Religiones en la agenda electoral

Uno de los datos más relevantes de los programas electorales de los cuatro partidos que se presentan a las elecciones del próximo 20D es la irrelevancia que conceden al factor religioso. A excepción del PSOE, que dedica un capítulo a su exclusión en términos de laicidad (p. 84), el resto de fuerzas políticas podemos decir que lo ignoran o, en el mejor de los casos, se desentienden del tema. Mientras la inmigración, la avalancha de los refugiados, el modelo de desarrollo y los atentados yihadistas están forzando una revisión del factor religioso en la agenda política, nuestra clase política parece mirar para otro lado. En algún momento tendrían que decirnos qué piensan sobre el factor religioso para saber si ubican las religiones en el lado de sus propuestas de civilización o de barbarie.

 Mientras tanto, comprobamos cómo los nuevos gobiernos autonómicos y municipales que han surgido de lo que llaman “pactos de progreso” o de “unidad popular” desprecian y desmontan los puentes de gestión política o administrativa que existían para al diálogo o la cooperación interreligiosa. Al alcalde de Valencia le faltó tiempo para declarar que su gobierno sería laico, y a los pocos días suprimió de los tanatorios municipales los símbolos religiosos. El tripartito autonómico (PSPV-PSOE, Compromis, Podemos) del que también forma parte el partido de este alcalde, está a punto de darle la puntilla al CeiMigra (www.ceimigra.net), uno de los espacios públicos mejor valorados por todas las confesiones religiosas. El diálogo entre confesiones religiosas no es prioritario en la agenda conservadora o progresista porque, como me comentaba un amigo francés republicano y de izquierdas, cada confesión religiosa tiene una idea de lo absoluto que quieren imponer a las demás y por eso su acción pública tiene que restringirse y limitarse a la vida privada.

El hecho de que los partidos políticos no cuenten con las confesiones religiosas no significa que su gestión pública esté resuelta de manera satisfactoria. Dentro de poco, cuando se haya estabilizado el panorama electoral y se plantee el problema de la integración social, cultural o educativa, descubriremos que el factor religioso era más importante de lo que los estados mayores de los partidos se imaginaban. Esperemos que aún les quede tiempo para leer la entrevista a Wael Farouq que el pasado 6 de diciembre se publicó en Páginas Digital (www.paginasdigital.es).

Este profesor de la Universidad Católica de Milán y de la American University de El Cairo se pronunció sobre la retirada de los belenes y símbolos religiosos. En sus comentarios presentó un concepto de integración verdaderamente interesante. Sus palabras son las siguientes: “El verdadero problema es la integración por medio de la “eliminación”. Es decir, para integrar a los musulmanes, hay quien piensa que hay que eliminar la cruz, o que para integrar a los homosexuales hay que agredir a la literatura y cultura de la familia. Es un modo de ver restringido y rígido, que considera el espacio cultural como un espacio limitado donde, a causa de la “superpoblación” de culturas, hay que recortar un poco el espacio de unos para dárselo a otros. Pero la naturaleza del espacio cultural humano es precisamente la de no tener límites. En vez de buscar algo que eliminar, deberíamos buscar lo que hay que añadir y ver cómo construir puentes. Así, en mi opinión, los que piden eliminar la cruz para respetar los sentimientos de los musulmanes no son más que la otra cara de los que ven en los musulmanes un peligro para la cruz.”

Más adelante afirma: “Hoy todos instrumentalizan a los musulmanes, los terroristas, los políticos y ciertos portadores de una posición ideológica. Todos hablan por los musulmanes, pero nadie habla con ellos”. En la misma línea, el director de un instituto público empezó a visitar y conocer la situación de los alumnos de confesión islámica; en lugar de preguntar a otros se decidió a hablar con ellos e interesarse por sus intereses. La actitud de las familias musulmanas cambió radicalmente cuando vieron que en vez de hablar por ellos o contra ellos hablaban con ellos.

Llegados a este punto, el profesor Farouq plantea la necesidad de distinguir entre religión y cultura, algo que no siempre está claro cuando valoramos las prácticas o tradiciones que articulan la vida cotidiana interreligiosa. A su juicio, hay una gran diferencia entre religión y cultura. Si la religión es un credo que podemos aceptar o rechazar, “…la cultura es el fruto del movimiento de sociedades a lo largo de la historia, una fórmula humana que no puede separarse del corazón ni de la lengua. Un cristiano egipcio dice: yo soy de religión cristiana y de cultura musulmana. Y creo que los musulmanes en Europa también son así. Su pertenencia cultural –nos guste o no- está determinada por la lengua, la vestimenta, la alimentación, el arte, la tecnología, el lenguaje de la vida cotidiana, un mar en el que navegan con el navío de los valores religiosos. Quedarse en tierra o ser tragado por el mar son dos cosas que contrastan con el papel y el objetivo de este navío.”

 Conviene que pensemos bien en manos de quién ponemos este navío que llamamos civilización. Es hora de que exijamos responsabilidad, alfabetización religiosa y un mínimo de coraje para afrontar las tormentas que se atisban desde la proa. Algo que quizá no tengan quienes sólo se atreven a llevar el timón cuando la mar está en calma.

Twitter: @adomingom

http://marineroet.blogspot.com

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