Hemos asistido ya a unas pocas versiones del terrorismo, desde aquellas anarquistas de hace un siglo hasta las más recientes del yihadismo. Eso nos ha servido para reunir cierta experiencia colectiva, de la cual podemos sacar algunas conclusiones:

  1. El terrorismo es siempre idolatría, en cuanto consiste en sacrificar a personas comunes por una patria, una clase, una religión o lo que sea. No es diferente el terrorismo de motivación religiosa al de motivación nacionalista, sociopolítica, étnica… Todas son idolatrías, todas se apoyan en un nihilismo de fondo, por el que las personas no valen nada al lado de la Causa. Cualquier comprensión sana de la religión, la política, la nación, la lucha social… pone aquello al servicio de la vida de las personas. Exactamente lo contrario que el terrorismo, cuya esencia es el sacrificio humano al ídolo.
  2. El terrorismo tiene sus agentes directos y sus apoyos conscientes, que son precisamente quienes son, no una clase genérica. Los que apoyaron a ETA eran quienes apoyaban a ETA, no los vascos, ni los nacionalistas, ni los independentistas… Solo quienes estaban dispuestos a matar o ayudar a matar, esos son. Lo mismo con el yihadismo: ni son los musulmanes, ni los islamistas… El mínimo de colaboración que constituye efectivamente terrorismo es legitimar el matar gente por una causa. Ojo: no sostener una cierta causa, sino estar dispuesto a matar por ella. Declararla sagrada por encima de las personas.
  3. La clave de la lucha contra el terrorismo es policial, y estriba básicamente en su asfixia financiera, social y judicial, a la vez. Esto no es indoloro: tiene un coste real para la sociedad que no hay más remedio que asumir. Pero ha de ser un coste medido, que minimice el control/daño sobre las libertades ciudadanas. No podemos dejar que el terrorismo se vuelva razón de un movimiento del sistema hacia el autoritarismo.
  4. En el proceso de lucha contra el terrorismo pueden morir muchas personas en atentados, incluso masivos o muy masivos. Personas cualesquiera, que precisamente por serlo se vuelven blancos del terrorismo: nada más útil que matar a los que pasan por un edificio, un mercado, una estación, una calle, una discoteca… para conseguir que todos se sientan amenazados. Cuanto más nihilista el terrorismo, menos le importa matar, menos le importa morir. A esta muerte podemos irnos acostumbrando, no en el sentido de tomar la posibilidad como “normal” sino de tomarla con valor cívico, porque ahí está. No tienen la culpa el gobierno, la policía, la corrupción, las injusticias varias del mundo… Tiene la culpa quien mata y quien le apoya para matar.
  5. Los muertos por el terrorismo deben ser llorados todos. Aunque es lógico que cuanto más se parezcan a nosotros y más cerca nos queden, más nos impactan (los de Madrid más que los de Bruselas, los de Bruselas más que los de Nueva York, y así), en el fondo es la misma lucha: la lucha entre la gente común que ama la vida en todas las demás personas, y quienes están dispuestos a matar a tutiplén para que avance su causa. Esta es la división básica. Cualquier otra entre “los míos” y “los demás” podrá ser más o menos espontánea desde el punto de vista psicológico, pero no es moralmente válida. Los muertos de Dikwa son muertos míos.
  6. La amenaza de la muerte, ausente el valor cívico, conduce a reacciones aterrorizadas: culpar al gobierno, linchar grupos sociales completos, cerrar fronteras, tomar la justicia por la propia mano, huir hacia el autoritarismo, apaciguar a los terroristas… Cualquier cosa que parezca detener o impedir la violencia. Es difícil permanecer sereno ante los asesinatos. Y sin embargo, es la manera eficaz de proceder: negar la brecha que los terroristas quieren ahondar, y dejar a la policía hacer su trabajo persiguiendo a quienes matan y a quienes les ayudan a matar. Ese valor cívico ante la muerte es imprescindible para sostener la libertad y la dignidad colectivas.

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