El riesgo reaccionario en la opción por los pobres

Hace unos días, Pepa Torres nos recordaba los fundamentos religiosos y éticos de la opción cristiana por los pobres, que viene del Evangelio y atraviesa la Tradición a todo lo largo hasta el día de hoy. Unas horas antes, José Luis Pinilla veía con la misma lógica a los africanos que nos llueven en pateras por el sur, cuando llegan y cuando mueren en el Mediterráneo. Ambos posts merecen leerse, porque son el testimonio de una pasión desde la fe.

Aquí no vamos a hablar de esa pasión, valiosa y salvadora en todo caso, sino de sus maneras de realizarse políticamente en la praxis cristiana. ¿Corremos el riesgo de volvernos conservadores precisamente en virtud de una manera de entender la “opción por los pobres”?

Analizar la Historia

Para ello vamos a comenzar con un párrafo del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels (1848):

“En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por ensalmo… ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?”

Lo que distinguió al socialismo “científico” de Marx de los socialismos “utópicos” fue que, incluso en sus obras de divulgación, Marx partía de un análisis económico de la Historia. Intentaba explorar hacia dónde soplaban los vientos dominantes, para luego preguntarse por la dinámica del futuro y por el lugar en ella de los nuevos pobres (el proletariado, en su caso). Marx criticó a fondo a los dueños del capital (la burguesía), precisamente partiendo del reconocimiento de su rol histórico en la transformación del mundo. Sin negarlo.

Las conclusiones de su análisis están parcialmente obsoletas; correspondían al capitalismo industrial de las primeras décadas del siglo XIX, y ahora estamos en un momento (¡de desarrollo de las fuerzas productivas, entre otras cosas!) muy distinto. Algunas de sus críticas al capitalismo nos parecen actuales, pero también las hay que demostraron ser errores de análisis.

Y su teoría adolece de un problema antropológico de fondo, heredado del filósofo francés Rousseau: pensar que con arreglar la estructura económica mejoraría también la moralidad humana. Esto demostró ser bastante más complejo. La vieja idea cristiana del “pecado original” ha resultado más realista que el optimismo rousseauniano y luego marxista.

El reverso de la Historia-estructura

Pero el análisis histórico de Marx ahí está, como base de su propuesta de acción política. Pensando nuestra propia propuesta de acción política como cristianos, siempre me ha parecido complicada la expresión “el reverso de la Historia” de Ignacio Ellacuría: ‘Situarse vitalmente en el reverso de la Historia’, ‘hacer Derecho o Teología desde el reverso de la Historia’…

Me parece una frase ambivalente. Si se lee desde el punto de vista de la estructura social, que es como la pensaba Ellacuría, tiene un sentido: situados en el ‘reverso de la Historia’, somos llamados a una praxis de liberación. Desde ese lugar y en esa praxis ganamos un punto de vista inusual para el análisis histórico, el de los oprimidos y excluidos en cada sociedad, que hace nuestra visión más realista, no menos. El mismo compromiso ético-religioso que nos inspira, hace así nuestro análisis más acertado y nos lleva a una praxis mejor apuntada. Ello requiere, por supuesto, que el compromiso no se coma al análisis, es decir, que no tengamos las conclusiones del análisis antes de empezarlo, para justificar nuestra acción sin cuestionarla ni cambiarla.

Ellacuría fue asesinado en 1989. Todavía entonces era plausible pensar la sociedad principalmente en términos de estructura. Así lo hace, por ejemplo, Juan Pablo II en Sollicitudo Rei Socialis (1987).

¿Y si no es estructura sino cambio?

También en 1989 cayó el Muro de Berlín. Treinta años desde entonces, la Historia se ha acelerado enormemente por los impactos de la tecnología, las diversas globalizaciones económicas y de las comunicaciones. ‘Cambio’ es ahora probablemente una clave mejor que ‘estructura’ para entender los procesos históricos. No se trata del cambio hacia una nueva estructura, sino de la desestabilización de cualquier estado estructural de las sociedades. El cambio no solo se ha acelerado sino que es autoacelerado: el cambio genera cambio, cada vez más deprisa.

Aquí viene la ambigüedad de la frase de Ellacuría leída en el nuevo contexto. En todos los cambios históricos hay un ‘reverso’: gente que pierde, nuevos oprimidos y excluidos. También gente que gana: quizás porque estaban en buena posición de partida; quizás porque, aun estando mal de entrada, supieron tender mejor sus velas a los nuevos vientos. La mayor parte de los cambios sociales tienen perdedores, y muy a menudo son quienes ya estaban mal antes del cambio.

Pero no siempre es una cuestión de clase social, riqueza o cualificaciones. A veces los perdedores son las personas de mediana edad hechas ‘inempleables’ por los más jóvenes. O los obreros industriales de los países ‘ricos’ desplazados por obreros industriales de China e India. O los agricultores de tierras desecadas por el cambio climático frente a los agricultores de territorios vueltos más templados por ese mismo cambio…

Viene entonces el riesgo. Situados por motivos éticos y religiosos del lado de quienes están perdiendo, en el reverso de una Historia que se entiende por cambio mejor que por estructura, podemos vernos tentados por quejarnos de cada cambio que afecta a quienes nos preocupan, con la intención implícita de paralizarlo. Esta es precisamente una actitud reaccionaria, la del “virgencita, que me quede como estoy”.

