El ritmo lento de las tortugas

Emily, tortuga de Cuenca (Ecuador). Foto de la autora

Sigo estrenando el año. Yo lo hago hasta que termina el mes de enero. Poco a poco voy mirando hacia delante, pero sigo mirando hacia atrás … y me desespera lo poco que avanzo. Será mi natural fadista, pero me pasa sin remedio. ¡Cómo me cuesta aceptar la lentitud de los procesos, de los cambios propios y ajenos, de mi historia, y de la historia de salvación de la humanidad entera si me pongo a expandir la reflexión al infinito!

Por suerte, estoy cumpliendo el propósito de año nuevo que ya os conté, y voy encontrando señales que vienen en mi ayuda y reconducen mi pensamiento, que me dan imágenes y argumentos para aceptar el ritmo de la vida y disfrutarlo en su lentitud, o para intentarlo al menos.

La primera señal en llegar fue Emily, una tortuga de Cuenca (Ecuador) que una amiga de mi hijo pequeño le regaló hace años. Ella es de allí y un verano que fue a visitar a su familia, trajo tortugas y otros animalitos para todos sus compañeros de clase. Recuerdo que mi hijo Juan, que tendría entonces cuatro años, bautizó a la tortuga con el nombre de su amiga y la guardó como oro en paño. Nos encantó descubrir con ella que Ecuador es uno de los países con mayor biodiversidad del planeta y muchas otras cosas, pero pasados unos días la olvidamos un poco … y ella desapareció.

El caso es que volvió a aparecer hace poco. La encontré buscando otra cosa, y fue ella la que me recordó que no pasa nada por ir despacio y saborear los momentos. “Hay que gustar del ritmo lento de las tortugas, es práctico y beneficioso para la salud”, me dijo. “Aunque te toque estar años metida en un cajón”, añadió. Esto último fue un reproche que entendí en seguida, y ahora preside el aparador del salón desde donde nos observa a todos ir y venir.

Después llegó esta oración de Teilhard de Chardin. La recordé un día como sin venir a cuento, y me hizo pensar que esto de tener ataques de impaciencia no debe de ser tan raro. Reconforta lo del mal de muchos, aunque consuele poco, porque “puede tardarse muchísimo tiempo”:

Sobre todo, confía en el lento trabajo de Dios.
Somos por naturaleza impacientes en todo,
lo estamos por llegar al final sin demora.
Nos gustaría saltarnos las etapas intermedias.
Estamos impacientes por ponernos en camino
hacia algo desconocido,
algo nuevo.
Y, sin embargo, es ley de todo progreso
que este se haga pasando por
algunas etapas de inestabilidad;
y que puede tardarse muchísimo tiempo.

Muchísimo tiempo … Eso es lo que tuvo que esperar Héctor Abad Faciolince para poder escribir sobre su familia y sobre el asesinato de su padre a manos de paramilitares colombianos. Veinte años pasaron desde aquel crimen hasta “El olvido que seremos”. Lo cuenta un poco en esta entrevista de Pepa Fernández que yo escuché por casualidad y que a mí me pareció casi mágica. Me estuvo resonando mucho tiempo (¿otra señal?). Y más me resonó cuando mi amiga Pili me recomendó el mismo libro meses después. Ella suele ser muy certera en todas sus recomendaciones, y este es un libro de los que hay que subrayar y dejar reposar varias veces. Quizá escriba sobre él en un próximo post, porque me dejó muchos mensajes.

Pili, que me conoce bien, también aprovechó el momento para hablarme de la paciencia, de la espera con esperanza, confiada pero también activa, me prestó su hombro y su risa sin ponerme plazo de devolución y me regaló estos versos de Benjamín González Buelta:

Esperaré a que crezca el árbol y me dé sombra.
Pero abonaré la espera con mis hojas secas.

Esperaré a que brote el manantial y me dé agua.
Pero despejaré mi cauce de memorias enlodadas.

Esperaré a que apunte la aurora y me ilumine.
Pero sacudiré mi noche de postraciones y sudarios.

Esperaré a que llegue lo que no sé y me sorprenda.
Pero vaciaré mi casa de todo lo enquistado.

Y al abonar el árbol, despejar el cauce,
sacudir la noche y vaciar la casa,
la tierra y el lamento se abrirán a la esperanza.

Pili y los versos de Benjamín, más señales que me dicen que este es el camino, que es tiempo de espera, de trabajar sin dejar de esperar. Eso sí, siempre en buena compañía, para gustar mejor de este ritmo lento de las tortugas.

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