Sin África no es global

Si no está África en el discurso, en la movilización, en la sororidad, en la atención mediática, tenemos que dejar de afirmar categóricamente que algo es global. Porque sin tener en cuenta a África, sin comprender plenamente las intersecciones y narrativas que atraviesan sus diversas experiencias y realidades, sería una osadía hablar de globalidad.

Hace diez años Tarana Burke empujaba la campaña #MeToo con el fin de que las jóvenes supervivientes de abusos sexuales, especialmente las racializadas, no se sintieran solas sino parte de un movimiento dispuesto a marcar un punto de inflexión en la lucha contra las violencias machistas. Para romper el silencio y consolidar ese golpe tajante de las feministas en la mesa tuvimos que esperar a mediados de octubre del año pasado, cuando se destapaban por fin los abusos sexuales y violaciones perpetradas durante décadas por el productor norteamericano Harvey Weinstein. Desde ese momento, y a raíz del tweet de la actriz Alyssa Milano, el hashtag #MeToo se expandía por todo el mundo a un ritmo imparable. Alrededor de seis millones de tweets donde muchas supervivientes de abusos sexuales tomaban el poder para compartir con el mundo sus propios sentires, vivencias e incluso para señalar a sus agresores.

Los grandes medios internacionales cubrieron el #MeToo como un movimiento global sin precedentes. Si bien es cierto que desató un debate en más de 80 países, entre ellos India o China, apenas se extendió en África.

De hecho el movimiento fue de baja intensidad en África del Oeste, donde muy pocas mujeres se atrevieron a compartir sus historias personales de abusos sexuales. Y ello pese a la enorme prevalencia de violencias sexuales en el continente africano. Por un lado, y como apuntaba el investigador Cormac Smithla falta de acceso a Internet (y por tanto a las redes sociales) o a servicios básicos de salud están impidiendo que el continente se sume plenamente a la lucha global contra las violencias sexuales. Pero además, las mujeres africanas no hallan motivación suficiente para romper su silencio y nombrar públicamente a esos hombres abusadores y violadores. El coste de hacerlo es demasiado alto. Saben perfectamente que no habrá justicia ni impacto alguno, que reinará la impunidad.

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Dejemos de hablar del #MeToo como un fenómeno global porque no lo es. Porque falta todo un continente. Nuestra sororidad aquí debe traducirse en encontrar de qué manera, un movimiento que nace con vocación de ser global, hace lo posible por estar del lado de todas las mujeres. Pasa por, por ejemplo, como decía Smith “abogar por más apoyo e investigación sobre el abuso sexual en países empobrecidos“.

Y a la vez, fijemos la mirada en todos esos movimientos que están surgiendo en África y que demuestran que la que sí que es global es la cuarta ola feminista. Desde aquel #MyDressMyChoice que llenó las calles de Nairobi en defensa de una mujer brutalmente agredida por llevar una minifalda, al reciente #WomenMarchUG de las mujeres ugandesas para protestar por los feminicidios y secuestros que sufren las mujeres en el país.

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