Sobre la re-tribalización de la política en el espacio digital

Re-tribalizacion-digital

En el segundo capítulo de su último libro The People Vs Tech. How the internet is killing democracy (and how we save it), el periodista británico Jamie Bartlett afirma lo siguiente:

El exceso de información y conectividad ha fomentado un modo divisivo de política tribal emocional, en la que la lealtad al grupo y la ira desbancan a la razón y el compromiso.

El autor recurre al teórico Marshal McLuhan y su concepto de aldea global para avisar sobre el peligro de esta tribalización asociada al progreso tecnológico, cuyo más evidente resultado político es el populismo.

Comunidades e Individuos

Como ya decía Aristóteles, el hombre es un animal político, zoon politikón, que se diferencia del resto de animales por su capacidad para crear comunidades y de algún modo organizarse y desarrollar toda una serie de relaciones en torno a ellas.

Al hombre le gusta asociarse, construir sociedades y así poder realizarse como animal cívico.

El hecho de crear una comunidad y formar parte de ella, ya sea desde que se nace como siendo miembro activo y responsable de su creación, genera una serie de lazos que pueden acabar traduciéndose en un sentimiento de pertenencia. Este sentimiento es positivo cuando favorece la cooperación entre los individuos que componen la comunidad, de modo que todos ellos, en mayor o menor medida, obtienen un beneficio siempre en base al acuerdo de cooperación al que llegan. Sin embargo, la pertenencia también puede derivar en actitudes negativas como la envidia, el odio o el resentimiento hacia otras comunidades o incluso hacia individuos de la propia comunidad cuando estos son considerados como amenazas al conjunto.

Está comprobado que un sistema de organización de tipo comunitario puede ser realmente exitoso siempre y cuando el tamaño de la sociedad en la que se aplica no exceda un número de individuos, siendo posible tener en cuenta todas las relaciones e intercambios que se dan en la comunidad a la hora de tomar las decisiones para la gestión de la misma. Pero cuando nos vamos a sociedades más amplias, donde la propia complejidad de esas relaciones que tienen lugar hacen imposible poder ‘controlarlas’ (y me refiero a tenerlas en consideración, no a manejarlas), su gestión comunitaria conlleva que comiencen a aparecer beneficiarios y perdedores netos.

Y es que, tal y como dice Bartlett en su libro, las comunidades son sabias cuando se trata de resolver problemas técnicos, no basados en valores, pero cuando se trata de política, la cosa cambia.

La política no consiste (o no debe consistir) solo en la gestión económica de la realidad de una sociedad, sino que debe tener en cuenta toda una serie de condicionantes de lo más variada: culturales, afectivos, educativos, etc.

Cuando las relaciones humanas van más allá del mero intercambio económico, entran en juego pasiones, esperanzas, deseos, los cuales aportan una dimensión que, por mucho que se quiera, es imposible conocer con certeza.

La política en la era digital

Como afirma Bartlett, la comunicación digital está cambiando la naturaleza misma de la forma en que nos relacionamos con las ideas políticas y, a la vez, nos entendemos como actores políticos. Esto supone que haya una fragmentación de las identidades hasta ahora estables, como podían ser la pertenencia a un partido político, para ser sustituidas por unidades más pequeñas de personas que piensan igual o de modo similar. Estamos asistiendo a una re-tribalización. Y aunque la tribalización puede ser entendible hasta un cierto punto (recordemos, la necesidad de asociarse, de sentirse parte de algo mayor), actualmente supone una auténtica amenaza para nuestras democracias, básicamente porque tiene el efecto de magnificar las pequeñas diferencias existentes entre nosotros y transformarlas en enormes abismos insalvables.

Tribalismo/Populismo

Una de las grandes afrentas del populismo, y en la que se basa gran parte de su éxito, es su capacidad para remover las emociones y los sentimientos más bajos de las personas. Se trata de una dialéctica del enfrentamiento, recurrir a las eternas ‘luchas’, donde se busca enfrentar a unos contra otros, afirmar ‘nosotros somos buenos y puros, los otros son malos y corruptos’. Negros contra blancos, mujeres contra hombres, homosexuales contra hetersexuales, pobres contra ricos… y la lista de pares es cada día mayor.

Internet no solo tiene la capacidad de ampliar los mensajes populistas y permitir que se propaguen rápidamente y lleguen allí donde se desea, sino que dicha actividad digital está favoreciendo esta re-tribalización de la sociedad de la que estamos hablando, donde las personas se ven impulsadas a tener que sentirse identificadas con un grupo u otro, y donde la defensa de los ideales deja de tener argumentos razonados para recurrir al dogma aprehendido por incesante repetición.

Por otro lado, Internet facilita el acceso a ‘tribus enemigas’, por lo que el enfrentamiento está asegurado

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La llamada de la tribu

Estamos asistiendo a una vuelta a la llamada de la tribu, tal y como el nobel Mario Vargas Llosa expone en el primer capítulo de su último libro, ambos compartiendo el mismo nombre. Precisamente, el autor peruano nos recuerda que esta llamada ha sido incesante desde los albores de las primeras grandes sociedades y civilizaciones, donde los poderosos siempre han querido agrupar a los ciudadanos y removerlos íntimamente para, mediante ellos, conseguir sus fines.

Son muchos los autores que nos han avisado sobre esta llamada, tanto en obras de ensayo como de literatura, adivirtiendo de esas supuestas revoluciones y sus consecuencias: Goldwing, Orwell, Huxley, Bradbury, Hayek…

Internet, ya sabemos, supone la última gran revolución a la que estamos asistiendo. De nosotros depende que dicha revolución tan solo posea el adjetivo ‘tecnológica’ y no hagamos que se acompañe de otros con una connotación mucho más tenebrosa.

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