Religiones, espiritualidades y democracia (I)

El problema de la democracia

Las democracias hoy en día se encuentran enfrentadas a graves problemas que dificultan, de una manera u otra, su viabilidad en la realidad de la vivencia ciudadana. A lo menos tres problemas y amenazas -entre muchos- se pueden reconocer a este respecto: populismos, una grave desafección ciudadana y un sistema democrático en el que la  para convertirse en una participación mínima cada cierta cantidad de años. Obviamente estos problemas se retroalimentan unos a otros.

En el último año el fantasma del populismo se ha manifestado con fuerza inusual en las elecciones democráticas de diversos países: Estados Unidos, Holanda, Austria y, ahora último, Francia. El populismo es una estrategia política para obtener y retener el poder. Apela al “nosotros” contra “ellos”; el pueblo contra la “casta” contra el “poder”. Deslegitima y criminaliza a la oposición, magnifica los problemas del país: migración, precariedad laboral, desempleo, tratados internacionales injustos, etc.

El segundo problema que queremos destacar es la desafección de la gente con respecto a la democracia.  Por “desafección” hacemos referencia al escaso afecto, estima y aprecio que los ciudadanos sienten por la vida política, por las instituciones y, sobre todo, por sus representantes elegidos democráticamente. La desafección -sentimientos y actitudes contrarias- tiene dos elementos esenciales: el primero es la aceptación resignada de la democracia como la menos mala de las formas de gobierno, a la que no se quiere renunciar, mientras que el segundo es un fuerte desapego, inhibición e incluso hostilidad, ante la gestión política y sus actores e instituciones. De esta manera, la política no es capaz de generar suficiente credibilidad hacia su hacer, lo que la lleva a perder su sentido. En este panorama de desafección generalizada, la corrupción -de la que somos testigos cada día a través de las causas ventiladas en los tribunales- no hace sino confirmar profundizar los sentimientos de desapego y molestia entre la ciudadanía. Esta situación conduce, como es obvio prever, a cada vez más bajos niveles de participación.

El tercer problema a destacar es un sistema democrático en que la ciudadanía ha dejado de ser relevante. Podríamos caracterizarlo como una democracia sin ciudadanos. Joseph Schumpeter, en su libro Capitalism, Socialism and Democracy, entendía que el método democrático no es más que un “acuerdo institucional para lograr decisiones políticas en el cual los individuos tienen el poder de decidir a través de la lucha competitiva por el voto popular”. La función primaria del electorado, según Schumpeter, sería decidir quién será el líder. Así, la función primordial del electorado es producir un líder o un grupo de líderes y, en su caso, destituirlos si corresponde. Es decir, la función del electorado en democrática se ejecuta una vez cada cierta cantidad de años. De esta forma, no es de extrañar que se haya producido una lejanía entre la ciudadanía y, digamos, las instituciones democráticas.

Religión: ¿un aporte a la democracia?

En 1835, Alexis de Tocqueville escribió Democracia en América. Su obra, un clásico del pensamiento político, buscaba describir, entre otras cosas, los principios en los que se basa un Estado democrático. Es interesante ver cómo Tocqueville reconoce el papel positivo que la religión puede tener en una sociedad democrática. Al analizar el aporte del catolicismo en la naciente democracia norteamericana, Tocqueville afirma que éste predispone a sus fieles a la igualdad y a evitar la desigualdad. Este valor es de vital importancia en una comunidad democrática. Por otra parte, los católicos, al ser una minoría, son los más abiertos a la idea de la liberad y e igualdad asegurar que se respeten sus derechos, así como se respetan los derechos de los otros grupos.

La religión en los Estados Unidos, según el pensador francés, también sirve para generar unión entre las diversas personas, independientemente de su creencia, al tener a la vista un sentido que trasciende la pura individualidad. Según Tocqueville, uno de los problemas de la democracia y de la igualdad es que cada persona puede tender a vivir su propia individualidad separado del resto. La religión, a este respecto, entrega un sentido de pertenencia y de sentido que va más allá de la pura individualidad. Teniendo en cuenta la experiencia americana relatada por Tocqueville, cabe preguntarse cuál puede ser el aporte de las religiones en nuestras democracias.

El filósofo alemán Jürgen Habermas, en Entre Naturalismo y Religión y en Mundo de la vida, política y religión, entiende que las religiones en nuestras sociedades democráticas post-seculares pueden ser un gran aporte, pues “las tradiciones religiosas están provistas de una fuerza especial para articular intuiciones morales, sobre todo en atención a las formas sensibles de la convivencia humana. Este potencial concierte al habla religiosa, cuando se trata de cuestiones políticas pertinentes, en un serio candidato para posibles contenidos de verdad…”.

¿Pueden ser las religiones y las espiritualidades una fuente de verdad y de regeneración de la democracia a través de su hacer en el espacio público? En caso de que la respuesta sea positiva, ¿cuál sería su aporte y cómo sería?

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