Por Edel Churu Ebale, vicepresidenta de CVX mundial. Desde Nairobi, Kenia.

La maravillosa experiencia de ser madre es también una de las que más enseña de humildad. En una palabra, la maternidad es una experiencia de entrega.

En primer lugar, me gustaría reflexionar brevemente sobre la experiencia de llevar dentro de ti a una criatura durante el embarazo. Mi primer embarazo fue una elección. De hecho, hasta ese momento, era muy consciente de que muchas cosas en mi vida eran consecuencia de distintas elecciones que había tomado. Fue, por tanto, una sorpresa menor, pero en cualquier caso, algo fascinante cuando me di cuenta de que había cambiado mi disposición habitual y mis reacciones a las cosas pequeñas de la vida, involuntariamente. Estaba claro que estos cambios se debían a la nueva vida que habitaba en mí. ¡Qué simbiosis más espectacular! Día a día iba descubriendo nuevas precauciones en mis hábitos. Por ejemplo, ya no podía cruzar la calle a la ligera como hacía antes. De repente, debía tomar nuevas precauciones sin haberlo decidido consciente y previamente.

Entonces llegó el nacimiento de mi pequeño, mi primer hijo, Shuru. La sabiduría africana dice que cada recién nacido llega preparado con lo que necesita para vivir. Es la razón por la que, de acuerdo con esta sabiduría, el bebé llega con los puños medio cerrados, como “sujetando” lo que necesita para su vida. Es una llamada a confiar en la Divina Providencia. A pesar de que yo estaba enferma y, por tanto, me era imposible cuidar adecuadamente al bebé, este pequeño había llegado con una gran determinación por vivir. Mi primer hijo era vivaz. A pesar de estar yo atravesando el malestar provocado por una seria infección de malaria, y de estar viviendo en un país extranjero sin trabajo, mi vida dio un vuelco y se llenó de esperanza con este hombrecito. Se convirtió en el centro de mi vida, porque trataba de darle lo poco que podía. Lo más fascinante de esta experiencia fue la alternancia de su dependencia e independencia. Dependía totalmente de mí para proveerle de lo que necesitaba y, a la vez, era una persona diferente haciendo su propio viaje. Esta aparente contradicción ha marcado mi vida como madre desde entonces, durante las distintas etapas de la vida de mis hijos. Incluso cuando dependen de nosotros como padres, están construyendo su propia vida, a nuestro lado. He descubierto con una fascinación siempre nueva, que cada uno de ellos está en un camino sagrado, cuyo destino no puedo ni imaginar. Las palabras de Kahlil Gibran han resonado muy fuerte en mi vida: “tus hijos no son tus hijos… Llegan a través de ti, pero no de ti; y aunque están contigo, no te pertenecen”.

Descubro que mi camino de fe como madre se caracteriza por una invitación de Dios a ser su compañera de trabajo, un privilegio increíble para mí. A menudo me siento tentada a hacerme con el control, a comportarme como si fuera la dueña de la viña. Pero cuando lo piensas, es divertidamente absurdo. Dios está en un camino con cada uno de mis hijos que yo no puedo entender. Yo soy una testigo activa y alentadora, a pesar de mis muchos fallos, en una actitud de entrega. Sin embargo, mi contribución es crucial: no sólo ayudo a mis hijos a encontrar su camino, sino que me ayudó a mí a encontrarme a mí misma. Una vez más me recuerda la reflexión de Ken Untener inspirado por la vida del beato Oscar Romero: “El Reino no está sólo más allá de nuestro esfuerzo, está también más allá de lo que alcanza nuestra vista… somos trabajadores, no los maestros constructores”. En esto encuentro una nueva felicidad, dependiendo totalmente de Dios.

Traducción: Paula Merelo Romojaro