San Romero de los Derechos Humanos. Universalizar su legado

Hace unos días tuve la suerte de participar en la presentación del último libro de Luis Aranguren: San Romero de los Derechos Humanos. En una fría tarde de invierno unas 200 personas nos  reencontramos de nuevo con el acontecimiento Romero y su  figura  profética. Mucho se ha escrito sobre él, desde su martirio por la justicia, el 23 de Marzo de 1980. Yo estaba a punto de cumplir 20 años cuando ocurrió. No corrían vientos favorables al cambio ni al compromiso social en la iglesia española, en aquellos tiempos donde la teología de la liberación pasó a ser vista bajo sospecha.

Por eso los cristianos y cristianas de mi generación en “esa onda” encontramos en la vida de Romero y en sus homilías una inspiración profética, un pozo de Evangelio del que beber con avidez,  buscando como contextualizar en nuestros ambientes la pasión por la justicia y la esperanza contra toda desesperanza, que rezumaban.Sigo siendo una  lectora voraz de la literatura existente sobre Romero y es por eso por lo que San Romero de los Derechos Humanos me ha conmovido. Pero ¿es posible decir algo nuevo sobre Romero, se preguntarán algunos y algunas?. Luis Aranguren tiene la osadía y la humildad de hacerlo.

[ctt template=”3″ link=”6coHq” via=”yes” ]La vida de Romero y sus homilías nos inspiran para contextualizar en nuestros ambientes la pasión por la justicia y la esperanza contra toda desesperanza[/ctt]

La primera novedad que presenta es su propio título: San Romero de los Derechos Humanos. Con él alude a una de las intencionalidades del mismo: universalizar el “Acontecimiento Romero”. Reencontrarnos con su figura profundamente humana y profética desde la diversidad de contextos, en el aquí y el ahora, donde los derechos humanos y  sociales siguen siendo sistemáticamente pisoteados.

¿Cómo resignificar hoy palabras como dignidad, solidaridad, justicia, reconciliación… ante la violencia estructural que suponen las devoluciones en caliente, entre quienes se organizan en los montes de Nador o Beliones  para  saltar las vallas de Ceuta y Melilla o las muertes en el Mediterráneo?

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¿Cómo dotarlas de contenido en la cultura de la postverdad  y hacerlas históricamente posibles entre quienes permanecen hacinados en los campos de refugiados de Turquía o se suben al tren de la Bestia buscando la vida y lo que hallan es la muerte, o en las víctimas de la trata y los feminicidios, o ante el fantasma del  racismo y la xenofobia en la era Trump que nos atraviesa o ante  el  capitalismo salvaje que ha instalado la precariedad, la explotación  y el paro de forma  estructural en el sistema?

La segunda novedad es el enfoque  ético y pedagógico del libro. La pretensión de que sus páginas, como dice el autor, sean  leídas y amasadas en el corazón de los educadores y educadores, de los y las activistas, que tanto en ámbitos formales como informales buscan transformar la realidad a pie de obra. Subraya por tanto el lado secular ciudadano y educativo del legado de Romero ofreciendo algunas lecciones éticas que se desprenden de él y algunas pedagogías que pueden ayudar a llevarlas a cabo.

La tercera  novedad  afecta al lenguaje y al estilo narrativo: dinámico, sencillo, actual, atrevido en la conexión de los textos de Romero con poemas, canciones, películas de la cultura del activismo social. Un lenguaje y un estilo en el que rigor y belleza van de la mano.

Una cuarta novedad es la correlación que hace entre Oscar Romero y el papa Francisco. Entre un profeta, asesinado por serlo, procedente del más pequeño país de la Lejana Américaun papa reformador y carismático, que como el mismo declaró en su discurso de recepción del pontificado, viene también del final del mundo, de un lugar rebelde en su memoria y en sus luchas ante las dictaduras políticas y económicas, como rebelde es Francisco ante la barbarie y la complicidad con la  violación de los derechos humanos y los derechos de la tierra.

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Junto a ello el autor  propone algunas lecciones éticas y desafíos educativos que la figura de Romero nos provoca hoy a la cultura de la ciudadanía:

La primera lección es el valor de los rostros y la pedagogía de la sensibilidad que mueve a indignación y justicia, como le sucedió a Romero ante el rostro asesinado de Rutilio Grande, Alfonso Navarro,  y tantos hombres y mujeres del Salvador que le hicieron  consciente  de que es posible despertar de la ceguera  que el sistema inocula y que le lleva a Romero a escribir  “Se mata porque se estorba”.  

[ctt template=”3″ link=”0bDcW” via=”yes” ]La primera lección es el valor de los rostros y la pedagogía de la sensibilidad que mueve a indignación y justicia[/ctt]

La  segunda lección es la necesidad de avanzar como pueblo organizado en una realidad que es siempre dinámica, por aparentemente cerrada que parezca. La realidad da siempre más de sí, pero a menudo es necesario romper las costuras donde se violenta la vida y allá donde esto sucede puede acontecer lo inédito. Porque la realidad no es destino, está siempre por hacerse. Es como decía Romero: una continua madre dando a luz y este dar a luz a procesos históricos y sociales  nuevos solo es posible desde el lugar primordial de los pobres y sus organizaciones.

La tercera elección es la Humanización como lugar de encuentro. La humanización, como dice el autor, no es  criterio habitual, sino algo anormal. Por eso es necesario salir de la excepcionalidad del sistema para cuestionarlo y ponerlo patas arriba: la humanización es una anomalía en el sistema, una chinita en el zapato  de la globalización neoliberal. Pero solo desde la anomalía podemos ir sumando interferencias que van generando un nuevo paradigma.

[ctt template=”3″ link=”eYZ35″ via=”yes” ]Solo desde la anomalía podemos ir sumando interferencias que van generando un nuevo paradigma[/ctt]

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La cuarta lección es  la autoridad moral. Universalizar la  autenticidad.La vida de Romero nos recuerda que al exceso de mal se le responde con  exceso de bien, con hechos y palabra verdaderas. Por eso la iglesia ha de predicar no abstracciones, sino desde los acontecimientos concretos allá donde se juega la dignidad y la plenitud  de las personas y de la tierra. Una iglesia, cuya mejor homilía, cuyos micrófonos, como escribió Romero cuando el gobierno destruyó por cuarta vez la emisora de radio del arzobispado, es el pueblo:

“El mejor micrófono de Dios es Cristo y el mejor micrófono de Cristo es la iglesia. Y la iglesia son ustedes (…) desde su propio puesto, desde su propia vocación:  la religiosa, el casado, el obispo, el sacerdote, el estudiante, el jornalero,  el obrero, la señora del mercado. Cada uno en su puesto viva intensamente la fe  y siéntase en su ambiente verdadero micrófono de Dios Nuestro  Señor. Así la iglesia tendrá siempre una predicación, será siempre una homilía  (27/1/1980)

Dejo para el final una última novedad a la que el libro apunta, más como un  “sobreaviso” que como un desarrollo: el riesgo de domesticar a Romero y su mensaje ahora que el reconocimiento de su santidad ha saltado del pueblo a la  institución. Por eso el grito de ¡Romero vive! ha de ser un antídoto contra toda forma de atrofia de la memoria desinstaladora y peligrosa del profeta salvadoreño como desinstaladora y peligrosa sigue siendo la memoria de Jesús de Nazaret.

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