Sabidurías para el cuidado de la Tierra y de la Humanidad

Que nuestra casa la Tierra es cada vez más vulnerable es algo no sólo descrito por la ciencia actual, sino experimentado por unos y por otros, a menos que tengamos un poco de sensibilidad para percibir los rápidos cambios medioambientales que se suceden y su impacto en nuestras vidas y comunidades. Según el físico Stephen Hawking, la humanidad no podrá sobrevivir en la Tierra más de mil años más “sin escapar más allá de nuestro frágil planeta”. Habría, por tanto, que descubrir y alcanzar otros mundos habitables.

En esta lógica, se hacen planes para en las próximas décadas poder comenzar a colonizar el planeta Marte. Obama recientemente comprometió su impulso político para ello, considerado como algo de interés estratégico para los Estados Unidos de América: “construir nuevos hábitats que puedan sostener y transportar a astronautas en misiones de larga duración en el espacio interplanetario”.

¿Solucionarán los problemas de la humanidad por sí solos los avances tecnocientíficos y los programas de las élites científicas, políticas y económicas de nuestro mundo?

Si quedamos reducidos a la perspectiva científica y a los intereses geopolíticos de los que acumulan más poder, la respuesta es: no hay otro camino. El “realismo político”, se aúna con el “realismo tecno-científico”, siendo uno y otro, formas históricas aliadas de un utopismo nihilista en cuanto se fundamenta tendencialmente en la dominación de los otros (mayorías del planeta) y en la dominación de la naturaleza. Este poder necesita fundarse en los avances tecno-científicos para mantenerse en la supremacía. En esta perspectiva, siempre se habla desde un universalismo abstracto de la humanidad. Así, ese camino sería nuestra única esperanza de salvación como especie. Esta versión soteriológica o de salvación por medio de la ciencia es algo que se acrecienta en el desarrollo del espacio cultural moderno, como nos recuerda el biólogo (y filósofo) Francisco Ayala. Presupone la soberbia humana de la salvación por el conocimiento científico como única vía. El “hombre” está sólo (cuesta aquí trabajo hablar de mujeres desde esta lógica que excluye el cuidado y la responsabilidad ante la vida, y ante toda vida, humana o no humana). Como si sólo necesitara salvarse él, en nombre de la especie humana y del resto de la creación o naturaleza. Nótese que la soberbia no está en el conocimiento científico en sí mismo considerado. Está en la pretensión histórica y social de tomarlo como única vía para relacionarnos con la realidad desde la voluntad de dominación y de salvación de la contingencia humana que excluye otros accesos a la realidad y otros caminos de realización complementarios e incluso correctores de la actividad tecno-científica. Y por supuesto, está en la exclusión de la responsabilidad humana ante los otros seres vivos y ante la Casa en la que habitan.

¿Se salvaría con ello la humanidad? Esos “hombres” salvados serían los dominantes o los elegidos competitivamente por su superioridad. Están fuera las otras comunidades humanas, que aun siendo masivas en el conjunto humano, no caben en los planes elitistas de salvación para unos pocos, ya que no alcanzan ese estándar de excelencia humana basado en la acumulación de riqueza material, conocimiento y poder sobre la mayoría. Por ello, son planes de privilegiados y para privilegiados que expresan la sospecha del fracaso civilizatorio del conjunto de la humanidad en la Tierra, de que la humanidad no se puede hacer cargo de sí misma ni de su mundo. Fracaso que se construye y acrecienta cuando se sigue esta lógica de la dominación como solución a los problemas humanos. Nuestro planeta desde una perspectiva geológica y a escala evolutiva humana, no es “frágil”, más bien lo hemos “fragilizado”, que es otra cosa. Por eso han determinado los geólogos que estamos ya en la era del antropoceno, en la cual se puede ya medir y datar la “fragilización” masiva a la que hemos sometido nuestra casa en tiempos recientes desde la expansión planetaria de la era moderna, y con más intensidad global desde mediados del siglo XX.

Por ello, necesitamos reconstruir civilizatoriamente nuestro mundo para corregir esa marcha hacia la destrucción de nuestra Tierra y de las mayorías del planeta.  No podemos incurrir en un fundamentalismo tecnocientífico, que consiste erigir esta actividad en vía única, en despreciar toda otra forma de entender la complejidad humana y del mundo, y de percibir el valor de la creación y de la vida humana y no humana. Fundamentalismo que vacía la responsabilidad humana ante la realidad. En el fondo, éste puede ser visto como la versión secularizada de otros grupos fundamentalistas cristianos, cuando pretenden confiar en lo alto, eliminando la responsabilidad humana del cuidado de la marcha del mundo y esperando pasivamente la salvación de los elegidos. Aquí se cambia la pasividad por la actividad, pero se está igualmente al margen de la suerte del mundo y en una versión elitista y reductora de la riqueza de lo humano y de la realidad que somos y habitamos.

En esta tarea avanzaremos  cuando vayamos en la línea de la integración compleja, no de la reducción, del diálogo entre tradiciones culturales y espirituales que nos permitan una sana interacción entre el conocimiento, la ética y la espiritualidad. Como nos dice Francisco Ayala, “Ninguno de los grandes problemas actuales puede ser abordado por disciplinas aisladas, hay que encontrar puentes entre los saberes y la posibilidad de ubicarlos en un horizonte sapiencial”.

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Foto de inicio: Viñeta de El Roto del 8 de octubre de 2015

http://elpais.com/elpais/2015/10/07/vinetas/1444233285_187817.html

 

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