Los periodistas, estas gentes necesarias pero que deberían andarse con pies de plomo –y, sobre todo, no darse de alta como tales más que una vez que tuvieran las cabezas excelentemente amuebladas, lo que no parece que sea el caso corriente–, están hablando a todas horas de que los asesinos, los pobres lamentables y repulsivos asesinos de Bruselas, de París, de Ankara se han inmolado.

¡No, de ninguna manera, por supuesto que no se han inmolado! Han matado salvajemente, como solo los seres humanos cuya razón se ha corrompido saben matar; y, naturalmente, se han asesinado a ellos mismos, las primeras víctimas absurdas que tenían a mano.

Terrorista suicida en Jalalabad (Afganistán), 2013. Foto: Reuters

Terrorista suicida en Jalalabad (Afganistán), 2013. Foto: Reuters

La gente no puede evitar asociar una inmolación con un sacrificio a Dios, con una especie de tributo religioso y especial acto de culto; en definitiva, con una posibilidad encerrada en la esencia de toda religión y que puede manifestarse en cualquiera bajo la forma de un crimen espantoso (en otros siglos quemaban vivos a los herejes, o degollaban a mansalva en la noche de San Bartolomé, o sacrificaban a los primogénitos, o adoraban a un Dios que los sacrificaba él mismo…). Y es verdad que la inmolación alude al aderezo del animal que acto seguido se ofrecía ritualmente en la vieja Roma. Pero de trazas de religión, aunque retumbe el grito con el nombre de Dios un momento antes de la explosión, no tiene nada una locura como la de Bruselas en el martes santo o la de la Pascua en el Pakistán el Domingo de Resurrección.

No podemos lamentar que se ridiculice y hasta se insulte el pretexto religioso de esta clase de asesinato nihilista. Hay distancia inmensa entre el elemento inevitable y sanamente sacrificial que comporta la actitud religiosa y esta monstruosidad que parece estarse volviendo permanente estado de guerra universal. El ser humano no puede acercarse a la divinidad sin renunciar a lo que hay de malo en él mismo; y ojalá esta renuncia lleve antes que a nada a desprenderse de lo sobrante y mal acumulado, en favor de otros seres humanos –aunque en el pasado haya revestido a veces formas primitivas que jamás deben regresar a la historia–.

Lo que nos lleva a un par de consideraciones generales de mucho más alcance y que podrán desarrollarse en momento oportuno.

La primera es el peligro que supone pensar a Dios como lo Totalmente Otro de nosotros o el Totalmente Otro. Exagerando la diferencia, el ser humano tenderá a anonadarse ante su ídolo y a despreciar, o sea, a ultrajar la Creación, a sí mismo y a los demás seres humanos. Lo Otro por antonomasia es la muerte, no la plenitud de la vida; el sinsentido, no la obra de Dios.

La segunda y más grave se refiere al tacto con que debe el cristiano pensar y llevar a cabo la imitación de Cristo, en especial en lo que concierne a la muerte en cruz. Es por ahora verdad, triste y terrible verdad, que el héroe moral se convierte en el enemigo del pueblo casi automáticamente; pero la labor educativa y política del cristiano ha de tender a que justamente esta situación cambie al fin. El cristiano tiene que pensar –“tiene” en sentido religioso y ético– que la bondad no es necesario que atraiga la violencia. Si fuera necesario, ¿deberíamos ser buenos, con la seguridad de que nuestra bondad serviría de puerta a la maldad del prójimo?


Gandhi con su rueca en 1946. Foto de Margaret Bourke-White. Tomada de http://www.revistaenie.clarin.com/arte/Margaret-Bourke-White-mujer-abismos-siglo_0_1270073016.html