Religiones, Espiritualidades y Democracia (II)

En el post anterior comentábamos la crisis que está viviendo la democracia occidental en los últimos años. Esta crisis ha estado marcada por los populismos de distinto signo (no importa si son de derecha o izquierda); por la grave desafección ciudadana, que se manifiesta en la poca estima y aprecio que los ciudadanos sienten por la vida política, por las instituciones y, sobre todo, por sus representantes elegidos democráticamente; por último, un tercer elemento de esta crisis es un sistema democrático en el que la ciudadanía ha dejado de ser una fuerza importante para convertirse en una participación mínima cada cierta cantidad de años.

Frente a esta crisis de la democracia, nos preguntábamos si las religiones y las espiritualidades pueden ser una fuente de verdad (siguiendo la postura de Habermas) y de regeneración de la democracia a través de su hacer en el espacio público. Es muy posible que esta pregunta parezca osada a más de uno: las religiones, a través de la historia, han demostrado que tienden a ser autoritarias en sus planteamientos y exigencias: no pocas veces las religiones se llevan mal con el pluralismo. Por otra parte, las conquistas de la laicidad -positivas en muchos aspectos- exigen que las religiones se mantengan en el espacio de lo privado y que no salgan a lo público. ¿Qué hacer frente a este dilema?

El dilema de las religiones

Pareciera que en el mundo occidental -es decir en nuestras sociedades- la secularidad es algo que ha llegado para quedarse. La distinción de esferas, tan importante para la secularidad, es algo a lo que la gran mayoría no quiere renunciar. Por otra parte, nuestras sociedades cada día son más pluralistas y el pluralismo se ha transformado en un valor fundamental en nuestro mundo.

En esta situación, no es difícil pensar que, si asumimos verdaderamente el eje del secularismo y la pluralidad, con lo que ellos implican, las religiones y espiritualidades pueden ser un verdadero aporte a nuestra convivencia y, claramente, pueden ayudar a regenerar una alicaída democracia.

¿En qué pueden aportar?

¿Cuáles pueden ser los aportes y fuentes de verdad de las religiones? Veamos algunas posibilidades.

Primero que nada, la denuncia: las religiones -y aquí podemos tener en mente el profetismo- tienen una gran capacidad de denuncia frente a las situaciones de injusticia y opresión. Desde la tradición judeo-cristiana podemos recordar a Isaías o Amós, entre otros. En ambos profetas la idea de justicia y de reconocimiento del pobre tiene un lugar privilegiado. Pero la mirada profética de las religiones, de denuncia frente a las injusticias, no se extingue en el pasado: es cosa de recordar cuando el Papa Francisco alzó la voz frente a lo sucedido en Lampedusa, o el abuso con los inmigrantes, o el olvido de los ideales europeos que terminan por diluirse en meros acuerdos económicos.

Otro aporte, de singular importancia para nuestro mundo marcado por el individualismo, es la apertura al otro: en tiempos en que el discurso nacionalista, xenófobo y, a fin de cuentas, tal como señala Adela Cortina en su último libro, aporófobo – fobia al pobre- conquista a las grandes masas, se vuelve imperativo un discurso de apertura y acogida al otro, especialmente al otro que es más necesitado: el pobre, el inmigrante, el de la diversidad sexual, los y las explotados y explotadas. Las religiones, cuando son fieles a su dimensión más profunda y no se dejan llevar por pasiones ajenas a ellas, tienen la capacidad de acoger al otro desde la caridad bien entendida (y no la pantomima a la que la hemos reducido) y dejando que el otro sea él o ella misma. Muchas comunidades religiosas, de distintos signos, se han abierto a acoger a los que sufren. Es cierto que con aquellos que son parte de la diversidad sexual esta apertura ha sido más complicada de parte de las jerarquías religiosas, pero no es menos cierto que muchos hombres y mujeres creyentes llevan mucho camino andado por esta senda.

Comunidad y ciudadanía: la apertura al otro nos conduce a la comunidad. Nuestras sociedades, hoy día, se adolecen de lo que Montesquieu llamaba patriotismo o “vertu”. En el Espíritu de las Leyes Montesquieu señala que, para mantener un Estado democrático, se necesita más que la fuerza o las puras leyes (como lo sería en un gobierno despótico o en la monarquía). Para mantener a la ciudadanía unida se necesita de la virtud. La virtud se manifiesta como el amor a democracia es el amor a la igualdad. En esto las religiones pueden ser gran aporte al generar un tejido social que va más allá del respeto a las leyes, pues buscan la construcción del bien común que va más allá de los propios bienes particulares.

Un tercer aporte de las religiones va en la línea de la justicia. ¿Pero qué tipo de justicia? Una justicia que va más allá de la justicia distributiva o de la justicia entendida como equidad basada en el procedimentalismo. La justicia busca enmendar la relación con el otro, con la naturaleza y con el cosmos. Poner el orden correcto de todas las cosas y, aún más, apelar al amor. Hay que recordar que la justicia del Dios de Israel es el amor absoluto. El ágape es total donación hasta el extremo. En la línea de la justicia podemos recordar lo dicho por el Papa Francisco en Laudatio Si: es justicia con los otros, pero también con la naturaleza.

Por último, las religiones y las espiritualidades pueden ser fuente de esperanza y sentido en tiempo de no sentido: apertura a que el tiempo de la historia tiene un sentido, un telos, que va más allá. Que, frente al fracaso, al dolor, al sufrimiento y a la injusticia, hay una apertura que habla de sentido; de un espacio en lo que todo cobrará sentido.

 

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