Secuelas del día de Reyes

Foto de la autora.

Ya estamos a principios de año, pero no consigo aún mirar hacia delante. Pesa el 2017. Y siguen muchas de las incertidumbres que me rondaban cuando comenzó el curso escolar. Algunas incluso se han recrudecido con el transcurrir de los meses y no se ven cerca las respuestas.

Venga a buscar, venga a buscar y no acaba de aparecer lo que estoy buscando. Será porque ni siquiera sé qué busco, y así no hay manera de encontrar nada.

Quizá en 2018 tengamos algo más de luz y quizá la clave esté en una de las fiestas con las que lo hemos estrenado: la Epifanía. Ese día de Reyes tan mágico, tan del territorio de mi infancia, y tan oscurecido por su deriva consumista (más las excentricidades y debates vacíos que nos lo animan hace unos años).

A mí es lo que más me resuena de estos pocos días transcurridos, porque he caído en la cuenta de que llevamos siglos celebrando a unos magos que siguieron una señal. No sabían dónde les llevaba, ni qué iban a encontrar exactamente, pero sabían que esa señal estaba puesta ahí para ellos. Y ellos la siguieron.

¡Cómo me gustaría tener esa certeza! Identificar las señales que nos conducen a la esencia de nuestro destino, a nuestro lugar en el mundo y a nuestra misión más profunda y verdadera.

“Todo cambiará el día que te encuentres a ti misma”, me dice mi amiga Toni. Debe verme muy desorientada, si ni siquiera consigo encontrar lo que tengo más cerca. Aunque creo que es algo que nos pasa a muchos.

Por eso, ese va a ser mi principal propósito para el 2018: identificar mis señales, buscarlas por todas partes, sobre todo en lo más íntimo y en los más próximos, pero también en lo más lejano y en toda la complejidad del mundo en el que nos ha tocado vivir. ¿Quién dijo miedo?

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Y cuando las encuentre habrá que seguirlas con paso firme y con la mejor compañía que vayamos encontrando por el camino. Y seguirlas hasta el final, sea el que sea: la cueva más profunda o la torre más alta.

¿Dónde estará ese final? ¿Cómo saber que no será otro espejismo? No queda otra que confiar, como hicieron los Magos de Oriente. Y tener la certeza de que la aventura siempre merecerá la pena, aunque no nos dé la vida para acabarla, aunque tengamos que retroceder a veces o avanzar por bifurcaciones extrañas, aunque, como aquellos magos , busquemos un rey majestuoso y encontremos un bebé pobre, envuelto en pañales.

Difícil tarea, pero apasionante también. Y sé de más que se la han anotado en toda su magnitud entre los propósitos del nuevo año. Seguro que conocéis a otros muchos. Sería fantástico que pudiéramos hacer equipo, como los Magos, que compartiéramos avances y tropiezos, apoyándonos unos en otros. Que lo mejor del camino es poder disfrutarlo (o sufrirlo) juntos. ¿Te apuntas?

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