Situaciones límites y la bella vida

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“Vida,
conviértenos,
disuélvenos en un nuevo estilo,
haz de nuestra respiración el fuelle absoluto”.
Rafael Cadenas

 

A mi tío Freddy que vivió una bella vida.

En nuestra entrega precedente  concluí que la muerte irrumpe en nuestras vidas mostrándonos su rostro amargo y desolador en la pérdida de un ser querido, del ser amado, de un otro significativo. Aun así, no debemos sucumbir ante la nada que emana del dolor que experimentamos frente a tal separación de rumbos, frente a la ruptura abrupta de la continuidad en nuestras vidas, frente a la partida irremediable del otro que nos enseña nuestra exigua y radical finitud.

Con la muerte de un ser querido vivimos el abismo del llanto y la pérdida de sentido por el sufrimiento que experimentamos en cada poro, por el ahogo en nuestro pecho que impide nuestros pasos, que quiebra nuestra vida entera. Vivimos la muerte en la vida por la ausencia desoladora de nuestro ser amado y, a su vez, por los recuerdos de los momentos compartidos que nos acompañan en las noches y que, a su vez, nos sumergen en un pasado que fue presente y que inexorablemente ya no es.

Experiencia límite: la muerte

La muerte de un ser querido es una experiencia límite. Estamos frente a una situación límite que no tiene fórmulas para ser enfrentada; situación que requiere de todo nuestro empeño existencial, moral y hasta sobrehumano para poder sobrellevar tan espantoso padecimiento y sanar, de este modo, la herida que nos ha abierto la irrupción de la muerte en nuestras vidas. Porque se trata de no sembrar la muerte en la vida,  sino de seguir apostando por la vida y por el amor en la vida, de agradecer la vida que se compartió al esforzarnos por integrar la pérdida y seguir construyendo, desde allí, horizontes de esperanza para nosotros y para todos nuestros seres queridos.

La reflexión encarnada que nos propone la apuesta por el amor se sostiene en la siguiente afirmación: que aun cuando la muerte irrumpa en la vida, la vida no fallece puesto que el amor que cura, sana heridas y construye horizontes no muere. Éste nos acompaña y resguarda en la mirada amorosa y en el auxilio solidario y fraterno de nuestros seres más cercanos, de nuestro hijo, de nuestra familia, amigos, colegas, estudiantes y vecinos que nos dan cobijo y soporte para que nos repongamos del dolor de la terrible experiencia de esta situación límite.

A su vez, con un espíritu de abundancia que viene de los afectos que dan vida, igualmente señalamos en nuestra pasada entrega, que el amor de la persona amada no muere porque está en el fruto de sus actos que persisten y en la vida que engendró con ellos. Se trata de superar la desesperación, la enfermedad mortal que procede del dolor, con la idea nietzscheana del amor fati y de estar, entonces, agradecidos con la vida a pesar del dolor que ella contiene.

Situaciones inevitables

Las diversas posturas existencialistas han discutido sobre aquellas situaciones que merman nuestro ser, disminuyéndonos; situaciones que tenemos que irremediablemente enfrentar por ser existentes en la medida en la cual pertenecen a nuestra condición humana. La vivencia de estas situaciones constituye una amenaza para la plenitud de nuestro ser y tanto Jasper como Sartre las denominaron “situaciones límites” por la prueba fundamental que implica -para nuestro ser- el transitar por ellas:

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“Son el sufrimiento, la lucha, el azar, la culpa; todas son situaciones inevitables, muros contra los cuales nos topamos y en los que por fuerza fracasamos, que convierten nuestra existencia en singularmente inhóspita, pero que al propio tiempo le hacen cobrar aguda conciencia de su finitud y desamparo. (…) Entre las situaciones límites la extrema y última que ha de realizar todo hombre es la muerte. Al final de mi vida veo que me espera inevitablemente esta muerte mía, a la que tengo que acoger en mí. Su presencia amenazadora llega hasta el momento actual de mi existencia ensombreciéndola” (1)

