Sobrevivir en tiempos de moderna aceleración

Una de las noticias más comentadas la semana pasada fue la conmemoración del XXV aniversario de la inauguración del tren de Alta Velocidad Española (AVE). Todos se apuntaron a la conmemoración y todos parecían celebrar las bondades del invento, pero no sólo como recurso estratégico para el liderazgo turístico o el crecimiento económico, sino como metáfora de un tiempo de moderna aceleración. Como sociedad y como generación, recordábamos algo más que la apertura de una línea férrea, celebrábamos la confirmación de nuestra acelerada instalación en la modernidad.

Aunque podemos analizar esta celebración releyendo a Bauman y la contraposición que realiza entre el peregrino y el turista, quisiera recuperar los comentarios que Byung-Chul Han hace sobre la aceleración cuando se plantea el paso de la “época del marchar” a la “época del zumbido”. Como bien saben los usuarios del AVE, hay momentos de aceleración en los que solo se suceden zumbidos.

A Han le resulta útil la distinción de Bauman cuando hace una fenomenología de los andares, como si el andar del peregrino y el andar del turista describieran dos formas distintas de sentir y estar en el mundo. Mientras que el turista consume y surfea vivencias por el mundo, el peregrino las transforma y convierte en experiencias; mientras que el primero representa un tiempo de rapidez y aceleración, este segundo deja tiempo para la demora, la contemplación y el contacto con la naturaleza.

No se conforma con esta distinción porque considera que los tiempos de la moderna aceleración están siendo desplazados por los tiempos del posmoderno deambular. ¿Qué sucedía en los tiempos de la acelerada modernidad?

En la modernidad… La narración del progreso o la libertad otorga al tiempo un sentido y una significación. La aceleración resulta sensata y deseable en virtud de un objetivo que se espera tenga lugar en el futuro. Se deja integrar en la narración sin problemas. De ahí que los progresos técnicos vayan acompañados de una narración prácticamente religiosa. Estos deben acelerar la llegada de la salvación futura. En este sentido, el ferrocarril se sacralizará como máquina del tiempo capaz de alcanzar más rápido el ansiado futuro en el presente…. “(p. 51)

 La aceleración de los tiempos modernos está asociada a incrementos progresivos de la velocidad, sin preguntarnos últimamente por el sentido o valor de la meta que perseguimos. De esta forma asistimos a cambios y alteraciones radicales en las narrativas o relatos. Incluso se cuestiona el sentido mismo de la aceleración, del progreso y de la modernidad. Al perder sentido, orientación y valor, la aceleración se transforma en atolondramiento:

Uno de los síntomas de esta desnarrativización es el vago sentimiento de que la vida se acelera, cuando en realidad no hay nada que lo haga. Si se observa con detenimiento, se verá que se trata de una sensación de atolondramiento. La verdadera aceleración presupone un proceso con una dirección. La desnarrativización, sin embargo, genera un movimiento sin guía alguna, sin dirección, un zumbido indiferente a la aceleración…” (56)

Como metáfora de aceleración que se transforma en atolondramiento, el desarrollo del AVE ha dejado atrás no sólo formas distintas de viajar sino de situarse en el mundo. Además de nuestra obsesión por la aceleración y la velocidad también estamos obsesionados por la puntualidad, como si tuviéramos que quemar etapas en la vida y no quisiéramos perdernos nada. Como si vivir más rápidos y hacer más cosas fuera sinónimo de alcanzar una vida buena y un vivir mejor:

La sensación de que el tiempo pasa mucho más rápido que antes tiene su origen en que la gente, hoy en día, ya no es capaz de demorarse, en que la experiencia de la duración es cada vez más insólita. Se considera, de manera equivocada, que el sentimiento de atolondramiento responde al miedo de “perderse algo” (p. 56).

Citando las investigaciones de Harmut Rosa, Han recuerda: “El miedo a perderse cosas (valiosas), y el consecuente deseo de intensificar el ritmo vital, (..) son el resultado de un programa cultural desarrollado en la modernidad que consiste, a partir de la aceleración, del “disfrute de las opciones del mundo”, es decir, el aumento de la cuota de vivencias, en hacer que la propia vida sea más plena y rica en vivencias e incluso de este modo alcanzar una “buena vida”. La promesa cultural de la aceleración se fundamenta en esta idea, y tiene como consecuencia que los sujetos quieran vivir más rápidos.” (p. 57)

Hemos integrado estas consideraciones sobre la aceleración de tal forma que nos arriesgamos a que nuestra vida también pase como un zumbido. Desde la comida rápida al robot multitarea pasando por la instantaneidad de la comunicación, corremos el peligro de olvidar que una vida vivida aceleradamente no es, necesariamente, una vida más plena: “Quien intenta vivir con más rapidez, también acaba muriendo más rápido. La experiencia de la duración, y no el número de vivencias, hace que una vida sea plena. Una sucesión veloz de acontecimientos no da lugar a ninguna duración… Una vida a toda velocidad, sin perdurabilidad ni lentitud, marcada por vivencias fugaces, repentinas y pasajeras, por más alta que sea la “cuota de vivencias”, seguirá siendo una vida corta….”(p. 57-58)

Las páginas corresponden al libro de Byung-Chul Han, El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Herder, Barcelona, 2015.

2 Comentarios

  1. Es verdad que nuestras comunicaciones, cada vez más rápidas, son una metáfora de nuestra manera de vivir. Vivimos de prisa, sin tiempo para dejarlo pasar mientras soñamos con permanecer. La falta de tiempo no deja de perseguirnos, tal vez, ni en nuestro día libre. Tenemos más cosas por hacer que tiempo para hacerlas. La vida no es ahora, sin embargo, más breve que antes. Es que ahora sentimos más que antes su brevedad. Vivir ha sido, en todos los tiempos, una costumbre. Por eso la vida nos ha parecido siempre breve.
    Que la técnica nos ofrezca hoy la posibilidad de hacer muchas cosas en poco tiempo no altera nuestra inveterada costumbre, la de vivir mientras sentimos que se nos pasa la vida. Lo que puede alterar, en cambio, es nuestra salud. El estrés es ahora el fondo oscuro de múltiples enfermedades y trastornos. Y ¿qué es el estrés sino la respuesta de nuestro organismo a la falta de tiempo para disfrutar de él? Allí donde la vida se vuelve costumbre, donde ya no es sentida como un milagro cotidiano, un regalo, otro día en vez de un día cualquiera, se queda vacía. Hay que llenarla con lo que sea. Y lo que sea puede acabar desbordándola. No en todas partes ni en todo momento es la vida, sin embargo, una costumbre.
    Cada vez que nos asomamos al vacío del dolor o somos elevados a la plenitud del instante el mundo se aleja de nosotros y el tiempo deja de pasar. Para el doliente el tiempo se vuelve insufriblemente eterno. Para el amante la eternidad se vuelve intensamente tiempo. Pero en la eternidad no podemos vivir. Necesitamos la costumbre del vivir cotidiano, aunque nos haga sentir breve la vida. Y más en estos tiempos de la alta velocidad.

  2. Voy a entresacar el 3er párrafo y este final del 1er “… acelerada instalación en la modernidad” .

    Buena reflexión para los tiempos que “corren”.

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