Roma y la invasión de los bárbaros

Occidente y la integración de refugiados y emigrantes

Uno de los episodios clave, que se enseñan en cualquier historia del mundo, es la caída del imperio con capital en Roma. Esta culmina con el asentamiento masivo de los pueblos denominados bárbaros o germánicos.  El final de ese proceso se suele fijar en el año 476 cuando se destronó al último emperador romano. Previamente ya había muchos germanos instalados en Roma y se  habían multiplicado los conflictos internos y las tensiones separatistas. Casi un siglo antes se había constituido el imperio de oriente, posteriormente denominado bizantino, por ser su capital Bizancio (Constantinopla). Hecho que prácticamente coincidió con la declaración del cristianismo como religión oficial del imperio.

No se trata de establecer paralelismos con la situación actual, pero inevitablemente se le ocurren a uno ciertas semejanzas. Aunque no tenga la forma de imperio tradicional, no cabe duda que cabe hablar de un dominio del mundo de carácter occidental. Europa occidental y Estados Unidos, con sus redes económicas, comerciales y culturales, han conformado un modo de vida dominante a escala mundial. Si bien mantienen su poder político, económico y militar, la corrupción, la tendencia al desmembramiento interno y el imparable asentamiento de personas procedentes de pueblos ajenos al mundo occidental, son muestras inequívocas de la decadencia del poder occidental.

Las fronteras de “occidente” se ven asediadas por una población que de uno u otro modo ha sufrido las consecuencias del poder occidental. Recuérdese que la práctica totalidad de África estuvo en manos europeas, al menos hasta mediado el pasado siglo. Tampoco son ajenos Europa y Estados Unidos a la crisis de Oriente Medio, con múltiples focos de conflicto, siendo los más próximos los de Siria y Palestina. Tampoco la frontera nororiental de Europa se ve libre de presiones migratorias, aunque sean de menor intensidad. Por no hablar de la frontera entre Estados Unidos y México, que en realidad implica a toda Latinoamérica. Sus problemas se han reavivado con el intento de acabar de establecer un muro en toda su extensión por parte de Estados Unidos. 

Lejos de las fronteras, en Asia, incluso en las islas del Pacífico, subsisten rémoras de la colonización occidental. Sin embargo, esas rémoras se están convirtiendo en impulsos. El mundo asiático, con China a la cabeza, va paulatinamente ganando terreno en el contexto económico, político y social mundial. La América central y del sur se debate entre la dependencia del modelo occidental y el intento, normalmente fallido, de establecer alternativas autóctonas que, al ignorar la complejidad del mundo global en que vivimos, terminan por empobrecer a la mayoría de la población y exacerbar la polarización social.

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La falta de integración de los países africanos y latinoamericanos impide el desarrollo de alternativas autóctonas y mantiene e incluso acentúa la asimetría en la evolución económica y demográfica con sus zonas limítrofes, la Unión Europea y Estados Unidos respectivamente. La distancia en renta per cápita y desarrollo tecnológico sigue creciendo. Igual ocurre con el desequilibrio poblacional, mientras en Europa se estanca y envejece su población, África, siguen con un fuerte crecimiento poblacional y un perfil juvenil. Las proyecciones demográficas de Naciones Unidas reflejan que en 2050 África habrá duplicado su población, alcanzando 2.500 millones, mientras Europa permanece estancada.La media en edad de África se situaría en 20 años y la de Europa en 50 años. 

 

Con ese panorama los flujos migratorios de sur a norte no sólo se mantendrán, sino que tenderán a intensificarse en los próximos años. Más allá de la ayuda inmediata, lo que se plantea es cómo afrontar la inserción en el país de destino. La actuación en los países de origen, y particularmente en el continente africano, tiene también grandes dificultades. No hay que olvidar que los principales flujos migratorios entre países del propio contiene africano y latinoamericano. Dado el modelo de crecimiento, la población tiende a concentrase cada vez más en ciertos núcleos y países. En África sólo cinco países (Nigeria, Etiopía, Egipto, República Democrática del Congo y Sudáfrica) suponen alrededor de la mitad de la población del conjunto de los 54 países africanos. 

Se plantea la necesidad de invertir en África. El problema es que la inversión mayoritaria responde a los intereses del modelo de crecimiento de los inversores y eso acentúa con frecuencia los desequilibrios en el país receptor. África produce lo que no consume y consume lo que no produce. Los productos más rentables son los destinados a la exportación (té, cacao, azúcar, café, tabaco o algodón), lo que, a su vez, provoca  un incremento de las importaciones de manufacturas y de productos agrícolas que les faltan. Aunque en término relativos el comercio internacional de África es reducido, ve como aumentan sus exportaciones de materias primas y de ciertos productos agrícolas y en mayor proporción las importaciones asociadas al consumo de productos industriales. El déficit comercial se compensa a duras penas con las divisas procedentes de las remesas de emigrantes, los ingresos por turismo y las inversiones de capital extranjero. El endeudamiento externo pone de manifiesto la subordinación al modelo de crecimiento de los países occidentales y en otro sentido de China.

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En el horizonte no se vislumbra que pueda cambiar lo fundamental del modelo de crecimiento, que implica modificar nuestros hábitos de vida. Parece más probable que, como sucedió en el imperio romano, sean los que vienen de fuera los que contribuyan a agudizar la crisis interna y eso de lugar a transformaciones significativas. Los que se empeñan en estrategias defensivas, de rechazo, en vez de estar atentos y abiertos a las posibilidades que se abren y a caminar por la senda de la integración, pueden frenar en un momento dado los flujos migratorios, pero no lograrán pararlos ni que se acaben intensificando aún más.

La tendencia es tan evidente que se vislumbra, incluso si no se quiere ver, pero ¿quiénes se atreverán a decir lo que ven?. Nada más oportuno al respecto que una cita de Ricardo III de W. Shakespeare: ” ¡En bonito mundo estamos!… ¿Quién será tan estúpido que no vea este palpable artificio? Pero ¿quién es bastante osado para decir lo que ve?”. Mientras tanto seguiremos lamentando las víctimas de este proceso, pero no serán nuestras vidas mejor que las de ellos. Una muestra palpable de la fuerza de las experiencias de vida de los emigrantes se recoge magníficamente en el libro de Juan Manuel de Palma, Espiritualidad en las fronteras (Punto Rojo Libros, 2017).  Lo expresa poéticamente Luis Cernuda: “Tu vida, lo mismo que la flor, ¿es menos bella acaso porque crezca y se abra en brazos de la muerte?” (L. Cernuda, Como quien espera el alba). 

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