Comprensión generosa

Veamos un poco más la vinculación entre la muerte y la pérdida abrupta de sentido. Las “situaciones inevitablesson aquellas que forman parte de la existencia -como la muerte que nos arrebata la vida- y no creo que fracasemos frente a ellas (como afirma el autor arriba citado) si nuestra aproximación al dolor, al sufrimiento, “a los muros con los cuales nos topamos” anhela una comprensión solidaria de la humanidad en esos momentos de gran turbación. Comprender significa tener la intención y aceptar con un espíritu generoso nuestra condición humana, porque a tal punto la idea de tener que morir nos repele, que no nos parece natural ese desenlace en nuestras vidas puesto que también en la vida hay un afán de preservación.

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La comprensión generosa de nuestra irremediable humanidad no nos reducirá el dolor inmediato que sentimos frente la desaparición física de un ser querido o frente a la angustia de nuestra infalible muerte pero, sí nos impedirá anhelar el absoluto que no somos, la infinitud corpórea que no poseemos.

Cuando nos resistimos a aceptar nuestra contingencia y finitud no comprendemos generosamente la vida y no donamos vida porque sentimos que la vida nos debe, que no es justa puesto que sufrimos y morimos. No buscamos curar las heridas de la vida sino, más bien, nos regodeamos en ellas, nutriéndolas. Nuestra existencia y la de aquellos que nos acompañan se ensombrecen porque nos convertimos en seres carentes, enjutos y miedosos por el temor que tenemos de vivir la plenitud de la vida que incluye también los dolores y, finalmente, por nuestra falta de coraje y entrega para sanar los dolores de la vida, terminamos muertos en vida.

Muerte y posibilidad de una bella vida

De aquí pasamos a la reflexión de nuestra muerte. La muerte espanta porque, además de lo irreparable, ella es totalmente desconocida y “anónima”, literalmente sin nombre e innombrable: difícilmente puede ser descrita sin el auxilio de la religión y de la fe, como mencioné en la anterior entrega. La muerte no puede ser compartida. Recordemos que el filósofo alemán Martin Heidegger sostiene que cuando uno muere, muere siempre solo y, esto es así, porque este autor carece del refugio espiritual de la creencia que lo abrigue y sostenga. De este mismo modo, el protagonista de “El muro” de Sartre, condenado a muerte, expresa su sensación en los siguientes términos:

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“Luego, bruscamente me desperté, se borró el redondel de luz y me sentí aplastado bajo un puño enorme. No era el pensamiento de la muerte ni el temor: era lo anónimo. Los pómulos me ardían y me dolía el cráneo (…) todo lo que decía, yo hubiera podido decirlo: no es natural morir. Y luego desde que iba a morir nada me parecía natural, ni ese montón de carbón, ni el banco, ni la sucia boca de Pedro”. (2)

Pero, como muchas veces se ha dicho, la muerte hermana a los hombres, les recuerda que todos comparten la misma condición: la condición humana. “Le miraba de reojo, y, por primera vez me pareció desconocido; llevaba la muerte en el rostro. Estaba herido en mi orgullo: durante veinticuatro horas había vivido al lado de Tom, le había escuchado, le había hablado y sabía que no teníamos nada en común. Y ahora nos parecíamos como dos hermanos gemelos, simplemente porque íbamos a reventar juntos”. (3)

La característica de este personaje es que no encuentra justificación alguna en la muerte y ésta, no sólo le parece absurda, sino que transforma toda su vida en un sin sentido: “Tuve en ese momento la impresión de que tenía toda mi vida ante mí y pensé: ‘Es una maldita mentira’. Nada valía puesto que terminaba. Me pregunté cómo había podido pescar, divertirme con las muchachas: no hubiera movido ni el dedo meñique si hubiera podido imaginar que moriría así. Mi vida estaba ante mí terminada, cerrada como un saco y, sin embargo, todo lo que había en ella estaba inconcluso. Intenté durante un momento juzgarla. Hubiera querido decirme: es una bella vida. Pero no se podía emitir juicio sobre ella (…). (4)

Respecto de estos pasajes que he citado es preciso hacer notar que estas reflexiones son fruto de un hombre relativamente joven que va a morir en “El muro”. De ahí que no encuentre en el morir reconciliación posible. Se trata, también, de un hombre sin fe y que por ello no puede encontrar consuelo en Dios ni en una redención o vida futura. Esto no significa que la muerte de un hombre de edad avanzada pueda excluir la sensación de algo inconcluso. Pero, en principio, lo que resalta entre líneas el autor francés es que una vida bien vivida puede proporcionar mayor armonía y llegar a ser una bella vida.

