En las dos entradas anteriores hemos buscado, en primer lugar, definir qué entendemos por religión y, luego, reflexionar sobre la relación entre religión y espiritualidad. Hoy queremos reflexionar sobre la vivencia de la religión en nuestra sociedad: ¿qué lugar ocupa la religión?, ¿cómo es la vivencia creyente del siglo XXI, si esperar que pase el siglo?

Ciertamente hoy se percibe un cierto malestar frente al tema de la religión (es cosa de ver las reacciones surgidas en las redes sociales con respecto a la instrucción del Vaticano sobre las cenizas de los muertos). Muchos creyentes han caído en el desconcierto, otros en el fundamentalismo. Algunos grupos son abiertamente belicosos frente al tema, mientras una gran masa, aparentemente, es más bien indiferente frente al problema.

El creyente del siglo XXI como centro

En los inicios del tercer milenio la profecía del fin de la religión y la fe no se ha cumplido. Es más, pareciera que estamos lejos de ella. En el siglo XXI nos encontramos con que un alto número de personas, en distintas partes del mundo occidental, que sigue creyendo en Dios. Mucha gente, en los últimos años, se comprende a sí misma como “buscadora” de lo trascendental. Esta búsqueda se realiza por caminos no tradicioncaminoales que buscan integrar de manera ecléctica y sincrética distintos planteamientos religiosos. La fe y su práctica en las grandes iglesias está dando paso a un tipo de religiosidad que acentúa, cada vez más, la individualización. Esta idea no es novedosa: es parte esencial del cristianismo y se ha desarrollado a través de los siglos. Es cosa de ver los movimientos pietistas de la Edad Media que ponían un fuerte énfasis en la propia conversión personal, o en la Reforma Protestante que puso el acento en la propia relación, sin intermediarios, con Dios. Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio –aunque con un claro énfasis en lo eclesial- también siguen el patrón del encuentro personal de la creatura con su creador. En la década de los 60 del siglo pasado, se produce un punto de inflexión: se acentúa y se hace más visible, por lo menos en el mundo Occidental, una revolución individualizadora que gira sobre el eje del cultivo del “yo” y de la importancia de la “autenticidad” como paradigma y, también, como fenómeno de masas.

Búsqueda de la fe y compromiso personal del creyente del siglo XXI

La nueva situación de lo religioso en nuestra sociedad ha implicado que el sujeto se comprometa ‘personalmente’ con su fe. Ya no vale la manera de creer de antaño, en la que el sujeto vivía su religiosidad de manera puramente social o familiar. Ya no se seguirá la religión de los padres o se vivirá, como antaño, la unión o conexión entre identidad nacional y religión. Hoy en día cada persona debe optar por su fe y comprometerse con ella. Ya no es el rey quien elige, pero tampoco la sociedad, la comunidad o la familia: es el individuo. Se puede nacer en una determinada tradición religiosa, pero luego el sujeto debe hacer su propia elección. Mi fe debe ser mi propia elección y debe serme significativa para dar sentido a mi vida. Esto significa que no es necesaria una integración a una determinada comunidad religiosa (iglesia) ni a un conjunto de dogmas o de guías morales. Hay una separación entre la creencia y la participación y adhesión a una determinada comunidad o institución religiosa.

Obviamente mucbonzaihos ven –con justa razón- un peligro en esta nueva situación: la individualización y desdogmatización puede generar banalización y trivialización de la creencia religiosa, provocando –como más de una vez se ha graficado- una especie de “supermercado de las religiones” donde cada cual elije lo que más le guste o acomode. Por otra parte, la nueva vivencia religiosa puede tender a reducir la relación con la trascendencia a una experiencia puramente emocional y personalizada de cercanía al ser divino que puede quedarse en un sentimentalismo que busque la mera autorrealización tan propia del sujeto moderno.

Los nuevos desafíos para el creyente del siglo XXI

¿Qué hacer frente a esta nueva situación? Lo primero que surge es afirmar que esta nueva vivencia de la religión no es una moda pasajera, sino que ha llegado para quedarse. Además, es importante destacar un elemento altamente positivo: el compromiso personal y serio con la propia búsqueda de lo trascendental. Es una opción que no depende de lo que otros digan o hagan, sino de la propia elección. Frente a esta situación se debiera abrir, en las comunidades religiosas tradicionales, la capacidad de presentar sus creencias proponiendo el diálogo como un valor esencial.