Showrooming: ¿a dónde fue el tendero de la esquina?

¿Alguna vez te has probado una prenda de ropa en una tienda y finalmente la compraste por internet, donde era más barata?  Pues, aunque no lo sepas, has practicado el showrooming. Esta tendencia, muy extendida entre los más jóvenes –y de la que nos vamos contagiando todos- es un hábito de consumo digno de ser analizado, aunque sea brevemente.

La explosión de las nuevas tecnologías y su democratización han sucedido en un momento de crisis económica. Tal vez sea eso lo que justifique la búsqueda incesante de opciones más económicas a la hora de consumir. Puede ser. O tal vez, nos creamos más listos que nadie, cual Lazarillo, y juguemos a ser el más pillo. A justificar lo injustificable.

Porque, no nos engañemos: por más que queramos echar la culpa a la tecnología de males endémicos, no es cierto. Este es un claro ejemplo. Denunciamos con demasiada frecuencia que la revolución digital provoca la desaparición de puestos de trabajo. Y es cierto que la influencia del fenómeno tecnológico sobre el mercado laboral es innegable. Pero la tecnología, por sí sola, no cambia el mundo. Es el uso que hagamos de la misma lo que tiene capacidad transformadora.

Eludimos la responsabilidad en la que incurrimos al tomar decisiones, achacándola a procesos “impersonales” y “deshumanizantes”. Pero, al menos hasta la fecha, detrás de internet, hay personas. Y no solo en su diseño y codificación. También en su utilización.

Somos los usuarios de la tecnología los responsables últimos de las consecuencias que se derivan del uso que hacemos de internet. No queremos reconocerlo, pero que la pequeña tienda de la esquina cierre la persiana para siempre, es un efecto directo de comportamientos como el showrooming.

Que una persona deje de acudir a las tiendas tradicionales no hace daño, claro. Pero dado que cada vez tenemos menos enganche y compromiso con la sociedad, no vemos –o no queremos ver- la aplicación del principio kantiano: ¿y si todos hicieran lo mismo?

Luego lloramos; clamamos al cielo por vivir en un barrio fantasma, donde no hay casi vida y la gente ni se cruza en el ascensor. Claro. Las mercerías, las pequeñas droguerías de barrio, la tienda de ultramarinos que nos salvaba la vida, se esfuman. Lo hacen delante de nuestras narices. Y nos quedamos tan anchos culpando “a las grandes empresas”.

Pues no, no es cierto. O no completamente. Las grandes empresas podrían estar ahí pero perseguir siempre una alternativa más barata, un “chollo” digital, tiene consecuencias a la larga que vuelven a nosotros como un boomerang.

El desarrollo de toda economía se apoya, en buena medida, en el consumo interno. Si este cae, cae todo. Aplica “interno” a tu país y aterrícelo en tu barrio. Pon ojos y cara a los efectos de tu decisión. Y si luego quieres seguir comprando en internet o en los grandes almacenes, hazlo, pero sé consciente de qué le sucede a tu tendero, y tu entorno y a tu estilo de vida. Si te gusta, estás en tu derecho. Si no, haz examen de conciencia y actúa.

Imagen: http://www.klipsee.com/

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