En pocas horas se sabrá quién ha salido victorioso en las elecciones norteamericanas: Clinton o Trump. Pero, gane quien gane, la democracia habrá perdido. La campaña de la que hemos sido testigos a nivel internacional ha sacado lo peor del sistema democrático norteamericano: ataques personales, acusa1062566728ciones de corrupción, populismo y falta de discusión de ideas profundas junto con  la carencia de un discurso que apele a la construcción del bien común más allá de la propia parcela. Esta campaña bien podría titularse, para quienes la analicen en el futuro: sexo,  mentiras y correos…

El difícil momento de la democracia

La democracia ha perdido porque no ha habido una discusión madura y profunda, con altura de miras, sobre los grandes problemas de Estados Unidos y, por supuesto, del mundo: desigualdad, falta de empleo, problemas de convivencia intercultural, calentamiento global, los desafíos del mundo islámico, etc. En su lugar el debate ha discurrido hacia  derroteros marcados por visiones cortoplacistas con el objetivo de conseguir  el voto fácil. Por otra parte, los medios de comunicación han perdido la oportunidad de ser el verdadero cuarto poder y de exigir a ambos candidatos mayor hondura en su debate y propuestas  más comprometidas.

Con todo, lo que en estas horas sucede en los Estados Unidos, y que causa estupor y temor en muchos lugares del planeta, no es una novedad. Hace tiempo que las democracias occidentales parecen cojear: los ejemplos se pueden encontrar en varios países –España, uno de ellos–  donde la ciudadanía pareciera estar francamente defraudada con la  incompetencia de la clase política y del funcionamiento democrático: “la política está podrida” y “todos son iguales” es lo que se repite en muchos lugares.

La situación actual termina por desalentar a muchos, generando un desencantamiento que lleva a restarse/desvincularse afectivamente del sistema. Ante esta situación, recordamos las palabras de Platón: “Uno de los castigos por rehusarte a participar en política, es que terminarás siendo gobernado por hombres inferiores a ti”.

Claves para el futuro

¿Qué hacer frente a situación?  Una primera clave nos remiten a la idea de unidad. Los miembros de la sociedad deben verse y sentirse a sí mismos como una unidad que busca proteger sus derechos como ciudadanos. Hay una exigencia, por así decirlo, de conformar comunidad comprometida con la democracia y no solamente entes aislados que busquen sus intereses personales e interactúen con los otros en tanto  cuanto les sea útil y rentable en términos individuales.

Junto con la unidad debemos rescatar  la importancia de la participación. La participación es fundamental para superar los peligros que acechan a la democracia en nuestras sociedades. Por esta razón se deben buscar cauces de participación para la sociedad civil. Los diferentes movimientos ciudadanos deben poder influir en el proceso político. Una democracia que acalla, desoye o jibariza la sociedad civil es una sociedad que destruye su propia capacidad de participación y, con ello, la generación de  proyecto social viable y próspero. Pero la participación no debe ser de cualquier manera. Tal como afirmaba John Dewey, la regla de la mayoría ciudadaniaes tan absurda como sus detractores le acusan de serlo. Lo importante, según el filósofo Norteamericano, es cómo se forman las mayorías. Por eso es fundamental ser capaces de generar una democracia deliberativa donde impere el debate sereno y la discusión pública bien argumentada.

Por último, es importante destacar un elemento esencial  para hacer viable la democracia: el sentimiento de igual respeto. La idea  que subyace a este principio es que todos somos iguales ante a la ley y, aún más,  que  la esencia del Estado es preocuparse por sus ciudadanos y buscar  su desarrollo como personas. Para entender la importancia de este punto vale la pena traer a la memoria el daño que se produce cuando la sociedad siente o percibe que hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda clase.

Una verdadera democracia necesita de ciudadanos comprometidos que asuman sus derechos y deberes. Por eso, el fracaso democrático también implica nuestro fracaso como sociedades y como ciudadanos.