El 17 de septiembre se celebra la fiesta del san Roberto Belarmino. Este cardenal jesuita, miembro del Santo Oficio, es conocido entre otras cosas por su papel en el “caso Galileo”, en torno a la controversia tolomeo-copernicana del siglo XVII. Aprovechamos esta ocasión para recordar un episodio de este proceso, importante aunque no bien conocido. Transcribimos aquí las reflexiones de Manuel García Doncel, físico teórico, historiador de la ciencia y jesuita, en su obra “El diálogo teología-ciencias hoy. 1. Perspectiva histórica y oportunidad actual” (Barcelona 2001, páginas 22-24) que puede encontrarse aquí.

Se trata de la carta que Belarmino escribió, el 12 de abril de 1615, a Paolo Antonio Foscarini, superior de los carmelitas de Calabria y amigo de Galileo. Esta carta permite, por un lado, conocer la mentalidad auténtica de Belarmino y, por otro, ayuda a entender más matizadamente la realidad y el mito del caso Galileo. Transcribimos primero la carta y luego la analizamos.

Al Muy Reverendo Padre Maestro Fray Paolo Antonio Foscarini

Superior Provincial de los Carmelitas de la provincia de Calabria

Muy Reverendo Padre mío:

… Digo, lo primero, que a mi parecer Vuestra Paternidad y el Señor Galileo obrarán prudentemente, contentándose con hablar “ex suppositione” y no absolutamente, como siempre he creído que habló Copérnico. Porque el decir [A1:] que, si suponemos que la tierra se mueve y el sol está quieto, se salvan todas las apariencias mejor que poniendo las excéntricas y los epiciclos, está muy bien dicho y no tiene ningún peligro, y eso basta al matemático. Pero querer afirmar [A2:] que el sol está realmente en el centro del mundo y sólo da vueltas sobre sí mismo, sin desplazarse del oriente al occidente, y que la tierra está en el tercer cielo y gira con suma velocidad en torno al sol, es cosa muy peligrosa…

Digo, lo segundo, que como usted sabe el Concilio prohíbe exponer las Escrituras contra el común consenso de los Santos Padres. Y si Vuestra Paternidad quisiere leer, no digo sólo los Santos Padres, sino los comentaristas modernos sobre el Génesis, sobre los Salmos, sobre el Eclesiastés y sobre Josué, encontrará que todos convienen en exponer literalmente, que el sol está en el cielo y gira en torno a la tierra con suma velocidad, y que la tierra está lejanísima del cielo y está en el centro del mundo, inmóvil…

Digo, lo tercero, que si hubiese una verdadera demostración de que el sol está en el centro del mundo y la tierra en el tercer cielo, de que el sol no rodea a la tierra sino la tierra al sol, entonces sería necesario andar con mucho cuidado al explicar las Escrituras que parecen contrarias. Habría que decir que no las entendemos, más que decir que sea falso lo que está demostrado. Mas yo no creeré que exista tal demostración, mientras no me la muestren: y no es lo mismo demostrar [P1:] que, si suponemos que el sol esté en el centro y la tierra en el cielo, se salvan las apariencias, y demostrar [P2:] que el sol está de verdad en el centro y la tierra en el cielo. Porque la primera demostración creo que pueda existir, pero de la segunda tengo grandísima duda, y en caso de duda no se debe dejar la Sagrada Escritura, expuesta por los Santos Padres…

En nuestro domicilio, a 12 de abril de 1615, de Vuestra Paternidad Reverendísima fraternalmente,

Cardenal Belarmino

Vemos que la carta comienza recomendando a Foscarini y Galileo que hablen, como matemáticos en hipótesis (“ex suppositione”), como le parece habló siempre Copérnico. Así que, para Belarmino el problema más que científico era epistemológico. Su afirmación A1 proponía una concepción de ciencia, hoy llamada “epistemología de Belarmino”, que ha sido vista con simpatía por ciertas escuelas positivistas. Con esa afirmación, Belarmino daba plena libertad para utilizar el sistema copernicano como “hipótesis matemática”. Pero defenderlo filosóficamente, según la afirmación A2, lo consideraba muy peligroso, pues ello parecía entrar en conflicto con textos bíblicos. Y, como dice en el segundo párrafo, eran recientes las normas del Concilio de Trento, sobre la necesidad de exponer la Biblia según la tradición de los Santos Padres, para no caer en la libre interpretación protestante. Vemos también en el párrafo final que, a pesar de los textos bíblicos, Belarmino estaría dispuesto a aceptar filosóficamente la concepción copernicana, si tuviera una prueba de ella. Pero una prueba, no del tipo matemático P1, sino del tipo filosófico P2, prueba que no cree que pueda existir. Galileo, ciertamente, no la daba. Y Belarmino estaba en contacto con los jesuitas matemáticos del Colegio Romano, muy respetuosos con Tycho Brahe, cuyo “sistema ticónico” resultaba ópticamente indistinguible del copernicano.

 Galileo, sospechando el proceso ante el Santo Oficio, acudió en diciembre de 1615 a Roma, en un viaje oficial preparado por el embajador de Toscana. Pretendía apoyar el copernicanismo con su nuevo argumento de las mareas, e intentaba visitar en Nápoles a Foscarini. Pero sus gestiones fueron más bien contraproducentes. Inesperadamente fue convocado para el 26 de febrero de 1616 al palacio de Belarmino. Allí el Cardenal, en nombre “del Papa [Paulo V] y de todo el Santo Oficio, le ordenó que abandonara totalmente la opinión de que el Sol es centro del mundo y está inmóvil y la Tierra se mueve, y en adelante no la mantuviera, enseñara o defendiera en modo alguno, de palabra o por escrito;…a lo que Galileo asintió y prometió obedecer…”. El acto hubo de ser muy duro intelectualmente, por más que el tacto de Belarmino y la resignación de Galileo lo simplificaran. Además, la Congregación del Índice decidió, el 5 de mayo de 1616, “suspender hasta que sea corregido” el De Revolucionibus de Copérnico, y “prohibir” la carta de Foscarini “y todos los libros que enseñen lo mismo [la inmovilidad del Sol y la movilidad de la Tierra]”.