En el clásico librito “Tres horas en el Museo del Prado” (publicado originalmente en 1923), Eugenio d’Ors hace de cicerone para un anónimo amigo, que imaginaba joven, inteligente, no vanidoso y con buen gusto instintivo. Hoy proponemos que ese visitante sea, nada más y nada menos, que la filósofa y mística Simone Weil. O cualquiera de nosotros. Veamos por qué.

El libro, como se sabe, plantea un “itinerario estético”, ordenado y esquemático. Lo hace siguiendo dos valores del arte: por un lado, el valor espacial o geométrico; por otro, el valor expresivo o significativo. En un polo tendríamos la escultura y la arquitectura; en el otro, la poesía y la música. En el centro aparece la pintura. Y, dentro de los estilos pictóricos, en un extremo situamos el romanticismo o el barroquismo, mientras que en el otro está el clasicismo.

"La caza de Meleagro", de Nicolas Poussin https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/la-caza-de-meleagro/732319ea-1af0-4350-8573-9583d6aa86fc

“La caza de Meleagro”, de Nicolas Poussin https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/la-caza-de-meleagro/732319ea-1af0-4350-8573-9583d6aa86fc

“La máxima proximidad de la pintura a la escultura y la arquitectura nos la darán las obras de Poussin y Mantegna; la íntima vecindad con lo musical y lo poético, el Greco y Goya”, afirma  Eugenio d’Ors. Y continúa: “La tierra nos atrae. Parece que, de esta atracción, la vida puede emanciparse de dos maneras: volando o manteniéndose en pie. Volar es poético. Pero mantenerse en pie es más noble”. Concluye diciendo que El Greco es el “pintor de las formas que vuelan”, mientras que Poussin es el “pintor de las formas que se mantienen en pie”.

Y justo en este punto es cuando nuestra ilustre visitante, la Simone Weil de ojos grandes y atentos, exclama: “dos fuerzas reinan en el universo: luz y gravedad” puesto que la creación está hecha de un doble movimiento: el descendente de la gravedad y el ascendente de la gracia. Como el arte y la pintura. Uno sigue la ley física de la gravedad, otro la ley moral de la gracia. De hecho, observa sagazmente Simone Weil, existe también “el movimiento descendente de la gracia a la segunda potencia”, puesto que en verdad “la gracia es la ley del movimiento descendente”. Por eso, sigue diciendo nuestra filósofa, “rebajarse es subir con respecto a la gravedad moral. La gravedad moral hace que caigamos hacia lo alto”.

"Pentecostés", de El Greco https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/pentecostesesaa-apentecost/f83b921d-2380-4dc9-8532-b3c597dab1e8

“Pentecostés”, de El Greco https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/pentecostesesaa-apentecost/f83b921d-2380-4dc9-8532-b3c597dab1e8

Con razón puede decir Eugenio d’Ors que, en El Greco, “triunfa lo dinámico, lo embriagado y místico, la supremacía de la pasión. Se ha dicho si el pintor era oftalmópata… No; lo que pasa es que estaba bebido. Bebido de zumos de Dios y de crepúsculo. En esta situación, las cosas contempladas pierden su peso. Y a este perder el peso las cosas le llaman los poetas (o le han llamado) espiritualizar”.

Un último comentario. Simone Weil plantea una contraposición dual entre la gravedad y la gracia (entre la desgracia y el amor, si se quiere). Eugenio d’Ors, por el contrario, parte de los dos valores, pero desarrolla a lo largo de todo el texto una catalogación escalada de las pinturas y los pintores. Bodegones > Poussin y Mantegna > Rafael > Primitivos flamencos e italianos > Velázquez > maestros venecianos > El Greco > Goya > impresionistas. Dicho de otro modo, la pregunta final es, ¿se trata de un simple dualismo entre la gravedad y la gracia, o hay también una gradualidad en la relación entre ambas?