¿Es posible eludir el espíritu reaccionario, y sin embargo avanzar la opción por los pobres en nuestra acción política y en nuestra reflexión? Se trata, usando el dicho alemán, de no desechar el bebé con el agua sucia del baño. El cambio histórico, cuando tiene esa entidad, debe ser reconocido y aceptado; no negado o rechazado. Y a continuación, el compromiso de la fe nos lleva a diseñar las mejores maneras de navegarlo para que resulte en nuevas oportunidades para los pobres y los perdedores de ayer y de hoy. El cambio en realidad nunca es determinación: solo nuevas condiciones, nuevos vientos en los que orientar las velas para movernos hacia donde debemos.

No podemos ser conservadores

El ejemplo de Marx con que empezamos, resulta inspirador al respecto (aunque su análisis concreto no resultara del todo acertado, y su antropología social de fondo estuviera completamente errada). No era un ludita; no rechazó sino abrazó la revolución industrial que la burguesía lideraba. La elogió, de hecho. Y a partir de ella, de sus contradicciones y problemas, buscó las brechas por donde avanzar la causa del proletariado. Propuso utilizar el viento de la historia en vez de ignorarlo u oponerse a él.

A Marx le debemos mucho, particularmente donde la revolución que pronosticaba/proponía no ocurrió. El miedo a esa revolución condujo a la burguesía a modificar de raíz el primer capitalismo. Hubo de aceptar las reformas del fascismo, el New Deal, la socialdemocracia, el laborismo y la democracia cristiana, para finalmente dar lugar a un capitalismo muy distinto al de siglo XIX: el capitalismo de bienestar, donde casi la mitad del producto es gestionado por el Estado (frente a alrededor del 10% hace un siglo no más).

Hoy podemos querernos conservadores de ese Estado (de ese capitalismo) frente a los nuevos vientos históricos de la globalización con su cambio autoacelerado. No importa cuán bienintencionada, cuán basada en una opción por los pobres muy sentida, esa actitud constituye un error reaccionario destinado al basurero de la Historia.

Mucho mejor es pensar a partir del eslógan tan provocador: “Otra globalización es posible”. No ninguna globalización, no la vuelta a tiempos pasados en que los grupos que nos preocupan estaban mejor, sino hacia adelante: hacer otra globalización, donde haya oportunidades nuevas también para los empobrecidos. En el extremo del deseo, una globalización sin víctimas.


Imagen tomada de: i1.wp.com/aboutbasquecountry.eus

Puede interesarte:  Cataluña como síntoma

2 Comentarios

  1. Magnífica propuesta concentrada en el último párrafo del artículo, porque es semilla de una propuesta política realista que no se conforma con “conservar”, frente a la dinámica del cambio acelerado y global actual, distinto del estructural social, ni de la libre iniciativa sin corrección, que impida nuevos marginados.
    Pero ¿cómo traducir esta línea en cambio político, dado que éste viene impulsado por el voto de los ciudadanos hacia soluciones de corto plazo? ¿Predominarán los populismos que los sitúan en el foco?
    Desde luego el esfuerzo de análisis y divulgación es un camino, pero cuesta tanto que la sociedad reflexione…

  2. Me ha gustado el artículo Raul. Apuntas una intuición interesante, y es que si la globalización trae mejoras y beneficios para los que estaban peor a costa de los que están mejor, estos últimos (es decir, nosotros) la permitirán? Tu apuntas por no frenar ‘el cambio histórico’. Yo lo que veo es que estos ‘vientos dominantes’ quizás están ayudando a algunos a salir de la miseria pero: aumentan las desigualdades a niveles de principios del siglo pasado, y se están cargando el planeta (condición indispensable para que la misma vida sea viable). El horizonte al que apunta esta globalización es de dualizacion social y de una civilización insostenible. ¿No es pues momento de ‘repensarlo todo’? ¿Sobretodo en el terreno de lo económico? Dudo que la mayor tentación sea volverse reaccionarios, la mayor tentación ahora es quemarlo todo y empezar de zero.

    Y otra cosa, me da que puede llevar a cierta confusión confundir los dos terminos que vas usando en el artículo: conservador y reaccionario. Se me quedó grabada una vez una frase de Pepe Mújica que decía “la tentación del conservador es ser reaccionario, la del progresista es ser un ingenuo”. Para mi ser conservador, des de una perspectiva antropológica, me parece clave, sobretodo en un capitalismo de ‘destrucción creativa’ que se dedica a destruir vínculos, sociedades, valores, comunidades,…. ser conservador es mas necesario que nunca! Pero conservador de conservar la vida!. Ahora, la tentación es ser reaccionario, como bien apuntas, es decir, no estar dispuesto a que cambie el status quo. Yo cada vez me cuido más de criticar el termino conservador, e intentar situarlo en el justo lugar.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.