Sin Excusas

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Hay un concepto en España que me fascina “cuñadismo”, el concepto que explica esa compulsión tan en boga de opinar sobre cualquier asunto, como si se fuera un reputado experto, aunque lo más probable es que se haga gala de una supina ignorancia, porque una parte fundamental de “ser un cuñado” es manifestar opiniones irreflexivas y/o desinformadas, a gritos y sin escuchar. Esto es fundamental: reaccionar sin detenerse a pensar, sin tiempo para reflexionar, sin escuchar al otro. Gritar una opinión. Gritar.

Es difícil escuchar cuando se grita. Y vivimos en tiempos en los que necesitamos desesperadamente escuchar para entender. Más difícil cuando quien habla lo hace con vergüenza. Cuando el tema es desagradable, incómodo y nos interpela.

Por eso ha sido un shock la campaña #MeToo, #YoTambién, que se viralizó hace algunas semanas en redes sociales. La consigna era simple: las mujeres que habían sido alguna vez acosadas o agredidas sexualmente ponían en su perfil #MeToo, yo también. No sólo han sido algunas de las más famosas actrices de Hollywood. El acoso es parte de la realidad cotidiana de las mujeres en el mundo. Todas hemos crecido escuchando y consolando a amigas y a compañeras, compartiendo estas historias terribles, y el miedo, la rabia, la vergüenza. Pero tengo la impresión de que esa realidad se había quedado entre mujeres. Y en estos días ha saltado al espacio público. Las redes se inundaron de #MeToo: yo también he sido una víctima.

Yo que suelo contar aspectos de mi vida con mucho desparpajo dudé en ponerlo. Porque es doloroso recordar episodios que me causan una rabia tan profunda, una sensación de sentirme atacada, de no haber sido capaz de defenderme y que cuando lo hice fui cuestionada, regañada, y me miraron como si fuera yo la causante. De todas las veces que durante mi adolescencia fui tocada y agredida en autobuses por hombres anónimos sólo algunas veces recibí el consuelo de alguna mujer mayor pero nadie nunca se enfrentó a quien me había acosado. Ni yo misma. Después del primer shock de miedo paralizante la única reacción que era capaz de articular era un ataque de llanto. Cada vez que me pasaba me prometía partirle la cara al acosador. Pero la siguiente vez el miedo me volvía a dominar. Fui aprendiendo poco a poco, porque lamentablemente las oportunidades para practicar no faltan.

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Con tantas mujeres alrededor contando sus experiencias, vale la pena recordar que en España violan a una mujer cada 8 horas. Tres mujeres son violadas al día en España, según datos oficiales que entrega el Ministerio del interior año a año. Y aquí no se incluyen las agresiones sexuales sin penetración. Apuesto a que usted que está leyendo conoce a varias mujeres que han sido víctimas de agresiones sexuales. Y yo escribo esto para pedirle que le ponga la mordaza a su cuñado interno, ese que todos llevamos dentro, pregunte, y escuche.

¿Y porque es importante escuchar? Para entender la profunda humillación que significa ser acosada (ya no hablemos del quiebre profundo en la vida de una mujer que ha sido violada). Porque creo que, si se escuchara a las víctimas, si se las escuchara de verdad, ni se harían ni se permitirían comentarios culpabilizadores sobre la ropa, la hora del día, o la cantidad de maquillaje, la reacción ante el ataque y la actitud posterior. Ni se mantendría ese silencio cómplice sobre los atacantes.

No hay excusas que valgan. Ninguna. Las agresiones sexuales deben condenarse sin hacer más elucubraciones. A la víctima protección y ayuda, a los agresores condena, y a los testigos mudos una sacudida de conciencia. Las mujeres estamos siendo cada vez más conscientes de la necesidad de contar. Pero para eso necesitamos que nos escuchen. Escúchenos.

 

 

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