Roger de Taizé

Por José Miguel de Haro, sacerdote redentorista

Este martes 12 de mayo 2015, el Hermano Roger de Taizé cumpliría cien años de su nacimiento. En agosto de este mismo año se cumplirán los 70 años de la fundación de la comunidad y los 10 de su asesinato durante la oración de la tarde de un 16 de agosto. Con este motivo en muchos lugares de la tierra se celebran oraciones para dar gracias por su vida, por el don que ha sido para tantas personas, comunidades e iglesias. Roger ha sido un místico del ecumenismo de la santidad que supo reconciliar vida interior y solidaridades humanas.

Nació en Provence, un pueblecito del Jura suizo. Era el noveno hijo de Charles Schutz y Amélie Marsauche. Sufrió una tuberculosis pulmonar que marcó durante un tiempo su reflexión. Estudió teología en las universidades de Lausana y Estrasburgo. En la última etapa de la segunda guerra mundial llevó a la práctica su compromiso con la paz iniciando la aventura que vendría a ser la comunidad ecuménica de Taizé.

En un pueblo casi abandonado de la Borgoña francesa, el 20 de agosto de 1940, inició lo que ni él mismo podría imaginar jamás. Aunque se vio obligado a ausentarse de la gran casona de Taizé debido a algunas denuncias y visitas de la Gestapo, en 1944 volvería con los primeros hermanos de la comunidad: Max Thurian, Pierre Souvairan y Daniel de Montmollin. Y nadie ha podido detener ya lo que el Espíritu ha suscitado en esa comunidad monástica que ha pasado a llevar el nombre del lugar geográfico donde está situada.

Un texto del Hermano Roger resume lo esencial del itinerario hecho: “La acogida excepcional que nos otorgó el Papa Juan XXIII en 1958, su apertura a la vocación ecuménica, la invitación que nos dirigió para participar en el Concilio Vaticano II, supusieron para nosotros un punto de inflexión. En muchas personas despertó un interés por la búsqueda que perseguía nuestra pequeña comunidad. Cada vez más jóvenes de distintos países vinieron a pasar unos días en nuestra colina. Después de veinte años de vida en común, nos sentíamos como lanzados a la plaza pública. Nos hicieron falta años para asimilar y comprender lo que nos estaba ocurriendo”. Roger quedará marcado por la vivencia que él llama “asombro de un amor”. En él destacará su pasión por la reconciliación, el deseo de unidad, la acogida incondicional a toda mujer y todo hombre y una búsqueda constante por reconciliar en uno mismo la vida interior y las solidaridades humanas.

Roger ha sido un hombre de comunión que ha sabido ir más allá de los muros confesionales. En este sentido, ha abierto un camino que a los cristianos aún nos queda por recorrer.

La tarde en que fue asesinado había estado hablando con uno de los hermanos intentando redactar un texto. Su agotamiento no le permitió terminar la siguiente frase: “En la medida en que nuestra comunidad cree en la familia humana posibilidades para ensanchar…”. Roger utiliza el verbo “elargir” que se puede traducir por agrandar, ampliar, dilatar… y nos muestra cómo hasta el último día de su vida estuvo habitado por esa pasión de una comunión cada vez mayor con Dios y entre las iglesias, las personas y los pueblos.

Con motivo de su asesinato, uno de los hermanos de la primera generación, el Hermano François, escribió: “El Hermano Roger era un inocente. Para mí, esta afirmación… no significa ausencia de defectos en él. A la palabra le doy otro sentido…  Para él, la realidad no tiene la misma opacidad que para los demás: “Ve a través” de ella.”

En su libro “¿Presientes una felicidad?” nos vuelve a decir algo que ha dado un toque original al camino abierto por él: “encontré…mi propia identidad de cristiano, reconciliando en mí la fe de mis orígenes con el misterio de la fe católica, sin romper la comunión con nadie”.

El pastor Gill Daudé, responsable del servicio de relaciones ecuménicas de la Federación Protestante de Francia cuando asesinaron a Roger, escribió: “El hermano Roger entró en un camino post-confesional o, por decirlo de otra manera, de sobrepaso de enclaves confesionales. Esto nos parece insólito, parece ir más allá de lo que podemos imaginar, pero ese era su camino”.

En sus últimos textos Roger llama a construir un porvenir de paz, a vivir el asombro de una alegría hasta en las pruebas. Y lo vemos como uno de los últimos místicos, amado por muchos y no comprendido por todos. Su vida nos muestra que hay un cristianismo creativo.

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