Siete voces sobre el burkini

Acaba ya agosto. Este verano empezó, al menos en Madrid, con la polémica sobre el supuesto día nudista en las piscinas municipales. Continuó con la foto del partido olímpico de volley-playa entre Egipto y Alemania (ojo: en la pareja egipcia, una jugadora llevaba velo y la otra no). Prosiguió con la decisión del ayuntamiento de Cannes de prohibir el baño en la playa con burkini. Y llegó al culmen con la imagen de una mujer musulmana rodeada por cuatro policías mientras dormitaba en la arena de la playa de Niza. Finalmente, el Consejo de Estado francés ha suspendido la prohibición. En medio de todo ello, ha habido multitud de opiniones. La mía no quiere ser otra más, sino simplemente una especie de guía para moverse por la discusión. Lo haré a través de siete términos o posturas que me han llamado la atención, algunos por evidentes y otros por novedosos.

  • El feminismo islámico. Me parece claro que, a la hora de analizar este tema, lo primero debe ser escuchar a las más directamente implicadas. Entre nosotros, han sido sobre todo mujeres musulmanas conversas quienes han mantenido la postura de la defensa del burkini, desde la opción personal que brota de su feminismo islámico. Lo han hecho sobre todo a través de Twitter, por ejemplo @AmandaFigueras, @RedMusulmanas o @NurHeleni. Tras unos días iniciales más titubeantes, también hemos podido leer en la prensa generalista las opiniones de algunas mujeres musulmanas residentes en España. Como decía una de ellas, “llevo burkini porque soy libre y porque me da la gana”. Dentro de esta corriente, el análisis de Amanda Figueras me parece bastante razonable y el argumentario de Natalia Andújar, bastante claro.
  • burkiniLuego está la voz del liberalismo, que precisamente emplea el mismo argumento de la libertad, pero en sentido contrario. Cabe destacar el artículo de Irene Lozano en el que afirma que “vincular un evidente signo de opresión femenina con la libertad” resulta del todo inaceptable.  Por su parte, Carlos Esteban ha formulado bien “el dilema del liberal” que viene a dejar en tablas el asunto, mientras que un conocido libertario ha hablado de “la paradoja de la tolerancia”. Pero quien firma como “Liberal Enfurruñada” no deja margen a la duda: “en defensa de la libertad y en la lucha contra el machismo en occidente no podemos dar ni un sólo paso atrás. Hasta que del mundo islámico desaparezca toda violencia coactiva contra las mujeres deberemos prohibir los símbolos de su sumisión”.
  • Otra corriente es lo que podríamos llamar el feminismo sin velo (¿o el feminismo sin más?). Aquí destaco un brillante artículo de Soledad Gallego-Díaz en el que recuerda, muy oportunamente, el momento de 1932 cuando la feminista egipcia Huda Shaarawi se quitó el velo en un acto público. No está de más recordar el contundente planteamiento de la argelina Wassyla Tamzali. Entre otras pensadoras, a ella hace alusión Ilya Topper, en un interesante artículo escrito desde Estambul en el que se muestra especialmente crítico con las “feministas con velo”. Entre otras cosas, afirma que “si el islamismo no se hubiera adueñado del discurso sobre la inmigración musulmana, no haría falta prohibir el burkini: todos seríamos conscientes de que se trata de un símbolo político de opresión”. Otras mujeres musulmanas han criticado a la vez el uso del burkini y su prohibición: “es una falsa libertad”.
  • Claramente situada en el feminismo y en la crítica del heteropatriarcado, Beatriz Gimeno ha intentado hacerse cargo de la complejidad del asunto, incorporando matices al debate. Por ejemplo, recordando que no todo es libertad individual sino también hay estructuras opresivas; que la xenofobia existe, pero también el fascismo islamista, concretamente el fundamentalismo wahabista. En parte relacionado con este planteamiento, podemos situar la crítica a la islamofobia de género  En la misma línea se ha manifestado Aina Díaz, criticando el burkini como “el dulce triunfo del patriarcado islámico”.
  • Muy interesante me ha resultado (y reconozco que el término es nuevo para mí, pero muy luminoso) la llamada izquierda post-laica, criticada aquí con claridad por la luchadora laicista argelina Marieme-Hélie Lucas. Por ejemplo, dice: “para mí está meridianamente claro que, al respaldar las exigencias de los fundamentalistas sobre las mujeres, sin molestarse siquiera en contrastar sus mentiras más manifiestas, la izquierda postlaica y las organizaciones occidentales de derechos humanos no hacen sino revelar el pánico que sienten a ser tachados de islamófobos”. Y es que, a veces, parece que determinadas izquierdas son muy laicas cuando se trata de abordar el cristianismo, pero abrazan el multiculturalismo cuando se acercan al Islam. No sé si aquí habría que situar al siempre interesante Santiago Alba Rico, que escribe desde Túnez y quiere “defender el principio de la laicidad republicana en nuestros países europeos, donde está siendo amenazada por la religión. No me refiero al islam sino a la islamofobia”.
  • Con ello entramos en otra postura, más bien ausente en este debate: el silencioso y tímido cristianismo (casi vergonzante, podríamos decir). A veces tengo la impresión de que, a propósito del Islam, sí se puede hablar de la presencia de lo religioso en público, pero en torno a lo cristiano siempre aparece el miedo a la Inquisición o el nacionalcatolicismo (como si no fuera evidente el amplio diálogo que el cristianismo ha realizado con la Ilustración, durante siglos, o como si pudiésemos mirar ingenuamente a la brutalidad del yihadismo contemporáneo). Por poner un único ejemplo, en los Juegos Olímpicos hemos visto sin mayor problema multitud de deportistas compitiendo con hiyab (símbolo de la sumisión a Dios, no lo olvidemos) pero el futbolista brasileño Neymar ha recibido una protesta oficial por ponerse una cinta con el texto “100% Jesús” .
  • CqxVRNHWEAABiKeFinalmente, llegamos a la gestión de la diversidad cultural y religiosa. Vivimos en sociedades complejas y plurales, lo cual es una riqueza; una oportunidad, no una amenaza. El asunto es aprender a convivir juntos y, por parte de las autoridades, aprender a gestionar esa diversidad. En el caso del burkini de Cannes, la prohibición afecta “a toda persona que no respete las buenas costumbres y la laicidad, las reglas de higiene y de seguridad”. La argumentación sanitaria es ridícula. El argumento de la seguridad resulta muy traído por los pelos; la secuencia de fotos de la detención de la mujer en Niza, la verdad, es tremenda. Pero aún peor es el argumento de la moralidad. En todo caso, el efecto contraproducente parece claro: mayor separación y sensación de extrañeza, persecución, incomprensión de las poblaciones musulmanas. Caldo de cultivo al gueto y al yihadismo. En todo caso, parece que todas las voces está de acuerdo en que la prohibición no es ninguna solución.

Mientras tanto, eso sí, nos hemos topado también con algunas noticias razonables. Con ellas nos quedamos. En España, la Fundación Pluralismo y Convivencia ha publicado recientemente la segunda edición, revisada, del “Manual para la gestión municipal de la diversidad religiosa”. Tanto la Policía Montada del Canadá como la policía de Escocia han introducido el hiyab como pieza opcional en el uniforme de las policías, como ya hacía la de Londres hace más de diez años.

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