Silencio y verdad

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En la película Silencio de Scorsese se muestran dos posiciones fundamentales en cuanto a la experiencia espiritual. Dos posiciones en conflicto desigual. La primera, como una verdad religiosa exterior que se impone a cambio del mantenimiento de un orden social y de asegurar una posición estable para los sujetos en ese orden. La segunda, como verdad que acontece en el sujeto, que moviliza las energías vitales de quien está llamado a ser testigo de ese acontecimiento. Y en ese dar testimonio, pone en juego su vida y se juega la vida. Pero no puede en un sentido radical o insobornable, sino ser así, cumplimiento de ese acontecimiento cuya no realización consiste en la violencia de mantener una vida inauténtica a cambio de conservar la vida. Una vida que no puede ser testigo de la verdad que lo habita. Se le ofrece escapar de esta verdad interior negándola y llevando la vida de los otros.

Un sistema religioso o espiritual puede ser adoptado por un soberano o sistema político como la “verdad” de un pueblo, como un horizonte de sentido que establece las coordenadas fundamentales en las que la existencia humana debe desenvolverse. Pero este conjunto de doctrinas, de ritos, puede ser algo meramente externo a los sujetos cuando se impone mediante el adoctrinamiento y la represión o aniquilamiento de otras experiencias religiosas o espirituales; cuando les niega la capacidad de realizar por sí mismos el proceso espiritual. Se establece así como “verdad” de Estado o como el modo propio, necesario y exclusivo de ser de un pueblo. Esta verdad, se puede mantener por los sujetos destinatarios como práctica externa y adaptativa que le permite sobrevivir en un sistema de control y de dirección política de la experiencia espiritual. Trata a los sujetos y a las comunidades en las que se recrea y se mantiene ese modo de articular lo religioso como incapacitados para su propio proceso. Se impide con ello bajo una doble violencia. Una física, y otra social que consiste en la marginación o exclusión social de quienes realizan un camino propio distinto del propuesto por la dirección política de la sociedad. .

El conflicto se articula en una lucha desigual. No hay diálogo pues se niega desde el poder la capacidad de los sujetos de apropiarse libremente de ese sentido último de la existencia. El poder se sirve de un horizonte último de la existencia humana para revestirse de esa ultimidad. Pero con ello, no se sacraliza sino que se endiosa. Al administrar este campo de la experiencia humana desde la fuerza y desde el no reconocimiento de otros caminos, se malversa desde el poder la experiencia espiritual, incluso de aquella que es adoptada como la oficial o propia para definir la identidad de un pueblo. Se asimila en este caso, identidad social y cultural con identidad religiosa. Convierte una experiencia religiosa auténtica en un sistema totalitario que niega para otros el propio camino de búsqueda y encuentro realizado desde esa tradición.

En ese conflicto asimétrico, no se transmite o se vive habitado por una verdad encontrada de la que se es testigo público, se silencia.

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Juan Antonio Senent
Profesor Titular de Filosofía Jurídica y Política. Director Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Doctor en Derecho en el Departamento de Filosofía del Derecho, Moral y Política en la Universidad de Sevilla. Profesor invitado en diversas universidades españolas e iberoamericanas. Especialista en Teoría de la Justicia y Derechos Humanos en el mundo moderno y contemporáneo. Desarrolla diversas líneas de investigación y de publicaciones sobre Pensamiento de la liberación latinoamericana, Derecho y Sostenibilidad; Interculturalidad, democracia y bien común; Historia del pensamiento político y jurídico moderno. Director de la Cátedra Latinoamericana Ignacio Ellacuría, SJ, de la Universidad Loyola de Andalucía.

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