La semana pasada tuve ocasión de participar en el VII Congreso Nacional y II Internacional de Aprendizaje-Servicio Universitario que se celebró en Santiago de Compostela. Se trata de una interesante modalidad de aprendizaje centrado en el alumno que, simultáneamente, estudia y realiza un servicio. El estudio y el servicio no siempre han ido de la mano, bien porque se plantea una enseñanza desvinculada del contexto social, bien porque se planteaba el servicio como activismo de quien hace muchas cosas sin contar que el carácter se forja en la actividad que se realiza. Una máxima configura esta pedagogía: aprendiendo “se sirve” y sirviendo “se aprende”.

Este aprendizaje vive una edad de oro en los centros de formación del profesorado cuando los profesionales de la educación tienen una elevada conciencia o preocupación social. Los profesores de estos centros saben que la universidad no es una torre de marfil donde los estudiantes se separan del mundo y se capacitan para realizar una carrera, quieren que los alumnos aprovechen los años de estudio para descubrir la realidad de un determinado barrio, de un determinado pueblo o de un determinado grupo de personas. Cuando el estudiante se acerca a estas realidades sociales descubre el sentido y valor de las materias en las que se organiza el estudio universitario.

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De la misma forma que un voluntario se despierta de golpe cuando sale de su zona de confort, un estudiante que visita el barrio de la Coma en Valencia o determinadas zonas de Villaverde o Vallecas en Madrid, recibe un baño de realidad con el que entiende, de golpe, la necesidad de buscar explicaciones a situaciones que le resultan incomprensibles. El sentido y valor de la Sociología, la Psicología, el Derecho, la Economía, la Filosofía, la Medicina… o el Trabajo social se descubren al interpretar realidades de marginación, hacinamiento o desamparo. La relación con los libros, las materias y lo que técnicamente llamamos “áreas de conocimiento” ya no es la misma. El alumno articula los conocimientos desde las necesidades que ha detectado con una sensibilidad y motivación radicalmente nuevas. Descubre que necesita saber más, aprender más y, sobre todo, aprender mejor.

Con ello se produce una tensión productiva y enriquecedora entre el mundo de la acción social y el mundo del conocimiento. Acción y reflexión, al igual que teoría y praxis, ya no son dimensiones de la vida separadas por un título o certificado académico, son dos momentos de la misma actividad humana, del mismo crecimiento personal. Además, se descubre la compleja relación que mantienen el mundo del conocimiento y del mundo de la responsabilidad. Por ejemplo, se oyen frases como la siguiente: “si esto se sabe, “¿por qué no se interviene?”, “si estos diseños urbanísticos sabíamos que generaban marginación, exclusión y segregación, ¿a quién pedimos atribuimos la responsabilidad?”, “¿quién rinde cuentas de todo esto?”…

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Son preguntas que pueden plantearse en muchos niveles y a diferentes escalas, desde la más inmediata del barrio a la más abstracta del planeta, y eso lo sabía bien el maestro Ignacio Ellacurría. En todo caso, son útiles para vincular los procesos de capacitación de los estudiantes y el sentido de las profesiones en la sociedad del conocimiento. Y esto no quiere decir que otras formas de aprendizaje carezcan de valor o que esta sea la única forma de plantear la educación moral de nuestros alumnos. Como traté de mostrar junto a Yolanda, Carlos, Amparo y el grupo de compañeros que presentábamos las investigaciones, es una forma privilegiada para educar en los programas que hemos puesto en marcha de ciudadanía activa y, sobre todo, una forma de construir o forjar un carácter universitario presidido por la idea de servicio a la sociedad. El alumno que realiza el servicio no sólo despierta su sensibilidad, aprende competencias, descubre la relación entre las áreas de conocimiento o adquiere destrezas profesionales. Cuando se realiza bien este aprendizaje, los alumnos también desarrollan una identidad nueva y descubren que el servicio a la sociedad es una fuente de valor, plantea su estudio como servicio y aplica la lúcida máxima del “vale quien sirve”.

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