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Bella vida y la prueba de la muerte

“Mi existencia consiste esencialmente en un ir al encuentro con la muerte, en ‘ser relativamente a la muerte’. Por esto es también permanente angustia mortal, que no sólo entraña angustia por la permanencia de la vida, sino que implica la temerosa pregunta de si mi vida pasada puede sufrir la prueba de la muerte, si fue una vida auténtica. En tal situación se derrumba toda tranquilidad y todo el sosiego burgués de sentirse el hombre protegido en el contenido de su vida; entonces nos grita la conciencia que dejemos la culpa de una existencia caída y seamos nosotros mismos” (5)

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¿Qué significa ser “nosotros mismos” que si lo somos, podemos pasar la prueba de la muerte? Alude a la autenticidad como lineamiento moral que implica vivir “humanamente” nuestra condición humana, de poder respondernos en nuestro fuero interno y con los otros significativos a la pregunta: ¿he vivido una bella vida, haciendo el bien, cuidando de los míos, de mi persona? Esto quiere decir, confrontarnos con nosotros mismos con auténtica voluntad de escucha para dar cuenta de si hemos afirmado la vida con nuestros actos, en nuestro trabajo y en nuestras relaciones, sin exigencias de absolutos que no nos pertenecen (como no morir o no sufrir).

Pasar la prueba de la muerte implica respondernos a la pregunta de si: ¿en las situaciones límites que me tocó enfrentar en la vida decidí vivir a plenitud con los otros y sin carencias afectivas, cuidando siempre de lo humano, sanando las heridas padecidas y cultivando, de este modo, las bondades del amor? Pasar por la prueba de la muerte envuelve, a fin de cuentas, preguntarnos: ¿he cuidado de mis seres queridos, de mí mismo, de mis afectos y proyectos laborales haciendo de mi vida una bella vida?

Desde nuestra frágil humanidad es sentirnos agradecidos con la vida, siendo más empáticos y solidarios con el otro, menos enojados con el mundo y más misericordiosos con el prójimo y sus necesidades, más esperanzados porque en las heridas vemos aprendizajes y en las pequeñas maravillas de los rostros amigables vemos la grandeza de la vida y su sencillez.

“No debemos eludir estas situaciones límites ni dejarles tampoco libre el campo, refugiándonos en la muerte o en la cotidianidad o en falsas esperanzas (…) Lo que más bien hay que hacerlas es “resistirlas”, “aguantarlas” “superarlas” y, como esenciales a nuestra existencia, darles cabida en ella. Y es que sólo estas situaciones límites ponen nuestra vida en la más alta tensión y nos obligan a adoptar la postura de la autenticidad y del estado de resueltos.” (6)

Retomaré en mi próxima entrega el problema de la autenticidad. Construiré mis reflexiones a la luz de la postura auténtica y su relación con vivir una bella vida porque superamos cada vez, con convicción e integridad, las situaciones límites que nos depara la vida.

Muchas gracias por su gentil lectura.

Referencias bibliográficas

  1. LENZ, Joseph; El moderno existencialismo alemán y francés. Editorial Gredos, 1955 pp. 30-31.
  2. SARTRE, Jean-Paul, El muro, p. 6. Recuperado en https://sanasideas.files.wordpress.com/2013/08/el-muro-por-jean-paul-sartre.pdf
  3. Idem, p. 9.
  1. Idem, p. 11.
  1. LENZ, Joseph; Op cit. Idem, 31-32.
  2. Idem, 32.

 

 

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