Religiones como parte de la solución y no del problema

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¿Las religiones son parte del problema de nuestra sociedad o de la solución?

Hace unos pocos días tuvimos la oportunidad de escuchar el discurso que el Papa Francisco dio en la Universidad de Al-Azhar, en el Cairo. Allí el Papa habló de la importancia de la educación para generar una cultura del encuentro y del diálogo que promoviera la paz y el entendimiento. Frente al problema de la violencia y la incomprensión, las religiones debían ser parte de la solución y no del problema.

Según el Papa, cualquier diálogo, pero específicamente el diálogo interreligioso, debe tener tres requisitos esenciales: el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones. Claramente no se puede dialogar con el otro si primeramente no se reconoce y asume lo propio. El diálogo generado desde las ambigüedades y de la falta de claridad tiene poco fututo. La valentía de la alteridad nos conduce a reconocer y vivir que el otro no es un enemigo (o el infierno, como diría Sartre), sino alguien con el que hago camino y con el que puedo construir comunidad pese a las diferencias. Por último, Francisco insiste en la sinceridad de las intenciones. Una condición esencial del diálogo es la búsqueda de la verdad común. Si se establece un diálogo con segundas intenciones, hay algo que ya falla desde el inicio. El diálogo busca el encuentro pese a las diferencias.

Dialogar en nuestras sociedades

Hoy nos encontramos con que en un mismo espacio convivimos personas con distintas maneras de comprender y de responder a los problemas del mundo, de la economía, de la sociedad, de la organización política. Ya no existe un solo paradigma que dé respuesta a los desafíos del mundo. Esta experiencia de pluralismo y diversidad también se vive en el espacio religioso: el tiempo en que todos compartíamos una misma mirada común sobre el sentido de la vida y la apertura a la trascendencia ha desaparecido. Nuestras sociedades, seculares en muchos aspectos, se han visto transformadas por la fragmentación y privatización de los credos tradicionales. Junto con lo anterior, y de la mano del fenómeno de la inmigración, otras doctrinas comprensivas del bien, entre ellas el Islam, están presentes en nuestra realidad. Es decir, el diálogo interreligioso ya no es algo que lejano, sino que ha comenzado a ser parte de nuestra vida. Esta nueva situación de pluralismo religioso plantea un desafío: ¿qué pueden hacer las religiones para ser un elemento integrador y generador de justicia en la sociedad?

Construir en justicia y solidaridad

En estos tiempos difíciles que vivimos –marcados por los vaivenes de la economía, el paro, la violencia, los populismos, etc.- las religiones pueden ser un enorme aporte para la construcción del hogar común. Vale la pena recordar que en la mayoría de las grandes religiones –de occidente y oriente- la relación con el otro desde la solidaridad es fundamental. Esto implica que la relación con la divinidad pasa necesariamente por la solidaridad y el encuentro con el otro. Esta es la razón por la que en el mundo religioso es tan fácil encontrar instituciones destinadas a la ayuda del que sufre.

El diálogo interreligioso en sociedades pluralistas como las nuestras, debe tomar como uno de sus desafíos principales la construcción de horizontes de justicia común. Esto significa comprometerse con aquellos que sufren, que son apartados de la sociedad y aquellos que no son valiosos a los ojos del sistema. Si las religiones se animan a dialogar y colaborar desde esta perspectiva, serían parte de la solución y no del problema.

1 Comentario

  1. “No se puede dialogar con el otro si primero no se reconoce y asume lo propio”. He aquí una sentencia de firmeza inquebrantable. Pero, ¿qué es “lo propio”? En el diálogo interreligioso lo propio es el propio credo; en el debate ideológico, las propias ideas; en la tertulia, las opiniones propias de cada cual. Ahora bien, “lo propio” cambia de sentido, a mi parecer, con el orden que ocupa en el diálogo. No tiene el mismo sentido cuando ocupa el primer lugar que cuando éste lo ocupa el otro, creyente, pensante u opinante del caso. No es lo mismo empezar por escuchar que por “asumir lo propio”.
    No es que “lo propio” no sea valioso. Al contrario, gana en valor cuando no es lo primero, cuando lo primero es el otro. Su significado será el mismo en cualquier caso. Su sentido, en cambio, su valor y capacidad de elevar lo humano, de transformarlo, llegará a la luz cuando “lo propio” sea recibido como expresión sublime de la humanidad común. Por eso yo diría, más bien que “no se puede dialogar con el otro si finalmente no se reconoce y asume lo común”.
    Reconocer y asumir la humanidad común de los creyentes y pensantes me parece a mí la tarea que hoy tienen ante sí las grandes religiones, el cristianismo y el islamismo. Porque el fundamentalismo islámico, en su celo por “lo propio”, no debería ocultarnos los peligros del fundamentalismo cristiano y católico. Uno y otro intentan usurpar el lugar del otro: aquel, sembrando el terror; éste, el miedo al otro, terrorista en potencia. El lugar del otro, sin embargo, permanece vacío en tanto no sea ocupado por cristianos y musulmanes dispuestos a reconocer en el rostro del otro el rostro del Dios vivo. Y bien, ¿no es esto pensar la Trinidad?

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