El silencio en la era digital: una aproximación educativa

Llevo una temporada cavilando sobre la falta de silencio que sufren mis hijos, tan rodeados por los hipermedia, tan conectados. Curioseando en la web (sí, yo también), por estas cosas de que a veces uno se siente raro al reflexionar sobre lo que siente, me he topado con un artículo del periódico The Guardian que recensiona un libro del famoso explorador noruego Erling Kagge; su título: Silence in the Age of Noise. Interesado por la opinión de alguien alejado de las cuestiones educativas, lo he leído con detenimiento. Me he sentido bastante identificado con sus impresiones iniciales (tenemos hijos co-generacionales) y con los sentimientos que las siguen. No ando tan desencaminado, pienso.

Medito hace algunos años. Mirar hacia dentro no me ha impedido seguir profundizando en lo que la tecnología significa para mi metodología de trabajo docente. Es más, ha acentuado mi necesidad de proyectarme con ella de forma adecuada hacia la sociedad que me rodea tal como es. Silencio, tecnología y sociedad son, a mi entender, un trinomio que debe entenderse poco a poco. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo lograr aunar aspectos aparentemente tan distantes? ¿Cómo hacerlo siendo inexpertos para unas circunstancias sociológicamente nuevas? ¿Cómo llegar a los centenials (Y) y táctiles (T) para que descubran el valor de la desconexión, la no-inmediatez y el silencio?

Nuestros jóvenes, adolescentes y púberes son curiosos, pero no les interesan las mismas cosas que a nosotros. Indagan en lo que les llama la atención; consumen lo que les atrae; se quedan donde encuentran acicates, espacio compartido con sus iguales, tendencias de su momento, preguntas que se hacen y respuestas que entienden. En el fondo, nada muy distinto de lo que hacíamos los baby boomers, pero con envoltorios distintos. También nosotros fuimos tecnológicamente diferentes a juicio de nuestros antecesores, pero lo hemos olvidado. Y también fuimos extraños en un mundo “ordenado”.

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E. Kagge afirma que el asombro es el auténtico motor de la vida. Tiene razón; cuanto más joven, más. ¿Y se pregunta cómo asombrar con lo aparentemente “insignificante” para una generación desde el lugar de una anterior? Responde con un par de ejemplos que se resumen en algo obvio: haciéndolo posible. Probando a hacerlo, sí. Arriesgando.

En casa se me antoja que es difícil hoy en día encontrar la forma de transmitir a nuestros hijos la importancia del silencio que abre a la interioridad. Ser trabajador profesional y progenitor dedicado en esta época es una dedicación circense. Optar, acompañar y dar ejemplo resulta cada vez más una ardua tarea para la que no bastan cualidades y actitudes. Los jóvenes actuales se despegan pronto de la influencia de sus mayores, tienen necesidad de encontrar su propio espacio y no dejan muchos resquicios para intentarlo. Las familias necesitan ayuda en la maraña de necesidades y obligaciones. Y ahí encuentra un nuevo sentido educativo la escuela actual y la educación no formal.

Cada vez hay más experiencias de distinto género en lugares muy distantes que ponen en valor el papel del silencio, la meditación, el mindfulness, la respiración pausada, el yoga, el paseo entre árboles (shinrin-yoku), el simple contacto sin finalidad con la naturaleza,… Desde planteamientos religiosos o no, como forma de rebajar los niveles de ruido o de apaciguar los ánimos, o simplemente para que los más jóvenes ahonden en sí mismos y en el sentido de sus vidas y de lo que acaece, cada vez más educadores descubren que deben ofrecer a los que tienen bajo su cuidado algo más que conocimientos, habilidades personales y recursos sociales. Saben que deben darles alguna herramienta para que se miren a sí mismos, para que se encuentren y gocen (sí, sí) con lo que son, para que descubran lo que les resuena en el corazón. Que tienen que dedicar un tiempo específico al encuentro con el único saber radical que les acompañará siempre y cambiará indefectiblemente: el de sí mismos. Son cada vez más conscientes de que deben comenzar a hacerlo cuanto antes, para que los niños interioricen los hábitos y los encuentren naturales, y que su propia práctica y ejemplo es imprescindible para el éxito de la propuesta.

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Los resultados que van siendo poco a poco divulgados demuestran que estas prácticas reducen los niveles de conflicto, mejoran el clima en las aulas, aumentan el bienestar de los alumnos y les dotan de un instrumento valioso para afrontar situaciones de tensión, duda o estrés. Se está investigando sobre las repercusiones en el autoconocimiento personal y la imagen de sí mismos. Y faltan algunos años para poder tener datos acerca de las repercusiones a medio plazo en la salud psíquica de quienes han aprendido a reservar estos espacios y a emplearlos en su vida cotidiana.

Me remito de nuevo a E. Kagge para decir con él que es fácil pensar que la esencia de la tecnología es la tecnología misma. Pero no, lo esencial somos tú, yo, todos. Darse cuenta de ello, ejercitarse en ello, convertirlo en hábito saludable, es una tarea para la escuela de nuestro tiempo; porque si la escuela no educa para la afrontar los problemas reales de nuestro tiempo, no aporta cuanto puede dar. Y más si las prácticas que promueve no son incompatibles entre sí y ayudan a vivir mejor.

Concluyo. Mientras esbozo estas líneas han saltado a la prensa dos noticias relacionadas con esta reflexión. La una habla del impulso que el Dalai Lama quiere dar en India a la enseñanza de la felicidad en las escuelas, algo que viene promoviendo también la Unesco desde hace poco tiempo, y uno de cuyos pilares es la práctica de la meditación en clase. La otra, extraordinaria, nos narra la capacidad de los niños del equipo de fútbol “Los Jabalíes Salvajes” de resistir las durísimas condiciones de encierro en la cueva de Tham Luang gracias a la práctica de la meditación con su entrenador y monje budista. Ambas noticias me reafirman en pensar que tenemos una tarea importante que hacer en nuestros colegios.

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Imagen de cabecera: www.pxhere.com

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1 Comentario

  1. Gracias por tu post, Suanier. Muy estimulante para quienes coincidimos contigo en la doble función de padres y docentes, educadores en distintos ámbitos de la vida. Resalto la pauta que nos das: dar en la clave de lo que les interesa, que no es otra cosa que ellos mismos. Y, a partir de ahí, reflexionar. Desde luego, hacerles practicar el ejercicio de verse a sí mismos, pero desde fuera, no es sencillo, ni todos nuestros jóvenes tienen la madurez para enfrentarse a su propio ser. Tampoco muchos adultos. Acompañarles en su aprendizaje, que es también el nuestro es una ardua tarea, pero muy enriquecedora.

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