Uno de los pensadores más admirables del siglo XX ha sido, sin duda, Edmund Husserl. Hay sobre ello práctica unanimidad. Y la hay también acerca de su probidad intelectual y de la limpieza de su trayectoria vital y profesional.

Como todo filósofo auténtico, Husserl ha asumido que la vida que se dedica a la verdad en su sentido radical tiene que empezar por ser un esfuerzo poderoso hacia la virtud. En primer término, hacia la fortaleza o valentía; porque solo quien luche personalmente por no dejarse influir por la terrible cantidad de motivos de temor que la sociedad sugiere, se pone a sí mismo en la condición imprescindible para la búsqueda de la verdad radical. Esta búsqueda es un deber humano universal, y solo pálidamente se la puede comparar con el empeño por las verdades que tienen vigencia en el entorno cotidiano de la vida. Se trata en ella de la orientación última de la existencia; de los fundamentos y las razones por los que vivir (y vivir hacia una meta determinada, cuyo dibujo ideal siempre vendrá determinado, aun oscuramente, por el de una dicha inmensa, aún no probada, que llena hasta rebosarlos los límites de la capacidad de gozo de un ser humano).

En esta aventura apasionante –que nos recuerda a todos que la experiencia de un deber no tiene en absoluto por qué ser triste y agobiante, sino que más bien es una incitación a viajar a la felicidad desconocida–, Husserl veía una tensión entre la necesidad de forjarse enseguida una imagen global del mundo, para saber a qué atenernos en él, y la necesidad, en nada menor, de proceder con máxima cautela, lenta y críticamente, sin obsesionarse por llegar a grandes resultados. Cuando intentamos indagar en las verdades por las que vale la pena vivir, se impone un método que este filósofo se atrevía, sin género alguno de vacilación, a llamar científico, y ello en el sentido más riguroso (Husserl procedía de las matemáticas, por cierto…).

Esta alabanza de la ciencia tiene que resonar en nuestro mundo con urgencia. El filósofo de quien hablo, cuando se tuvo que enfrentar como judío cristiano al nazismo, meditó en la crisis de las ciencias como motivo oculto y decisivo del surgimiento de tanta barbarie asesina. Con ello no denigraba a las ciencias sino que, por el contrario, las alababa hiperbólicamente. Lo que quería decir es que el cultivador valiente, libre y minucioso de una ciencia es justamente aquel que sabe distinguir muy bien entre lo que vale y lo que no vale en cierto dominio de la realidad (en cierto órdenes de verdades); y ha aprendido a vivir en esta continua crítica porque su fortaleza y su libertad se han vuelto humildad rendida ante lo que hay.

Un hombre cuya vida discurre en la tensión de investigar con precisión alguna verdad podrá no ser aún un filósofo o un teólogo, pero sabe como pocos lo que significan las palabras humildad, valentía y libertad. Él debe ser un maestro para quienes no se atreven a pensar la realidad por ellos mismos. Y atreverse a hacerlo es entrar en el ámbito común a todos del diálogo que se somete a lo que las cosas son en sí mismas.

Sin el tipo de disciplina que está a la base de la genuina actitud científica, el ecumenismo, el afán de encuentro, la urgencia de mejorar no solo las relaciones entre las religiones y las confesiones sino la calidad de la democracia, están en el fondo perdidos. Las virtudes no son ciencias ni las religiones se reducen a doctrinas; pero obedecer a la verdad sencilla o compleja de las cosas es el primer requisito de la paz y el bien.