Saber vivir la vida buena, cómo hacerlo y para qué

Allá por la primavera pasada, concretamente, el día 27 de abril, me invitaron a participar en la Primera Conferencia Internacional de Economía Humanista. La organizaba la Fundación Madrid Vivo; colaboraban en el evento, el IESE y Price Waterhaus Coopers; y se contaba con el apoyo del Círculo de Empresarios y el de la Fundación Ramón Areces.

A mí me tocaba participar en una mesa redonda, a media mañana, en la que interveníamos, moderados por Agustín Domingo Moratalla, Ángel Galindo, de la Universidad Pontificia de Salamanca, Joan Fontrodona, de la de Navarra y un servidor, de Comillas-ICADE. El título de la mesa rezaba así: “La persona en el centro de la organización: Implicaciones para el management.

Y me pasó lo de siempre:  que a las 9:00 de aquella mañana, mientras iba en el taxi hacia la Torre PwC del paseo de La Castellana, aún no había tenido tiempo a pensar en qué iba a decir cuando me tocara intervenir.

Lo confieso honradamente, sin orgullo alguno, pero tampoco con ánimo de fustigarme, ni de excusarme ante nadie. En esto -a fuerza de no ser capaz de controlar mis agendas- he acabado por resultar un poco más shakesperiano de lo que sería esperable en uno de Mieres. En trances semejantes, encojo los hombros, enarco las cejas, esbozo un rictus de labios apretados y me digo, lo que Lady Macbeth -¡aquella bruja!- le decía a su atormentado esposo: What is done, is done!

Sí. Lo hecho, hecho está. Lo mismo que Poncio aseverara aquello otro de que lo escrito,  escrito estabaEl problema era que yo no tenía nada escrito.

Menos mal que, uno, que ya va para viejo -o mejor, dejémoslo en veterano, que es concepto más edulcorado-; digo que, menos mal que uno tiene, además de muchísimas horas de vuelo; bastantes años de mili; la experiencia de haber toreado en plazas de muy diversa categoría; y sobre todo, un muy buen fondo de armario para estas ocasiones.

Cierto es que, hace treinta o treinta y cinco años -cuando empezaba en este oficio de la Ética aplicada a la empresa y a la filosofía de la gestión- habría preparado a conciencia, con nervios y ansiedad estimulante, una presentación a modo. Pero en el día de hoy, por desgracia, me suele pillar el toro, porque no siempre me resulta posible sentarme con tiempo de calidad a preparar las intervenciones. Y claro, rebus sic stantibus, una de dos: o no acepto las invitaciones -que me parece una descortesía y un acto cobarde-; o salgo, a salto de mata, con lo que pillo al vuelo… ¡Eso sí!, con tal de que tenga yo la seguridad de que lo que haya de compartir con el auditorio, les haya de aportar algo de valor.

Por eso, no es que aquella mañana de primavera del año 2017 estuviera yo muy preocupado por no tener una presentación formal…  Tenía, sin duda, claro, qué era lo que les quería contar para que luego, si a mano viniere, pudiéramos abundar en ello… o complementar lo que hubieran de llevar a cabo mis compañeros de terna. Al fin y al cabo, lo que se esperaba de mí era que enfocara el asunto en unos veinte minutos… Y, como era yo el que iba a abrir el orden de lidia, intuí en el momento que debía empezar, por modo de captatio benevolentiae del personal, contando una anécdota que nunca me ha fallado… y aquel día tampoco. ¡Gracias, Ángela!

Sobre poco más o menos, fabulo -a veces, con cierta mayor dosis de creatividad o de hipérbole, en función de las circunstancias- en los términos siguientes el sucedido con el que arranco: “El otro día estuve”, digo, “como guest speaker, en la universidad de Málaga, invitado por una querida colega –Ángela Callejón, de la Facultad de Ciencias Empresariales. Una vez me hubo presentado a la audiencia, ambos de pie frente a los estudiantes, me espeta con ironía, la perla siguiente: “Y tú, José Luis, ¿vas a usar un Power point, o tienes algo que decir?”…  Pruébenlo los lectores. Cítennos, si quieren, a Ángela y a mí… Si no, échenle adobo de receta propia… En todo caso, ya digo: ¡nunca falla la cosa!

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Pero no nos divirtamos, que diría la santa de Ávila; no dejemos camino por vereda; y volvamos al hilo del cuento.

