Refundar éticamente la sociedad frente a la corrupción

Umberto Eco decía que era imposible arrancar del todo la corrupción del espacio político y que de algún modo teníamos que aprender a convivir con ella y tratar de ejercer algún tipo de control que nos permita vivir de modo civilizado y ético.

Cuando leí esto en uno de sus artículos en los años 90 me pareció una exageración de alguien que miraba el mundo con ojos de pesimismo y cierta conformidad. Hoy, más de veinte años después, empiezo a creer que tenía razón. Y que la dinámica de la corrupción está tan presente en las relaciones sociales que se dan en todos los espacios humanos que pareciera utópico pensar que podremos algún día vivir sin ella. Basta mirar las portadas de los diarios o revisar el historial de Twitter para darnos cuenta que la corrupción campea por todos lados. Incluso el papa Francisco ha sido enfático en denunciarla al interior de la Iglesia que no se ha librado de este flagelo que corroe las instituciones sin hacer distinción alguna de cultura, origen social, nivel socioeconómico, religión, orientación sexual, afiliación política. ¿Existe alguna salida a la corrupción en nuestra sociedad contemporánea? ¿Será acaso que tendremos que refundar ética y moralmente nuestra civilización? De ser así, ¿cuál debe ser el camino a seguir?

En los siguientes párrafos voy a referirme al escándalo de corrupción puesto a la luz recientemente en el Perú que involucra a jueces, fiscales, miembros del Parlamento y algunos empresarios, denominado #LavaJuez en sintonía con el proceso todavía en investigación y que afecta a muchos países latinoamericanos en relación a la constructora brasileña Odebrecht, conocido como #LavaJato. Y aunque los datos de ambos casos mediáticos se refieran sobre todo a lo que ocurre en el Perú de estos días, sus ondas expansivas se conectan de algún modo con la crisis de credibilidad de los políticos y magistrados en Estados Unidos, España, Francia, Nicaragua, Rusia, Venezuela, Brasil, entre otros. Lo que tienen en común todos estos casos es que el servicio al bien común, que debería ser lo que motive a quienes se dedican a la política, ha pasado a un plano bastante secundario para dejar como objetivo principal el interés particular o el de algunas empresas para obtener beneficios económicos y de control político que permita mantener el status quo.

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Para ponernos en contexto, desde hace algunas semanas un grupo de periodistas a través de diferentes medios, han hecho públicos audios que comprometen a las más altas autoridades del sistema judicial peruano. Los ciudadanos hemos escuchado cómo los responsables de dictar justicia negociaban la reducción de penas a violadores de menores de edad, o se hacían favores unos a otros a cambio de dinero o a cambio de más favores, se reunían con miembros del Parlamento para negociar cuotas de poder, hacían lobbies con periodistas para plantear campañas que beneficien a sus amigos y perjudiquen a sus enemigos.

Cualquier temporada de “Game of Thrones” o de “House of Cards” palidecía frente a lo que se nos mostraba, el mundo más bajo y al mismo tiempo más real de lo que ocurría tras las bambalinas del manejo legal y judicial de un país. Y para mayor sorpresa de todos, varios de estos personajes todavía caminan libremente por las calles porque parecen protegidos por quienes tienen el poder para enviarlos a la cárcel. Aún más repulsivo es que el origen de las investigaciones y las interceptaciones telefónicas se debe a que una fiscal y un juez honestos estaban tras las pistas de una banda de narcotraficantes y del lavado de dinero y jalando los hilos llegaron hasta los magistrados más reputados de todo el sistema judicial.

¿Y cómo llegamos a este punto? El actual presidente del Perú, Martín Vizcarra, quien está allí también como consecuencia de una crisis que acabó con la renuncia de quien había sido elegido presidente en las elecciones del 2016, señaló recientemente en su discurso frente al Parlamento, que si no fuera por esos audios no sabríamos el nivel de corrupción que consumía el sistema por dentro.

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Y eso es válido para lo que pasa en el Perú y para lo que ocurre en distintas partes del mundo. El crecimiento económico de los Estados Unidos en el último trimestre no permite ocultar la gran crisis política a la que los está llevando Trump y un audio reciente solo hace más que confirmar los modos, ausentes de toda ética, que tiene el presidente de actuar. Del mismo modo ni la creciente popularidad de Macron después de posar junto a su equipo campeón mundial de fútbol ha impedido que el Parlamento cuestione su confianza por su manejo personalista del poder ajeno a cualquier tipo de control externo. Modos diversos en los que no hay transparencia, donde todo se juega en lo secreto, beneficiando a algunos y perjudicando a otros, y en los que el dinero tiene un papel importante.

El investigador peruano, Alberto Vergara, en su libro “Ciudadanos sin República” señala los límites de una expansión económica que no vaya acompañada del respeto y el cuidado de la institucionalidad, como el peligro al que se enfrenta nuestra sociedad. El puro crecimiento económico o la creencia en que el neoliberalismo económico más radical solucionará todos los problemas, no son suficientes. Es más, llegado un punto no son siquiera sostenibles si no hay instituciones democráticas sólidas que los respalden. Su hipótesis parece confirmada por la situación actual peruana. Cuando la única preocupación es el crecimiento económico entonces la ética puede ser fácilmente puesta de lado y la corrupción puede crecer y sostenerse en todas sus versiones, desde la más burda que es pagar para obtener una buena pro, o las más finas que son disfrazadas de favores entre amigos y conocidos que solo buscan “ayudar” a alguien conocido.

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Lo más grave de todo es que esos jueces que aparecen en los audios y que nos indignan tanto, podríamos ser también cualquiera de nosotros. Todos nosotros en algún momento hemos cometido alguna falta que podría considerarse como parte de una dinámica de corrupción, o la hemos celebrado cuando alguien más la ha hecho, o nos hemos hecho de la vista gorda cuando no nos ha gustado pero no hemos querido involucrarnos. Ya sea a cambio de dinero, o de poder, o de influencia, o de fama. La gran pregunta es si es posible cambiar todo esto. Y de ser posible, cómo empezar.

Al ser un problema sistémico habrá que pensar en modos sistemáticos de atacarlo, la educación tendría que ser el camino. Pero quizás si empezáramos por reconocer nuestra responsabilidad personal, nuestras propias dinámicas de corrupción, e iniciar una transformación verdadera ya desde nuestros propios actos, podamos empezar a refundar éticamente nuestra civilización.


Imagen de: twitter.com/hashtag/lavajuez

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