No suele verse de esta manera, pero la vida del cristiano tiene un factor de consuelo infinito precisamente en la pertenencia a la Iglesia. No ya en la soledad de su acogida personal de Dios, sino, además y más allá, en la difícil objetividad de la sociedad de la Iglesia, es decir, de la comunión de los santos, de los llamados.

Cuando lo frecuente es la queja respecto de la Iglesia, la verdad es que ella es, muy literalmente, mater et magistra. Incluso aquel que no encuentra en su Iglesia local un hogar, debería sentir en lo profundo el gozo de saber que se halla inseparablemente unido con la verdad de los santos, con Cristo en su Espíritu… Desde el fondo de esa unión, poco importan las inclemencias cotidianas, incluso si toman formas muy desagradables y muy incomprensibles, muy injustas y desde luego nada cristianas. Puede uno tener toda la razón en su tropiezo con ellas, pero la maravilla es, como dice cierto personaje de Kierkegaard, la conciencia de no tener nunca la razón ante Dios. Porque esta conciencia es la de estar inmerso en una verdad, un bien, una realidad realísima y amorosa que desborda, que antecede, que permanece, que funda todo.

Vladimir Solovyov

Vladimir Solovyov

Y quien tiene espíritu de filósofo disfruta inmensamente explorando las vías por las que esta experiencia se ha unido en él –y se puede unir en tantos otros– a las experiencias de la vida en el mundo que aún no conoce esa otra esfera de la realidad. Hay en el mar de los pensamientos filosóficos esos caminos casi secretos, que parecen reservados cada uno a cada persona; y hay también la iluminación de todo ello desde la vida santa de la Iglesia. Gaudium de veritate: primicias del cielo en nuestra vida hacia la muerte. (El autor de estas líneas se asombra de que no todos los teólogos sean los mayores filósofos: es una de tantas cosas que no comprende… Tiene en esto una postura que reconoce en los extraordinarios autores rusos –Soloviov, Berdiáiev, Florenski, Bulgákov… –.)

Y ¿qué quiero hoy deducir de esta situación básica?

Entre tantas otras consecuencias, la que se presenta más urgente ahora es la necesidad de que cada persona cristiana tome sobre sí la responsabilidad de su existencia como verdaderamente tal. No tiene esto apenas nada que ver con la preocupación, tan siglo XX, por construir una mejor teología “del laicado”. Se construya o no, lo notable, lo triste, lo característico de muchos católicos es abandonar al clero y al cumplimiento ritual casi la totalidad de su respuesta libre y personal al hecho de pertenecer bautismalmente a la Iglesia. Un judío, un musulmán, un cristiano protestante (no hay más que ver cómo se comportan en los respectivos actos litúrgicos públicos) no dan jamás en nuestro país esta impresión de pasividad y de irresponsabilidad que es tan común en el caso del catolicismo. Naturalmente, influye un poco en ello la situación de miembro de una comunidad minoritaria (y, en el caso español, disidente por tradición, cuando no directamente perseguida); pero temo que el mal es de raíz más profunda y que afecta mucho más al catolicismo español que al de otras naciones.

¡Qué cosa más absurda, esto de compatibilizar tan frecuentemente mucha responsabilidad profesional y ninguna en absoluto en lo que se refiere a la fe! Quizá es que ya la palabra fe suscita aquí la representación de una pura gracia incomprensible, irracional, a la que no cabe asociar la libertad y la acción responsable… Empleemos más los términos vida del espíritu, experiencia religiosa,…

Y no digamos nada de la relativa rareza de quienes toman sobre sí seriamente su ser miembros plenamente vivos (incluso sacerdotales, en el más amplio sentido de la palabra) de la Iglesia, pero permaneciendo sin vinculaciones –tantas veces exageradas y hasta infantiles– con ningún grupo particular, por más que se colabore con cualquiera.

Este tipo de católico –próximo espiritualmente a una u otra de las formas colectivas de vivir el catolicismo, pero miembro sencillo de la Iglesia universal– es excepcional en España.

Permítaseme pensar que necesitamos mucho a muchos hombres y mujeres de esta clase –un poco filósofos y un poco teólogos, sin duda, naturalmente–.

Es el mundo al revés: justo en aquello en que a la llamada universal de Dios se ha de responder más originalmente y más desde el centro de uno mismo, parece que se abdica… ¡Como si eso fuera el pertenecer a la Iglesia!