Como impenitente lector de Filosofía que uno ha sido siempre, tiene al cabo, como organizada la cabeza en una especie de racionalidad trifásica, que me lleva a aducir argumentos, a presentar críticas o a proponer ideas nuevas, siempre por referencia a tres puntos, a tres distintos momentos. Vaya usted luego a saber si, como creo, esto haya de tener que ver, muy probablemente, con el hecho de haber mamado desde la infancia intelectual aquello de: sujeto-verbo-y-complemento, en clase de Lengua; aquello otro de planteamiento-nudo-y-desenlace, en la de Literatura, al explicar el teatro del Clasicismo; aquello de más allá en la clase de Griego de activa-pasiva-y-media… -¡sí, sí: de la clase de Griego!…  que uno tradujo a Esopo, a san Juan el Evangelista y algunas partes de la Defensa de Eutropio de san Juan Crisóstomo, cuando tenía trece o catorce años: O, tempora;  o, mores!- Y sobre todo – esto ya en la Comillensis Facultad de Filosofía, entonces, supra montem posita; y ahora transmutada en simple departamento de la de Ciencias Humanas y Sociales, valoradora de la excelencia…

En cualquiera de sus versiones -tanto la de hoy,  como en la de cuando entonces-, Hegel sigue siendo Hegel. Y, aunque no deja de ser un dato contrastado que el maestro stuttgardo nunca empleara la famosa tripleta, de la tesis-antítesis-y-síntesis… sino que fuera, más bien, un invento  de Heinrich Moritz Chalybaus, el triple momento hizo fortuna. Por ello, pese a que Chalybaus, un oscuro expurgador de la filosofía idealista alemana, al decir de A. W. Wood, merecería que tanto su nombre como sus ridículas estratagemas expositivas debieran haber caído en el olvido, la trinidad dialéctica -luego reciclada en el marxismo de consigna y pandereta de progres incapaces de fajarse con el pensamiento de Marx o Engels-; digo que el triunvirato de la-afirmación-la-negación-y-la-negación de la negación, acabó dando mucho juego intelectual.

Cuando aquel día me tocó intervenir, hilvané unas ideas que, al parecer, tuvieron buena acogida entre el público. Todavía hace unos días, alguien que había estado presente en la torre PwC el 27 de abril de 2017, al reconocerme en otro sarao similar, me hizo sabedor de cómo le había gustado sobremanera mi puesta en escena y mi aproximación al asunto.

Yo, por lo demás, había querido, desde entonces, haber tenido ocasión de poner negro sobre blanco lo que en aquella oportunidad contara. Nada difícil, por lo demás, porque, como verá quien acabe de leer esta entrada, me limité a traer a colación a tres autores… Tres, ¡cómo no!… Tres autores que, de manera complementaria, apuntaban a la esencia del humanismo, a la entraña de lo humano en lo económico; y a la índole propia de una gestión humanista. Tres voces que nos indican que hay que aprender a vivir, que nos indican cómo hacerlo; y, sobre todo,  a tener muy clara la necesidad de averiguar el para qué, el sentido de la vida.

Se me ocurrió cuando el taxista bordeaba la plaza de Castilla. La iluminación vino inmediata. Algo me decía en mi interior: “Enhebra tu discurso por referencia a tres -¡cómo no!-… en referencia a tres preguntas, en línea con el título de la mesa y el rótulo general del encuentro: la persona, la organización y el humanismo. Y, además, supuse que el relato habría de instrumentarlo por referencia a este orden: ¿Qué es la persona? ¿Cómo debiera conducirse ? ¿Para qué debe hacerlo de ese modo?

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No tuve tiempo hasta hoy de dar cuenta por escrito de lo que entonces verbalicé ante los participantes. Pero hoy, que vuelvo a encontrarme en sazón parecida -falta de tiempo y compromiso de que este post vea la luz el lunes 19 de febrero de 2018 a las 9:00 en punto de la mañana-, me dije a mí mismo dos cosas: Una, que, así, no es bueno seguir… que a este desorden de agenda -en el fondo, una afección desordenada más, entre otras tantas-, hay que tratar de ponerle brida y coto. A ello podría dedicarme en las semanas venideras, de aquí a la Santa…. Veremos si lo consigo.

Y la otra cosa que me señalaba a mí mismo fue la siguiente: “No. No escribas la entrada de esta semana sobre el PIB como medida e indicador del progreso económico. Déjalo para más arriba. Métete hoy por las trochas de la Filosofía. Escribe de una vez lo que contaste cuando lo de la Fundación Madrid Vivo, aquel día en que te regalaron el elegante tarjetero negro con la estrella blanca de Mont Blanc“…

Y así lo hice… y a punto estoy de cerrar con el verso de “contad si son catorce…”

Para ello, debo declarar cómo respondí a las tres preguntas que, dije, todo director debe plantearse, sobre todo, si pretender liderar y servir de ocasión para que, tanto él como su gente crezcan; y, dando lo mejor de sí mismos, consigan el objetivo organizativo y la mejora del entorno… dije que se deberían plantear tres cuestiones, para las que señalaría tres respuestas, tomadas de tres distintos maestros. Y por este orden: A la pregunta por el qué sea la persona, remitía yo a Baltasar Gracián. A la referida al cómo actuar bien, enviaba a Inmanuel Kant. Y, finalmente, para ver de encontrar respuesta al para qué de todo ello, encarecía la conveniencia de la lucidez que emana de la espiritualidad ignaciana; y más en concreto, de la fórmula del Principio y Fundamento que cada quien debiera buscar y encontrar, si es que aspira a dar sentido a las cosas que uno hace… y que, al hacerlas, van configurando a quien las hace de una determinada manera… y cada día.

