asesor de la ejemplar delegación diocesana de Migraciones de Cádiz.

Recuerdo de nuevo, porque tuve ocasión de escribirlo entonces para que mi memoria nunca lo olvidara, que mientras alguno de los allí retenidos desgranaba en una breve conversación personal su sueño de una pronta libertad, me venía a la memoria aquello de Eduardo Galeano: “El derecho de soñar no figura entre los treinta derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él, y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed”.

 

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Sueños. Sueños rotos en los actuales internos de los CIE, a los que hay que buscar urgentemente alternativas dignas (cosa que también  los obispos españoles han pedido) a la espera definitiva de su cierre. Sueños rotos pero no desechos. Maltratados y arrojados de una parte a otra como si las fronteras exteriores y vergonzosas de Ceuta que estos días recogen devoluciones en caliente  ahora estuvieran  en Aluche de Madrid , en Zapadores de Valencia o en la Zona Franca de Barcelona: personas que han venido a ser hasta ahora, parafraseando a Pablo de Tarso  “como basura del mundo, como el desecho de la humanidad”

Y todo por soñar. Como lo que el citado Eduardo Galeano también soñaba allá en el año 2000: “La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda”.

Gracias a los autores del Informe,  por alimentar nuestros sueños con números, objetividad, análisis, reflexión y denuncia… y sobre todo con los latidos humanos

Tic, tac. Tic, tac…