El “nuevo” gobierno declaró antes de la sesión de investidura, cuando se enteró que iban a repetir legislatura, que “de todo se puede hablar”. Incluso plantearon estar abiertos a actualizar algunos términos de la reforma laboral.

Pero el mismo día de la investidura matizaron que todas las leyes eran mejorables, pero no aquellas que han ayudado a la recuperación económica, es decir, la reforma laboral. De hecho la consideran como la principal línea roja de ese “de todo se puede hablar”. Supongo que lo que querían decir es que de unas cosas se pueden hablar más que de otras.

No quiero entrar en un juego de palabras, pero sí es importante poner atención a lo que dicen nuestros gobernantes. No son discursos espontáneos o algo que se dice para salir del paso. Detrás de lo dicho siempre hay un trabajo previo, de un grupo de personas que han dialogado cuál es la mejor forma, la mejor estrategia para comunicar las decisiones que el consejo de ministros haya tomado.

No me parece mal que se esfuercen por hacer más entendible, a la ciudadanía, las políticas que se acuerdan llevar a cabo. Es fundamental estar informados y bien informados de lo que, quienes nos gobiernan, hacen. Pero una cosa es esto y otra es ir soltando matices de esas decisiones sin llegar a completar la frase ni el contenido, porque al no contar toda la verdad, mienten.

Al afirmar que “de todo se puede hablar” dejan entrever que están en actitud de apertura, de diálogo, que se sentarán a intercambiar los diferentes puntos de vista para que todo lo que se pueda mejorar se mejore, en beneficio de los ciudadanos y ciudadanas.

Porque ese es el objetivo de la política, contribuir a que este mundo sea más habitable para todos y todas, para que toda persona viva con dignidad. Ese es el servicio que cualquiera que se dedique a la política debe prestar, y más los que están en el gobierno.

No es responsable insinuar, ayer, que vamos a hablar, lo que implica que nos vamos a escuchar, y al día siguiente decir que son los otros los que tienen que asumir el compromiso de dialogar que yo he adquirido.

En estos momentos necesitamos claridad y voluntad de diálogo, pero real. Es decir, no establecer condiciones unilateralmente, ni delimitar el contenido, si de verdad queremos hablar de lo fundamental: de la vida de las personas y su dignidad.

Ya para ello debemos mirar la realidad con com-pasión. Fijándonos que más del 28% de la población española se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión; que el empleo es cada vez más precario, más temporal, con peores jornadas laborales, con trabajos menos cualificados, con salarios más bajos; que los recortes en sanidad, educación y servicios sociales aumentan la desigualdad… de todo esto es de lo que se debe dialogar.

O ponemos la dignidad de la persona en el centro de la política o no estaremos hablando de lo central de la vida de este país.


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