El Oráculo Manual y Arte de Prudencia, de Baltasar Gracián, La Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, de Kant; y los Ejercicios Espirituales, de san Ignacio de Loyola, constituyen, a este respecto -al menos, para mí-, tres cumbres del arte de vivir, para las que no encuentro parangón; que suscribo de la cruz a la raya; y que, como es el caso, siempre que se tercia -al menos, desde que los junté en la intervención a que vengo aludiendo en todo este escrito- las ofrezco a quien pueda saborearlas y ponerlas en práctica, para mayor beneficio de su quehacer y su quehacerse.

¿Qué es el hombre?: Un productor de sí, un proceso autopoyético. Aquí radica la clave de su dignidad y la esencialidad de su existencia. ¿Cómo debe tratar de conducirse en el proceso de autorrealización?: Con respeto a la humanidad, tanto en su propia persona, cuanto en la de cualquiera otra, que siempre  deben ser tratadas como fin y nunca sólo como medios para otras cosas… por buenas que sean. ¿Y para qué todo el invento?… Que cada uno responda, porque sin respuesta, uno andaría por la vida como gallina sin cabeza, atolondrado; sin estrategia, como un equipo de colegiales jugando al fútbol en el recreo, sin entrenador que marque las maniobras… Todo al lío; todos a mogollón; todos al barullo, como -¡ay!-, pienso que puede ser el caso de quien suscribe, víctima de un activismo autorreferencial preocupante… que, como dicen por la parte de Sant Felíu de Guíxols , ha de fer-s’ho mirar

El hombre, el ser humano -que las mujeres también, igual que los varones-, somos tarea para nosotros mismos. No se nace hecho: va uno haciéndose, al paso que actúa; al tiempo que elige una cosa u otra, de manera más o menos voluntaria, más o menos libre, más o menos consciente. La formulación graciana respecto de lo que él denomina  Hombre en su punto, es lapidaria. Hela aquí, en términos del XVII:

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“No se nace hecho; vase de cada día perficionando en la persona, en el empleo, hasta llegar al punto del consumado ser, al complemento de prendas, de eminencias. Conocerse ha en lo realzado del gusto, purificado del ingenio; en lo maduro del juicio, en lo defecado de la voluntad. Algunos nunca llegan a ser cabales: fáltales siempre un algo; tardan  otros en hacerse. El varón consumado, sabio en dichos, cuerdo en hechos, es admitido, y aun deseado, en el singular comercio de los discretos” (Baltasar Gracián (1969). El héroe. El político. El discreto. Oráculo manual. Estudio preliminar y edición de Miguel Batllori y Ceferino Peralta. Biblioteca de Autores Españoles, desde la formación del lenguaje hasta nuestros días. Ediciones Atlas, Madrid, páginas 375-376).

Cualquiera de las formulaciones del Imperativo Categórico valdría para pauta de buen proceder. La que va implícita en el párrafo anterior, me gusta sobremanera. La transcribo en honor a quien lea:

“Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona, como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio” (Inmanuel Kant (2003). Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres. Traducción de Manuel García Morente, Opuscula Philosophica, 18, Ediciones Encuentro, Madrid, página 67).

Y la síntesis que Íñigo de Loyola capta a orillas del Cardoner, me parece sublime. No se trata de que todos hayamos de suscribirla. Yo, desde luego, la he hecho mía va cuánta ya, como dicen los Malvedo, allá en el concejo de la Pola de Lena… Es decir, la tengo como lema de vida. Pero ello no obsta para que haya otros, muchísimos, que vean de otra manera la respuesta. ¡Benditos ellos, si así les parece mejor! Lo importante es que se formulen la pregunta y que la respondan de forma convincente… Se trata de que lleven las riendas de su vida -el ire et non ferri, de Séneca; el ir y no ser llevado-y de que no anden al albur de quienes mueven los hilos y que – como cantaba Remedios Amaya, en aquella tragicómica cita en un festival de Eurovisión, en la que, a la pobre, no le dieron ningún punto…-  sean otros los que manejen mi barca y que a la deriva me lleven.

La propuesta de san Ignacio, no por conocida, voy a dejar de transcribirla. Ahí va:

“El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima, y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado…” (Ignacio de Loyola (1990). Ejercicios Espirituales. Introducción, texto, notas y vocabulario por Cándido de Dalmases, S.I. Editorial Sal Terrae, Santander, página 57).

Hágase el lector un favor a sí mismo: relea lo que va escrito, quédese con la referencia a los tres maestros citados; y, en cuanto tenga ocasión, vaya directamente a beber de sus fuentes.

No habrá perdido el tiempo.

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